El vecino de Marcos

Más de sesenta días habían pasado desde que el presidente del gobierno había declarado el estado de alarma en todo el país.

Más de sesenta días en los que Valentina había comprendido que quizá su relación con Nicolás le resultaba tan fuera de lugar porque no había conocido a nadie que la tratara tan bien. Un encierro entero dedicado a la tendencia obsesiva de necesitar más cuando ya lo tenía todo. Pronto los dos serían padres y el mundo entero parecía recobrar sentido en torno a esa noticia que aún no se había atrevido a contar.

Más de sesenta días en los que Aura y Leo habían entendido lo que significaban el uno para el otro. Habían encontrado una laguna moral en su entendimiento del amor entre el romance y la fraternidad. Habían pactado guardar silencio en su pecado, el cual se repetía noche tras noche tras el primer beso con su correspondiente arrepentimiento a la mañana siguiente. Todo cambiaba mientras permanecían encerrados.

Entre tanto, en la misma ciudad, pero a varios kilómetros alejados de esta futura madre y de estos dos infieles, Lorena llevaba más de sesenta días trabajando intensamente en su proyecto final de ingeniería y manteniendo su empleo al día. No se dejaba distraer por su compañero de piso y mejor amigo con el que se había quedado atrapada en aquel diminuto apartamento de dos habitaciones de desmesurado alquiler para ser un quinto sin ascensor. Lorena trabajaba en una pequeña empresa gestionando, muy a su pesar, los presupuestos de algunas obras que se habían quedado paradas durante el confinamiento pero que prometían regresar en cuanto todo regresara a la normalidad. Para ello se leía uno por uno los contratos con los clientes y los proveedores, aseguraba los puestos de los obreros y discutía con su jefe sobre los ajustes en según qué medidas y según qué materiales. Cuando llegaba la noche, apenas había escrito dos páginas de lo que debía entregar en su universidad politécnica para que legalmente se la considerara una ingeniera oficial. La gestión de su vida profesional la había alejado profundamente de su novio, Leo, con el cual hablaba lo menos posible y discutía cada vez más. Entendió que pronto volvería a la normalidad, la primavera terminaba y con la llegada del verano, habría muchas tardes al sol, ya fuera en La Palma o en Lanzarote, junto al muchacho al que tanto adoraba y con el que pensaba en irse a vivir en algún momento…

De esto era precisamente de lo que hablaba con su aburrido compañero de piso Marcos durante la cena de aquel sábado ¿o era martes?. Se había pasado todo el día aderezando varias piezas de pollo y horneando galletas. Si algo detestaba Marcos, era pasar el día desocupado.

Marcos era un muchacho flaco que practicaba el pádel y que de vez en cuando salía a correr con Lorena (cuando esta podía). Había dejado una formación profesional a medias que pensaba retomar ese mismo año si, como decía él, <<salían algún día de aquel encierro>>. El resto del tiempo trabajaba en un call-center. Su jornada de teletrabajo culminaba a las dos de la tarde, a veces incluso antes, según las ganas que tuviera. Si había conseguido los objetivos de aquel día a primera hora de la mañana, incluso se despedía antes para procrastinar en el sofá, donde duraba menos aún.

Marcos pensaba que Lorena iba demasiado rápido con Leo, el cual nunca le inspiró confianza. Le parecía el típico niñito de papá con un serio complejo de Edipo e incapaz de dirigir su vida. A pesar de que los dos compartían tendencia política, Leo rozaba el hartazgo en un extremismo de pedantería e imposición con el que Marcos disentía y detestaba. No entendía como Lorena podía acabar con alguien como él… Esto se convertía en una discusión diaria.

Marcos tenía muy claro el tipo de relación que buscaba y desde luego no era así. Era un declarado homosexual de los que huyendo de un pueblo manchego, buscaba esa media naranja que se escondía en la popularizada decadencia de la capital. Decadencia que criticaba a cuerpo y espada pero de la que era más partícipe de lo que él admitiría. Marcos nunca diría en voz alta que pertenecía a ese <<estereotipado, sectario y clasista ambiente hipersexualizado>> por el que se movían sus amistades más cercanas. A las cuales, por su puesto, no encontraba tampoco ningún rasgo de tal comportamiento. Al igual que él, sus amigos eran víctimas de la superficialidad, de la heteronormatividad blanca y la frivolidad con la que el resto de hombres gais que conocían, estructuraba las relaciones.

-Marcos, en lo que llevas de año has estado saliendo con más de cinco chicos y una vez te has acostado con ellos los has bloqueado o no los has vuelto a llamar.-Le dijo una vez Lorena harta de sus quejas y críticas.

-He hablado solo de este año. Desde que te conozco no haces otra cosa que quejarte de los tíos, pero es que ninguno, ni ese tan majo, el actor, ni ese tan guapo, el que trabajaba en el Starbucks y que te pidió salir de aquella forma tan original. Tal vez deberías plantearte que el problema es tuyo al idealizar a la persona que es merecedora de ti, en vez de valorar si realmente alguien te merece.

-No tengo por qué enamorarme de todos con los que quedo. No es una cuestión de conformarme con el primero que pasa.-Contestaba él molesto, como si su integridad y criterio se vieran afectados.-Lorena, todos esos tíos iban a lo que iban. Si te acuestas con alguien en la primera cita, está claro que no hay mucho futuro… o peor, si encima mientras te conocen hablan con otros.

-¿Te refieres a las cosas que haces tú también? Porque no tendrás el valor de mirarme a la cara y decirme que cuando saliste con el dependiente de Zara, dejaste de hablar con el niño este, el granadino… No puedes exigir a los demás comportamientos en unos estándares tan altos si ni tú eres capaz de cumplirlos.

-Lorena, te repito, todos esos chicos, no eran los indicados. Mi corazón lo sabe. Fin de la conversación…

Marcos no cedía. Él se conocía y conocía sus gustos y sus exigencias. Sabía que su caballero andante estaba cabalgando en algún punto de todo aquel reino animal de urbanitas individualistas. Lo tenía además tan claro que sabía perfectamente la apariencia que debía tener, al menos el color de ojos y los gestos con los que sabría identificarlo. Lo había visto en sus sueños… ¿O quizá lo había visto aplaudir varias tardes puntualmente en el balcón de al lado?

Marcos llevaba desde el inicio de la cuarentena dándose cuenta de que en el edificio contiguo, al mismo nivel de su piso, un muchacho de atenta mirada, con unas manos de pianista y bien cuidadas, salía sin falta todos los miércoles y viernes a aplaudir. Desde que se miraron por primera vez, Marcos sintió eso que en las películas llaman <<flechazo>>. Pero claro, no podía hablar a nadie, ni a Lorena, del tema. Lo tomarían por loco.

Durante el primer mes, apenas lo había visto y ni siquiera se había atrevido a buscar su mirada aunque se había dado cuenta de que tenía una de las sonrisas más bonitas que había visto en mucho tiempo. Le parecía absurdo que alguien pudiera gustarle con tan solo una coincidencia de soslayo, sin embargo, siguió saliendo cada miércoles y viernes con la firme intención de encontrarlo y averiguar un poco más de él. Descubrió que sus luces se encendían bastante avanzada la noche y que cuando aplaudía, lo hacía con un especial ímpetu: ¿sería él también un sanitario en situaciones precarias en aquella crisis? No podía saberlo, pero que no tuviera marcas a lo largo del rostro por estar con los EPI ni mostrase un especial cansancio, le indicaba que posiblemente no se tratara de eso. Supo también que tenía un gato blanco que lo acompañaba siempre que salía al balcón, el mismo que muchas veces se asomaba a los cristales y miraba a Marcos fijamente, como reconociéndolo.

¿Se podía uno obsesionar con alguien cuyo nombre ni conocía?

En el segundo mes, Marcos comenzó a comprobar que muchos de los chicos con los que hablaba en las diferentes redes sociales, coincidían con su vecino: ya fuera en el modo de vestir, en las facciones de la cara o incluso si tenían gatos blancos… pero pronto se cansaba de ellos porque era más fuerte la curiosidad que tenía por el muchacho que vivía en el edificio de al lado que además tenía todo eso a la vez. Se repetía cada noche, mirando la pared de su cuarto que posiblemente compartiera con la habitación de este vecino, que todo eso era una tontería. Era una pared de ladrillo y hormigón lo suficientemente fuerte la que los separaba en aquel momento, pero quizá fueran muchas las circunstancias las que realmente los situaran en extremos paralelos y distintos hasta el punto de no poder encontrarse nunca, a pesar de aplaudir siempre a la misma hora.

Fue una noche en este segundo mes cuando Marcos, harto de mirar el techo tras haber acabado de limpiar y sin ninguna concentración para seguir con aquel documental de asesinos en serie, bajó la basura aunque apenas estuviera la bolsa llena. Al menos bajaría y subiría las escaleras de su altísimo edificio y podría admirar el tinte oscuro con el que se cubría el cielo ya atardecido. Al cerrar la tapa del cubo, miró la luna que podía percibirse con claridad y respiró: comenzaba a desesperarse con todo aquello. La calle en completo silencio y apenas dos personas caminando con sus perros en la acera de enfrente, no le dieron el sosiego que buscaba. Volvía a su portal cuando, como un sueño o una casualidad utópica, su vecino se dirigía hacia él. Iba vestido con su habitual camisa ancha de marca desconocida y unos vaqueros rotos que dejaban al aire sus rodillas. De frente, era incluso más guapo y antes de que Marcos pudiera reaccionar y seguir caminando con naturalidad sus miradas permanecieron fijas el suficiente tiempo como para que ambos sonrieran. A Marcos se le frenó el corazón y sintió como el aire le faltaba. No supo que hacer así que aceleró el paso hasta su casa y subió corriendo hasta su piso. Cerró la puerta tras de sí, agitado y sin aire… Realmente le estaba doliendo el pecho. Avanzó a zancadas hasta su cuarto y cogió su inhalador, lo oprimió dos veces una vez lo tenía en su boca y pudo respirar de nuevo, aunque siguiera sintiendo que le faltaba el aire…

¿Su vecino le había sonreído?

El día siguiente era viernes, la hora de aplaudir se acercaba y Marcos no sabía qué hacer. Lorena estaba enfrascada en una discusión con Leo que estaba durando horas y no podía contar con ella para buscar apoyo. Sus amigos, entre ellos el hermano de Valentina, en una videollamada a cuatro, le habían empujado a hacerlo.

-Hazlo, sal, aplaude como si nada y mírale. Como has hecho todo este tiempo.-Decía el hermano de Valentina.-Mi hermana está insoportable y necesito buenas noticias.

-Que sí, Marcos, no seas bobo.-decía otro de ellos.

La presión de grupo pudo con Marcos que finalmente colgó y salió puntual a su balcón. Aplaudió y comprobó que su vecino también le miraba. Volvió a aplaudir y cuando toda la calle se quedó de nuevo en un silencio previo a la canción de Resisitiré, no pudo morderse más la lengua.

-Me llamo Marcos.-dijo apoyando sus manos en la verja para no temblar.

-Encantado, Marcos.-sonrió el vecino con un tono educado y cordial pero sin dejar de sonreír.-Esta es Macbeth. Aunque supongo que ya la conoces, todos los días se queda perpleja mirándote.-dijo enseñando a la gata.

-Encantado, Macbeth.-Marcos sonrió de nuevo. Ahora su pecho emitió una ligera punzada. Nada grave.-Solo nos encontramos los miércoles y los viernes. Macbeth y yo, digo.-Marcos se preguntaba de dónde salía toda esa confianza.

El vecino sonrió con afabilidad. Aquella sonrisa de Hollywood de los cincuenta, su pelo azabache hasta las orejas y el brillo límpido de su mirada, estaban calando en Marcos de una manera que no concebía. Hasta el tono de su voz le parecía atractivo. Y lo mejor era que lo notaba recíproco.

-Os doy permiso de veros siempre que queráis entre las doce de la noche y las tres de la mañana. Salvo miércoles y viernes.-decía el vecino sin soltar a su gata que no dejaba de ronronear.

-No es una mala hora. Aunque tendré que consultar mi apretada agenda de actividades en casa.

Marcos y su vecino rieron cómplices. A partir de aquel momento entre los dos surgió una comunicación que con el paso de las semanas se fue haciendo cada vez más estrecha. Marcos preparaba la cena en muchas ocasiones y luego le acercaba el táper, higienizado e introducido en una bolsa, por las noches cuando llegaba. En otra ocasión era el vecino, que tenía un comedor excelente en su trabajo, el que le acercaba los postres. La pared que separaba ambos edificios comenzaba a no parecer un obstáculo. Desde sus respectivos balcones, cuando los aplausos acababan y el mundo volvía a un silencio sepulcral de respeto por la crisis mundial, los dos charlaban animadamente. A veces, cada uno con su respectiva botella de vino. Brindaban en lo alto y evitaban cualquier otro acercamiento. El vecino de Marcos tenía un constante contacto con el exterior debido a su trabajo, del que apenas hablaba, por lo que tampoco quería exponer a Marcos.

Marcos encontraba en aquel muchacho, una actitud caballerosa, cuidadosa y gentil. Rezumaba educación por cada gesto de su cuerpo y una peculiar empatía por todo ser vivo. Marcos había hallado en su vecino una atención especial, una conexión que no sabría explicar. ¿Sería el tipo de persona que estaba esperando entre tanta experimentación, negativas y hallazgos fracasados o aquel muchacho era el resultado de una fantasía platónica surgida entre las grietas de la soledad que acompañaba aquel encierro, largo y tenaz? No sabía contestarse. Cuando a una persona le gusta otra y se tiene una química sin nombre, única y extraordinaria, la razón no tiene mucho qué decir mas que aguardar para responder cuando se deba, protege el cuerpo que ocupa y lo prepara para una serie de posibilidades, pero cede siempre ante el corazón…

La tos seca de Marcos comenzó en la madrugada de la décima semana de encierro. Aquella noche su vecino no había aparecido. No se habían intercambiado ni móviles, ni nombres ni redes sociales. Desconocía el por qué, con lo que cuando empezó a refrescar en aquellas horas intempestivas, regresó a su cama. La tos no paraba, el inhalador la calmó el tiempo necesario para que lograra dormir hasta un nuevo aviso. En esa mañana se cumplía un mes desde que Lorena había mostrado síntomas similares y hubiera decidido, por orden del médico, tomarse los medicamentos aislada en su cuarto. Había pasado aquello y Marcos se encontraba en perfecto estado. Hasta ahora.

La tos no cesaba, le faltaba el aire y su inhalador ya no podía hacer más de lo que estaba haciendo. Pronto comenzaría a tener algunos escalofríos. Se levantó de la cama hacia el medio día. Al otro lado de su pared, había escuchado música: su vecino había regresado. Se puso un jersey grueso y salió al balcón a recibirlo. Cualquier síntoma fuera de lo común cesó temporalmente mientras su vecino le explicaba que había tenido que pasar la noche en la consulta.

-Así que te dedicas a….

-Soy veterinario.

Marcos sonrió al descubrir finalmente a qué se dedicaba su vecino. Ya sabía algo más de él. Entendía su gusto por los animales, sus charlas sobre tantos conocimientos con respecto a cómo funcionaban determinados virus y bacterias. Ahora sabía mucho más de él y eso significaba que aquello, se llamara como se llamara, florecía. El pecho volvió a dolerle y la tos se hospedó en su garganta casi como una asfixia. Su vecino lo observaba atónito y antes de decidir qué podría hacer salió Lorena. Llevó a Marcos hasta el sofá y le acercó un vaso de agua. Luego, su inhalador y caminó hasta su cuarto donde cogió el termómetro. Treinta y nueve de fiebre. A partir de ver aquellos dígitos, los acontecimientos a continuación vendrían marcados por una serie de protocolos que podrían alarmar a cualquiera. El mundo entero se estaba enfrentando a una situación impensable, anómala, totalmente desconocida. Un enemigo invisible podría, indiscriminadamente, adentrarse en los más íntimo de nuestra anatomía y para muchos, eso significaba que su vida no volvería a ser la misma.

De hecho, la vida de muchos nunca volvería a ser la misma.

Durante el trajín de todo este proceso sanitario, mientras Valentina entendía su nuevo estado como futura madre y decidía sobre su relación con Nicolás, mientras Leo y Aura juraban ir hasta el fin del mundo con sus secretos y todo un silencio abrumador revestía el país hasta que fueran las ocho de la tarde, cuando, por unos instantes, los vecindarios conectaban al únísono de los aplausos, Marcos solo pensaba en su vecino. Pensaba en todo lo que no le había dicho y en todo lo que quizá no le hubiera preguntado. Sentía que su conexión significaba algo… <<amor en tiempos de pandemia>> se repetía como una broma no de mal gusto ni resignación sino como una llamada a la esperanza. Al fin alguien que merecía entretejer sus nombre en las finas comisuras de unos labios que sabiamente dibujaban una sonrisa prudente y educada.

Marcos recordaba ahora los perfumes que había olido y se lamentó no haber memorizado el de su vecino. Y aunque había perdido gran parte del gusto (aún no sabía si de manera temporal) lo que más le apetecía era besarle. ¿La gente se atrevería a besar después de todo esto? La fuerza y el peligro que se encerraba en algo tan simbólico y necesario como era un beso, resultaba casi insólito. De hecho, hasta los abrazos debían ser cuestionados. Estaban siendo cuestionados.. Ahora comenzaba a extenderse la idea del distanciamiento social… ¡¿cómo iba Marcos a formar parte de la vida de su vecino con tantos impedimentos?!

-Buen momento para enamorarte, Marcos.-Se decía metido en su cama sudando los últimos días de fiebre.

Durante su tratamiento con todas las posibilidades enlazadas al virus que había contraído, los miedos por los que transitaban sus familiares y los silencios en los que Lorena y sus amigos ocultaban sus más íntimas preocupaciones, Marcos solo pensaba en lo que estaría haciendo su vecino. Tocaba la pared que los separaba y se disgustaba cada vez que recordaba que no sabía su nombre. Solo quería ponerse bien, correr hasta su balcón y preguntárselo. Conocer su nombre abriría una nueva vereda a sus suspiros, bautizaría sus fantasías y sabría como llamar a su posible futuro amor. ¿Estaba pensando de manera pueril? ¿O todo aquello eran delirios por la fiebre, el malestar general y la incapacidad de dormir a causa de la tos y el dolor de su pecho? Un fugaz y trágico pensamiento atravesó sus sienes mientras se cuestionaba a sí mismo: Si moría en aquellas circunstancias, su último pensamiento sería en los buenos ratos y las interminables charlas con su vecino. Sería la forma más cercana en la que alguien moriría por amor. Alguien cínico y apático como era él, asfixiado, en mitad de una pandemia, tras haber conocido al único hombre en años que merecía la pena…

Aquel pensamiento le obligó a cerrar los ojos, agotado. Despertó al día siguiente cuando Lorena llamó a su puerta y dejó una botella de vino con un enorme lazo y una nota, en el interior. En el suelo, entre toda la quietud de alguien enfermo y sudoroso que durante años se había dedicado a coleccionar figuritas de videojuegos y amontonar la ropa hasta que esta acabó por devorar la silla en la que se apilaba, aquella botella suponía un punto de inflexión. No cuadraba con el esto del espacio, desprendía una energía distinta, atípica, impropia de la entropía en la que Marcos se había recreado, especialmente en los últimos días. La cabeza le daba vueltas y el cuerpo le pesaba, pero aquel objeto lo llamaba a gritos, sabía su procedencia pero era imperativo comprobar que no se equivocaba.

Un vino tinto de los que acostumbraba a tomar con su vecino mientras Macbeth los observaba atenta y expectante. Aquel color oscuro que empapaba el fondo de sus copas cuando todos los balcones apagaban sus luces y la ciudad entera podría caber en la mano de cualquier que así lo deseara y Marcos era ese cualquiera… Nada importaba cuando ambos se miraban con una sonrisa a medio dibujar mientras sus copas se vaciaban. A veces los objetos, no son objetos y aquella botella de vino no era una simple botella de vino. Aquel regalo, un polizonte en el desorden de su habitación, era sin lugar a dudas un mensaje, un obsequio, poseía un significado y marcaba un giro en toda su historia.

Abrió la nota con el corazón acelerado pero sin temor a que esto empeorase su salud, todo lo contrario, notó recuperar sus fuerzas y leyó con atención su contenido estructurado con palabras una caligrafía que se acomodaba en rectos renglones invisibles, cuidados y escritos con honestidad:

Hola Marcos,

Entiendo que actualmente no podamos seguir con nuestras charlas nocturnas. Es cierto que se me hace raro no verte aplaudir a mi lado como has hecho puntualmente desde que todo esto empezó, pero sé que es por un bien común y en particular, por el tuyo. Espero de buena gana que te mejores y que vuelvas a asomarte al balcón, aunque yo ya no esté para verlo… Tranquilo, no es que vaya a desaparecer, al menos no de repente.En ti he encontrado un amigo como hacía mucho que no encontraba. Ya sabes como es esta ciudad: al final es difícil conectar con alguien…Contigo lo he hecho de una manera tan íntima, tan inusual que casi, lo convierte en una poesía alentadora en mitad de este prematuro fin del mundo.

Espero que nuestro reencuentro sea más pronto que tarde. Por el momento, querido amigo, me marcharé a la otra punta de la ciudad… Sí, haré trampas con la cuarentena, pero esta ocasión lo merece: Voy ser papá. Mi novia me lo acaba de confirmar y no quepo en mí de emoción. Eres el primero en saberlo… ¿No es fantástico? Espero tener ocasión de contártelo todo nada más volvamos a la normalidad, cuando volvamos a ser libres… Mientras tanto, cuídate y disfruta de este château que me regaló mi padre hace mil años; no hay nada más merecedor de un buen vino, que saber que has superado esta horrible prueba de la vida…

Con afecto, tu vecino, Nicolás.

Tras releer la nota lo suficiente para casi poder recitarla de memoria, la fiebre o su corazón roto, lo obligaron adoptar una posición fetal en su cama en la que permaneció varios días. Le dio la espalda a la pared que antes solo era una separación circunstancial, para convertirla definitivamente en la página en blanco que separa un capítulo de otro cuando solo se desea seguir leyendo.

Nunca le hablaría a nadie de todo lo que su pecho y su cabeza sintieron en aquel momento. Sus amigos y Lorena respetaron su silencio cuando más adelante el tema salía a colación. Por el momento, lo único bueno de todo lo que estaba pasando, era eso: que estaba pasando, que avanzaban, que aquella cuarentena no era un encierro permanente.


Marcos recuperó el olfato y recuperó el gusto, fue entonces cuando, mientras el país comenzaba a romper sus limitaciones en una desescalada que nadie entendía y muchos incumplían, abrió aquella botella de vino y se prometió que olvidaría aquel nombre, tan anhelado… de momento.

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