Los infieles

A mediados de marzo se acercaba un fecha marcada para los dos habitantes de aquel diminuto apartamento tan lejos del centro y al que tanto cariño le habían cogido los dos jóvenes ya con edad de empezar a vivir por su cuenta. Se marcharían durante el verano y en septiembre esperaban una vida separados.

Aura viajaría durante el verano por Europa del Este, practicaría el ruso y el polaco que tanto había amado durante la carrera y el máster. Pisaría la legendaria Transilvania de Bram Stocker y conocería el Moscú de Ana Karenina. Todo empezaría a finales de marzo: la mudanza, alquilar de nuevo aquel piso, volver con su madre con la que vivía desde que su padre se marchó muchos años atrás, hacer una maleta pequeña y perderse en las vicisitudes que esperaba encontrarse en los desconocidos parajes de países donde hasta el clima era infinitamente distinto. Aura lo tenía claro y Mateo, su novio desde los quince años, estaba más que dispuesto a pedir meses de excedencia para conocer la cara oculta del globo con ella. Eran ese tipo de parejas que sale siempre bien en las fotos, con estatus medio en el que pueden permitirse tomar riesgos sin salir ilesos. Ese tipo de parejas que lo tenían ya todo resuelto, no por ser hijos de gente pudiente, sino porque eran capaces, porque confiaban en sí mismos y sobre todo, porque se tenían el uno al otro. En aquel momento en el que Aura se despedía para siempre de sus prácticas en un hotel cuatro estrellas, su cabeza solo estaba llena de posibilidades.

Leo tenía la firme intención de estar en su casa lo mínimo posible. Tenía una relación distante, fría y a veces tensa con sus progenitores. Así los llamaba, ni siquiera se refería a ellos como mamá o papá. A veces incluso los llamaba por sus nombres: Mariana y Leopoldo. Los cuales le habían consentido hasta el último capricho con tal de ganarse su afecto. Le pagaron las tres carreras por las que había pasado, sin terminar ninguna salvo la tercera: Historia. Se habían hecho cargo del desorbitado alquiler de aquel piso a casi veinte minutos de la boca de metro más cercana, le permitían incluso sus ausencias durante meses y que les colgara el teléfono en medio de una conversación sin despedirse. Leopoldo y Mariana consentían aquel comportamiento, porque la culpa de todo cuanto le habían ocultado, los sometía a una incapacidad para exigirle más. Desde luego Leo pensaba marcharse de aquel piso directamente a vivir con su novia, Lorena, sin pasar por la casa de sus padres, por los que guardaba un resentimiento del que apenas podía hablar con nadie. Se dedicaría a realizar sus oposiciones o a trabajar en lo que le fuera saliendo, con su carrera en un país donde las letras no tienen casi ningún tipo de rentabilidad, a menos que sea Derecho y con gracias, no se iba a poner exigente. ¿Conformista? Quizá. En realidad era un cínico con mucha cabeza y muchos amigos. Quizá eso fuera lo que conquistó a Lorena, su descaro y su existencialismo. Esa manera de atreverse a vivir y no a ver la vida pasar. Ella siempre fue más cauta y obediente. Seguía lo que la razón y el deber le marcaban y nunca se hubiera atrevido a fijarse en alguien como Leo si este no le hubiera hablado en primer lugar. Amor a primera vista y cinco años después, amor del bueno.

Leo y Aura quedaron para comer. La última comida como compañeros de piso después de casi ocho años, aunque ellos se conocieran desde que empezaron a andar. Conocían los defectos del otro, habían pasado navidades juntos, vacaciones en la misma casa de la playa, habían creado tradiciones y rituales que solo ellos llegaban a comprender. Brindaban con cerveza fuera la hora que fuera y de vez en cuando llegaban al whisky sin hielo. Tenían un universo al que solo ellos podían acceder. Su vínculo era enigmático pero a nadie se le podía pasar por la cabeza que entre ellos pudiera existir más que una mera fraternidad fortalecida por el tiempo, la experiencia y la relación que existía entre sus familias.

Aquella tarde Ddrante la comida, el presidente del gobierno anunciaba un estado de alarma que los comenzó a dejar sin palabras. El país entero debía permanecer en confinamiento quince días. Aura y Leo sabían sabía que sería más. Estaban de acuerdo en que no era prudente correr hasta sus casas, situadas en comunidades distintas a la que se encontraban. Aura y Leo hicieron las llamadas pertinentes para avisar, que si el gobierno había declarado una cuarentena por el bien del resto de ciudadanos, lo mejor era quedarse donde estaban: Sentados en el sofá, con la cerveza en la mano y viendo como todos sus planes se retrasaban de manera indefinida.

Mateo se encontraba en ese momento en Ávila. Dos semanas llevaba aprovechando las últimas vacaciones antes de su excedencia. Y desde esa distancia, a varios kilómetros, lamentó no haberse quedado con su novia a la que ya comenzaba a añorar. Lorena, pese a estar en la misma ciudad pero justo en la otra punta, hacia el norte, llevaba tosiendo y manteniendo una temperatura preocupante el suficiente tiempo como para entender que Leo no debía ir a verla.

-Iré a urgencias. Tranquilo. Te mantendré al tanto. Lo mejor es que te quedes, no me gustaría contagiarte ni a ti ni a Aura.

La prudencia era algo destacable en Lorena y era precisamente esa virtud la que debían adoptar todos los ciudadanos, aunque no fuera siempre la más deseada. La misma virtud que Aura y Leo habían adoptado al decidir que permanecerían el uno junto al otro durante la cuarentena.

Tampoco estaba tan mal. Acababan de terminar sus carreras, tenían dinero suficiente para sobrevivir varios meses y quizá ese tiempo vendría bien para hacer todo lo que se juraron hacer un día y no lo cumplieron. Leo por ejemplo organizó los armarios y separó lo que llevaba tiempo sin ponerse y que estaba completamente pasado de moda. Aura arregló las estanterías que pendían de un hilo para caerse en la cabeza de alguien y tapó los agujeros de la pared que no debían estar ahí. La segunda semana se dedicaron a encerar el suelo y mientras lo hacían, con bayetas en sus pies para hacerlo más divertido, bailaban. Corrían riesgo de caerse pero eso no importaba, porque si algo sabían hacer Leo y Aura era divertirse juntos.

Fuera había una pandemia, un estado de alarma indefinido, una crispación generalizada y centenares de muertos, pero dentro en ese lejano apartamento estaban ellos, apreciando su salud y cuidando la de los demás quedándose en casa.

A los quince días, a Leo se le había acabado la imaginación sobre qué cocinar y Aura, que odiaba la cocina más que las matemáticas, decidió que era momento de freír patatas y hartarse a fuet y pan.

-No es muy saludable que digamos.-bromeó Leo briendo la tercera botella de vino del día.

-No como el vino, que mejora poderosamente la salud.-rió Aura metiéndole una rodaja de fuet en la boca.

-Te quejarás.

-Me quejo. Hay una botella entera de whisky y llevamos meses sin salir sin contar lo meses que tardaremos en pisar una discoteca.

-No me apetece mucho emborracharme la verdad.-comentó Leo sirviéndose la penúltima copa de vino antes de la cena.

-Te apetecerá.

Fue en la tercera semana, cuando la cuarentena se prorrogó otros quince días. La situación afuera fue a peor. Las ojeras del presidente anunciaban que su trabajo no solo consistía en salir ante las cámaras a pronunciar las difíciles decisiones que la oposición criticaba por amor al arte. Aura tenía muy claro que este momento no era el indiciado para las guerras políticas. Le parecía absurdo que además los medios llenaran los titulares y las pantallas de sus teléfonos móviles con comentarios desechables y pensamientos vacuos. A Leo le interesaba bastante que en tiempos de unidad, aún hubiera quien prefiriera separarse y alimentar la ignorancia que tan contaminada tenía a los estadounidenses, por ejemplo. A veces teorizaba sobre si realmente era una cuestión de tozudez y estupidez humana, o si en realidad era lo más inteligente que podía pensar una mente perversa y cruel: quitarse de en medio a aquellos que no aportaban nada al Estado de en medio. Se ahorraban las pensiones de centenares de jubilados que eran parte de la población de riesgo, más pisos vacíos, muertes que pagarían las familias y un sinfín de medidas económicas que se podrían radicalizar en pases como el que gobernaba Donald Trump.

-¿Cómo puedes ser tan retorcido?

-Aura, si algo me ha enseñado la Historia es que muchos gobernantes harían cualquier cosa por mantener su poder o mantener la riqueza del país. A veces esto lleva un componente ideológico que termina… bueno, acabando o con las minorías o con la población con menos recursos.

-Es horrible.-expresaba Aura cambiando de canal.

-Pero solo lo pienso yo. Reza, si crees en Dios, para que a ninguno de los líderes mundiales se les pase tal cosa por la cabeza.

-No creo. El instinto de supervivencia y conservación de la humanidad prevalece frente a la crueldad.

-A veces para sobrevivir debes matar y comer del muerto.

Leo no tenía miedo de expresar lo que pensaba con Aura. Tenía la confianza para retorcer el diálogo hasta lo más inverosímil. A Aura le fascinaba que su conversación, por rutinaria que fuera no acabara nunca. Se echarían menos. Aquellos veinte días la unión en su convivencia lejos de empeorar, los mantenía mucho más unidos. Seguían siendo los niños que se conocieron en una trágica cena familiar y que prometieron que nunca serían como Leopoldo ni como Mariana.

Lorena pasó su aislamiento con éxito y se encontraba en perfectas condiciones para seguir con su teletrabajo. Mateo llamaba diariamente a Aura y se venía muchas veces abajo. La echaba de menos y le preocupaba la situación a niveles de empatía que le quitaban el sueño y las ganas de comer. Lorena hablaba por mensajes de texto con Leo que todos los días le mandaba una foto de lo que cocinaba. Mateo tachaba los días en el calendario suspirando para ver a Aura que ya no sabía como tranquilizarlo, como hablarle o como consolarle.

Al primer mes de confinamiento, mientras empezaban un puzle olvidado en uno de los cajones de aquel apartamento ahora pulcro, Aura ignoró por primera vez la llamada de su novio. No podía soportar otro llanto al teléfono. No había tanta cerveza en el mundo para ver como al hombre al que tanto quería, se deshacía inútilmente en pueriles súplicas de atención. Leo por el contrario trataba de centrar su ira contenida en las piezas irresolubles de distintos tonos de azul para evitar explotar. Leopoldo le acababa de decir que Mariana se encontraba ahora en aislamiento y le pedía que la llamara tanto como pudiera. Claramente no lo haría, le podía el orgullo. Nunca se planteó perdonar a sus padres por ocultarle cuanto le ocultaron. Ellos habían destruido a varias personas por sus mentiras.

Por otro lado, Leo intentaba que Lorena se liberara de sus vergüenzas. Las conversaciones por teléfono subían de tono y él no era de piedra. Pero Lorena no sucumbía a esa moda tan extendida de compartir fotografías en paños menores. Sencillamente no iba con ella.

Al mes y medio, con todos los acontecimientos por los que estaba pasando en su vida, Aura podía notar el malhumor de Leo a distancia. Aura que se lo estaba tomando todo con calma, que aunque se alteraba al hacer la compra, una vez cada dos semanas, si alguien se acercaba demasiado y aunque estaba harta de comer techo, todos los días buscaba la manera de amenizar aquel encierro. Habían perdido la cuenta de las recetas inventadas, de los postres que se habían devorado, de los libros leídos uno encima del otro en posiciones imposibles. Él analizando los caracteres de personajes como César o Hipatía; ella repasando las palabras de Pushkin en su idioma original. Ya no sabía el número de noches que se pasaba con él jugando a videojuegos hasta que el amanecer les ponía en sobre aviso de que debían irse a sus camas. Fue en una de esas madrugadas, harta de matar zombies y de comer palomitas en un silencio ensordecedor, en el que cogió la botella de whisky.

-Lo necesitas y lo sabes.

-Abre eso ya antes de que me arrepienta.

El amanecer los encontró riendo. Ella con la cabeza en el regazo de él. Recordaban su etapa en el instituto. Leo siempre castigado y en disputas con los profesores. Aura de la mano del chico con acné que entonces era Mateo. La botella prácticamente vacía y ninguno con sueño. Justo mientras se terminaban la última copa Leo vomitó todo cuanto le ocurría. Aura recogió los pedazos de esa melancolía, la misma que ella también conocía. El motivo de su necesidad de huir a países extranjeros. En realidad ninguno de los dos hablaba nunca de la cena que arruinó sus infancias…

Mientras, su teléfono vibraba incansable en la mesa del salón: Mateo era muy madrugador. Ahora era Leo el que se recostaba en el regazo de su compañera piso y eliminaba unas cuantas lágrimas de tensión acumulada. Aura le limpió la cara, como cuando eran niños y el atardecer teñía el mar de un naranja cítrico y tenían las rodillas doloridas de la arena. Durante varios minutos, mareados por el whisky e influidos por el silencio y la quietud de su mundo y su relación, se miraron. Mateo había dejado de llamar. Cuchillas de luz inundaban el salón y atravesaban el cristal de la botella y los vasos sobre la mesa dibujando haces iridiscentes en las paredes. Las lágrimas de Leo se deshacían en las yemas de los dedos de Aura. No existía nada más en aquel momento y aunque ellos eran conscientes de lo que estaba ocurriendo, nunca lo admitirían. Su convivencia, vivir el uno junto al otro, compartiendo vida, espacio y ahora también tiempo y hasta un código sobrentendido en lo que ambos callaban, comenzaba a aflorar como una semilla plantada el día que se juraron lealtad siendo niños, el día que juraron no cometer los errores de los adultos.

-Te echaré de menos.-Pronunció él agarrando la mano de Aura.

-Y yo a ti, aunque parezca mentira.-Rió ella.-Deberíamos irnos a dormir.

-Deberíamos.

Los dos abandonaron el salón y se separaron en el pasillo cada uno a su habitación, deseando en el más absoluto de los silencios meterse el uno en la cama del otro.

Casi dos meses de una convivencia que había significado un reto para familias enteras con niños agobiados por los deberes, con abuelos fallecidos sin haberse despedido, con parejas que se rompían como era el caso de una buena amiga como Valentina, que lo estaba pasando tan mal en ausencia de Nicolás. Si ellos, tan felices que se les veía, no iban a superar este encierro y a su vez esta distancia, ¿cómo lo iba a superar Mateo? Aura daba vueltas en su cama pensando en cómo corresponder a ese sentimiento de ausencia que su novio estaba teniendo. ¿Tenía ella que hacerse cargo de una situación que no controlaba? ¿Pensar por los dos? Bastante tenía ella encima con haber roto sus ciclos de sueño, con no poder salir a la calle, comiendo a cada momento del día, evitando cualquier contacto con Leo cuando coincidían en el baño lavándose los dientes. Mateo debía madurar. Y Aura no debía ser tan negativa.

Casi dos meses y Leo al fin llamó a Mariana por primera vez. Se alegró de saber que se encontraba mejor, que no corría riesgo, que Leopoldo la había cuidado mejor que nadie. Se disculpó por su ausencia y prometió viajar hacia su casa en cuanto todo volviera a la normalidad. Pero solo por ella, de su padre apenas quería saber nada. Habló con Lorena de que su plan de irse a vivir juntos se pospondría hasta nuevo aviso, pero nunca terminaron esa conversación porque Lorena estaba ocupada recibiendo llamadas de su empresa. Leo tomó aquello como un silencio positivo. ¿Y si era muy pronto para irse a vivir con su novia? Estaban bien teniendo cada uno su espacio. ¿Por qué no quedarse en aquel piso lleno de recuerdos y encontrar otra persona que ocupara el cuarto de Aura? Se respondió con ese tipo de verdades que nadie admitiría nunca en público: No soportaría la idea de ver a otra persona en esa habitación.

Fue a mediados de abril cuando Leo y Aura volvieron a hacer vida juntos tras ese whisky que era más un contrato con el pecado que una bebida. Ella se había centrado en marcar las rutas a realizar en su viaje y, de acuerdo con Mateo, que parecía más distraído, organizaron los monumentos, museos y barrios que visitarían viajaran cuando viajaran. Encontró el consuelo a tanto llanto innecesario que tan desesperadamente buscaba y durante varios días, varias llamadas eternas y palabras de apoyo, pudo descansar de la voz implorante de su futuro esposo. ¿En serio pensaba casarse con alguien al que le estaba costando soportar a distancia? Pensó que las cosas cambiarían cuando la libertad volviese a ser de uso común.

En este tiempo, Leo repasó sus libros de contabilidad de la primera carrera que dejó. Leyó varias ofertas de trabajo en lugares que sabía que odiaría pero no podía depender de sus padres eternamente. Observó las fechas de las oposiciones y supo que hasta poder acceder a alguna plaza en el Estado, debería seguir tragando con todo lo que siempre había destestado. La situación tampoco estaba para exigir más que supervivencia y buenas condiciones laborales, le gustase o no lo que hiciera. En cuanto a Lorena, la frecuencia de sus conversaciones disminuyó. No la echaba tanto de menos como pensaba.

Cuarenta y cinco días de encierro y la relación de Leo y Aura no se vio ensombrecida por la convivencia. Con lo duro que es convivir con quien sabes que no es para siempre o peor, con quien conoces desde siempre. No. Leo y Aura habían aprendido a vivir en sus habitaciones y a compartir el salón como cuando eran niños y la madre de Aura les daba chocolate caliente. Para nadie era un secreto que la madre de Aura no aprobaba del todo a Leo pero entendía la situación especial de aquel muchacho y la complicada situación de su familia, separar a Aura del que prácticamente había sido un habitante más en su casa, no entraba en su prioridades. En cuanto a la madre de Leo, Aura siempre le pareció pretenciosa, confiada y algo descarada, pero era su deber soportarla. Cuando compartían mesa en las cenas de navidad o en los cumpleaños, se mostraba cortés. A pesar de esto, la relación de estos jóvenes nunca sufrió ningún altibajo. Aura le daba su opinión sobre las chicas que traía a casa y hasta que no apareció Lorena todas le parecieron indignas de un carácter tan espantoso como el de Leo. Leo siempre opinó que Mateo era demasiado blando para la extroversión de la que había sido dotada Aura, pero la apoyó cuando diez años después seguían juntos con intención de casarse algún día.

Era un día extrañamente caluroso, había dejado de llover por fin después de media cuarentena granizando. Aura estaba sentada en una butaca de la cocina abanicándose y observando a Leo, con una camiseta de tirantes, sudar frente al fuego preparando una salsa de tomate. Las piernas desnudas de Aura brillaban. Los brazos de Leo se endurecían al cortar la verdura y su pelo tropezaba con su frente, humedecido. Aura tenía el cuello al descubierto, con el pelo recogido en su mano. Aún así ninguno observaba al otro.

Hacía demasiado calor.

La radio estaba puesta. Sonaba música que ya no escuchaban ni los más viejos pero que a Leo le encantaba. Roxette en concreto le parecía un dúo digno de que un póster colgara en su cuarto.

Pasaron del rock de los ochenta a canciones más de sobremesa. Al pollo y a las patatas que se asaban en el horno aún le quedaban unos minutos y Aura acababa de abrir una botella de vino. En mitad de Somenthin´ Stupid de Frank y Nancy Sinatra y en un arrebato de lo suyos, agarró a Leo y comenzaron a bailar como si de la balada más exquisita se tratara. Era la primera vez en todo el día que se miraban a los ojos.

-Recuerdo que Leopoldo me dejaba en tu casa y tu madre hacía pilates. Por alguna razón recuerdo que sonaba esta canción y la cantábamos como si fuera una de Britney Spears.

-Lo recuerdo.-Confirmó Leo mirando a Aura a unos centímetros por debajo de él.

-Leopoldo te traía cada fin de semana sin falta. Yo esperaba a que llegaran los sábados como quien espera la venida de Cristo.

Aquella emisora cortó la canción a medio terminar pero ellos no dejaron de bailar. Hacía mucho calor en aquella cocina y sudaban. Sus pieles brillaban y se volvían pegajosas. El sol entraba por aquella cocina amenazando con incendiarlo todo de una luz de mediodía como si el mismo infierno se abriera solo para ellos. Ahora sonaba una composición de Osvaldo Pugliese. Un exquisito tango sin letra ni tiempo que empujó a sus cuerpos a seguir agarrados el uno junto al otro sin importarles la humedad de sus extremidades.

-¿Debería dejar a Mateo?-preguntó Aura en voz alta observando que los ojos de Leo cambiaban de color ante la explosión repentina de luz.

-No debes dejar a Mateo.-Habló Leo que notaba el sudor que resbalaba entre los brazos de Aura y su cuello.

-No creo que lo haga. No en el futuro inmediato.-respondió ella que sentía una grata comodidad con la presión de las manos de Leo sobre sus caderas. -¿Qué tal está Lorena?

-Llevamos dos días sin hablar.-Se limitó a decir Leo.-Es complicado.

-Todo lo es siempre.-concedió Aura apoyando su cabeza en el pecho de él.

La canción parecía eterna y solo llevaba dos minutos sonando. La Argentina de los años cincuenta se trasladaba a aquella cocina española, donde un pollo se cocía a fuego lento y donde dos personas que eran algo más que amigos bailaban con la intimidad propia de los amantes pero con las distancias propias de la prudencia. Virtud que estaban comenzando a odiar. LA ruptura de una promesa a décadas de distancia, tronaba en todo lo que no decían. Ya no era unos niños con familias rotas. Eran dos adultos que tomaban decisiones.

Llevaban cuarenta y cinco días de encierro, sin ver a nadie más, aprendiéndose de memoria cada gesto, cada gruñido al despertar. Creando una atmósfera compartida que solo podía crearse en quienes tienen la confianza para lanzarse a un precipicio siempre que cuenten con la compañía acertada. Aura fue el primer beso de Leo cuando nadie más quería besarlo durante el instituto. Leo fue quien bailó con ella en la fiesta de fin de curso. Mateo cayó enfermo y no pudo asistir. En cuarenta y cinco días de confinamiento y de estrecha convivencia donde no ves tu libertad condicionada sino potenciada por la compañía de otro, una cabeza confusa y con todo el tiempo del mundo es capaz de crear situaciones que no deberían ni plantearse. La juventud y la atracción son ese tipo de componentes con los que nadie cuenta hasta que los tiene delante como dos granadas de mano y cada uno tenía una a punto de tirar de la anilla.

Después del confinamiento, dejarían el piso, se dirían adiós y harían vidas separadas. Posiblemente pasaría mucho tiempo hasta que pudieran coincidir entre los viajes de ella y el trabajo de él. Aura se casaría con Mateo tal y como lo tenía planeado. Lorena y Leo se irían finalmente a vivir juntos. Dos personas nuevas ocuparían sus habitaciones en aquel apartamento y nunca más volverían a saber de él…

-Quizá sea el fin de todo lo conocido pero yo me alegro de haberte conocido al fin.-Musitó Leo.

Hacía calor, y ya no sabían si era por parte de ellos y su tango improvisado, de pasión contenida y miedo a lo sagrado, o si realmente la temperatura del exterior del que eran ajenos, estaba subiendo. Estaban descalzos y evitaban pisarse. La convivencia les había coordinado en cada paso que daban, pero estaban oxidados. Llevaban años sin bailar juntos, llevaban años sin estar tan cerca, llevaban años sin sentir que se querían como no debían. Ya de niños dormían en la misma cama y de adolescentes el uno le ponía el pijama a la otra cuando no podían sostenerse en pie por la borrachera. A pesar de ello, ya de adultos, eran incapaces de compartir almohada… ¿Por qué? Habían superado con éxito las falsas tentaciones que decían las malas lenguas que tendrían si un hombre y una mujer dormían juntos en la edad de la hormona. Ni sus parejas habían mostrado la más mínima desconfianza. Dos personas que se han criado juntas y que compartían mucho más que su tiempo y el color de sus cabellos, habían fortalecido su vínculo en tan solo cuarenta y cinco días de encierro. Entonces ¿por qué en ese momento de sudor derramado y de tango vulgar, en sacrilegio de aquella admirable danza, ambos sentían que lo que estaban haciendo estaba mal? Solo bailaban, quizá fuera de los últimos bailes que compartieran en mucho tiempo.

-Te echaré de menos.-Le repitió Aura apartando un mechón de los ojos de Leo.

-Y yo a ti.-respondió él evitando los labios de Aura.

-Leo…

-Aura..

La canción terminó. El sol se oscureció tras una enorme nube. Los relámpagos comenzaron a sonar y la temperatura disminuyó repentinamente. Los dos dejaron de bailar. El tiempo se había detenido en aquella mirada cómplice en la que las palabras carecían de sentido. No estaba bien lo que hacían pero los nombres de Mateo y Lorena se evaporaban en la sed de sus labios. Una marejada de recuerdos, detalles de toda una vida compartida, el olor del whisky, los bailes entreverados entre la infancia y ese momento, invadieron cada rincón de sus raciocinios. Fue Leo quien tomó el impulso de querer alejarse, pero fue Aura quien le cogió la cara. De repente los cuarenta y cinco días de dudas se atropellaron en su garganta. De repente, podía notar las lágrimas de él secándose en las yemas de sus dedos, el dolor de las rodillas de los veranos en las playa, podía ver el color cítrico del mar, su póster de Roxette. De repente, a ninguno de los dos les importaban las normas sociales, ni el que dirían, ni las mentiras que se repetían desde que tenían conciencia del bien y el mal. Había secretos que en mitad del fin del mundo, donde todos miramos por nuestra supervivencia, estaban justificados. Leo no pudo contenerse una segunda vez. Ya no hacía calor, pero aquellos labios no podían seguir esperando a que llegara otra pandemia.

Los condimentos que sazonaban el pollo que se calentaba en el horno, aún estaban presentes en la lengua de él. El sabor ácido y amaderado del vino que ella había abierto, seguía aliñado en la saliva de ella. Infinitas sensaciones se transportaron hasta esos dos infieles que no pensaban en el peligro que aquel beso suponía.

-Leopoldo…-suspiró Leo alejándose de Aura.

Se miraron en silencio sabiendo que lo acababan de hacer y que claramente iría a más, estaba mal del todo.

Aquellas dos personas fueron conscientes de que todos sus problemas familiares se verían terriblemente complicados si lo que acababan de hacer o lo que sus corazones sentían, salía a la luz. Aquellos dos compañeros de piso compartían mucho más que su tiempo y el color de sus cabellos: También compartían padre.


A mediados de abril se acercaba un fecha marcada para los dos habitantes de aquel diminuto apartamento tan lejos del centro. Se acercaba el momento de volver a la vida que estaban olvidando.

Si fuera de aquel apartamento había una pandemia que mataba personas, encerraba países, cortaba conexiones y frenaba la economía mundial, dentro existía una enfermedad que atentaba directamente a la razón, cuestionaba las leyes de la sangre y envenenaba el corazón.

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