VERANO 2 0 1 9 (V): Septiembre

Leí en Twitter que Septiembre era más principio de año que enero. Puede ser. Para ese mes, mis objetivos estaban mucho más decididos que al principio del año pasado (El Karma de Cam). El apellido que heredo de mi madre y el tatuaje de mi brazo derecho ( 🦋 ) son la muestra de mi fortaleza y mi supervivencia. Se me caerán los brazos y los dientes y aún así, seguiré comiendo tres veces al día. No podía permitirme en vísperas de otoño, seguir hundido. No podía alguien como yo, soberbio como soy, vanidoso y competitivo ver cómo mi vida se desvanecía en nombre de todas las canciones que ya no podía dedicar, mi final de temporada, una vez más, no podía quedarse anclado a las serifas de todos los nombres de mis Imposibles. Soy un Licámtropo, y con la misma ferocidad debía emprender una nueva etapa. Llevar a cabo una transformación. Hacer que la segunda parte de 2019 significara nuevos horizontes para empezar el 2020 con ganas.

Como os he dicho en varias ocasiones, no suelo quedarme en paro más de dos meses. Casi nunca tiro la toalla ante una adversidad tan abrupta como la de quedarte sin trabajo y como consecuencia verme obligado a abandonar Madrid. Lo que tampoco suelo consentir es conformarme mucho tiempo con puestos en los que no estoy a gusto o los horarios no me benefician. Hay que exigir siempre unos mínimos… Fue así como abandoné la sauna de swingers la misma mañana que me confirmaron mi puesto como vendedor en una sadwichería. Puesto que conseguí gracias a las buenas relaciones que mantengo, a la confianza que depositan en mí y a su generosidad. Esa fue la primera cosa buena que me pasó aquel 6 de septiembre. Fue un viernes en el que los rumores en el viento me advirtieron que las buenas noticias vienen de tres en tres. Ese mismo día, me despedí de Foster para siempre.


Como sabeís, conocí a Foster en el Pride 2019. En teoría, según los recuerdos difusos, nuestras caras ya se habían encontrado en la fiesta Tanga de Ariana Grande que se hizo en su día en La Riviera varios meses atrás antes de darnos el primer beso. Su piel blanca y su sofisticada sonrisa, pasaron desapercibidas el día en el que Fénix me habló de él. Como he comentado en otras ocasiones, los dos vivieron un affair que no acabó del todo bien. La noche en la que Foster y yo coincidimos en DLRO, todo en mi cabeza hizo una boom (yastáaquílaguerra) y até todos los cabos. Ellos se habían conocido antes, en el periodo de abril-mayo-junio y yo aparecí en su vida en julio… para desaparecer para siempre en septiembre.

Algunas personas somos puntos estratégicos que la coincidencia une por frívolo capricho.

Foster me acompañó aquella madrugada del 3 al 4 de julio al portal de mi casa. Me besó en los labios y me dijo que Fénix no tenía nada que ver para que él y yo pudiéramos sentirnos atraídos. Y yo le creí.

Durante la manifestación del 6 e julio su mirada y la mía se buscaron. A veces olvidaba lo guapo que era hasta que le tenía delante. Esos redondos ojos oscuros como el café y esos labios de besos profundos, me obnubilaban las ideas y a veces tenía que decirle a mi cabeza que dejara de hacerse ideas extrañas. A veces parecía mentira que alguien como él pudiera haberse fijado en alguien como yo. Hasta ese punto llegaba. Nos besamos en mitad de toda aquella multitud frente a mi hermano, un amigo mío y un amigo suyo. A veces besarle era como una eternidad enjaulada entre nuestros dientes. Otras, un beso era sinónimo de sed: necesitaba más, pero debía permitirme menos. Esa misma madrugada, nos encontramos en la parada de Santo Domingo. Él venía de Baila Cariño y yo venía de deambular con las Antonias toda la noche por una Madrid enorme, colorida y al borde del amanecer y la resaca de tanta felicidad. Una vez más, paseamos hasta el portal de mi casa en la Calle Princesa y nos sentamos en el banco que hay justo en frente. Estuvimos hablando de tantas cosas que me cuesta recordar exactamente cómo llegamos a abrirnos el uno con el otro. Él, sobre todo, manifestó uno de los deseos más poderosos que pueda tener un ser humano que se siente incompleto:

-Solo quiero encontrar a alguien que valore todo lo que yo pueda darle y que sea recíproco.

Se disculpó por haber llorado, y yo solo pude abrazarle y permanecer callado mientras la ciudad se ponía en marcha. Mientras todo volvía a la normalidad en mitad de nuestra infrecuente fragilidad.

Esa misma noche, tuvimos nuestra primera cita oficial. Fuimos al Foster Hollywood. De ahí su nombre en este blog. Él eligió el sitio y fue ahí donde descubrí su nombre completo y sus apellidos. Tenía nombre compuesto, como cualquier colombiano que haya conocido en mi vida. Comía arroz con casi todo, como cualquier colombiano que haya conocido en mi vida. Tenía ciertos matices dramáticos, como cualquier colombiano que haya conocido en mi vida. Creo que nunca se lo dije pero veía tantas cosas de mí en él. Sentíamos con esa intensidad impropia de los mortales corrientes. Vivíamos las cosas con el romanticismo propio de Dumas o Wilde. Los dos hablábamos el mismo idioma, ese tipo de expresiones y duplicidades que ofrece un castellano tan rico como el de Colombia. Era extraño encontrar a alguien con el que compartía tantas cosas innatas, siendo los dos tan diferentes.

Paseamos hasta Ópera y acabamos sentándonos en un banco frente al Palacio Real. Un hombre tocaba la flauta. Era la melodía de Titanic (no sé cómo no lo vi venir). Ya era de noche, había luna llena y estuvimos hablando de telenovelas y series que habíamos visto y entones llegó el momento más extraño del mundo: comenzó a cantar. No sé si me cantaba a mí o si lo hacía para dejarme desarmado. Solo sé que me sentí fuera de lugar. Tiene talento. Está claro que lo siente y lo vive, y su voz sigue rebotando en las paredes de mis recuerdos. No obstante, no sabía qué decir o qué hacer. ¿Cómo se comporta una persona que está viviendo exactamente un momento que solo se vive en las novelas que ha leído? Salí por un momento de mi cuerpo y observé aquello con objetividad. No había trucos, ni malas intenciones, ni siquiera un objetivo claro: Foster estaba sentado frente a mí, bajo la luna llena, cantándome.

¿Cómo de especial tenía que ser yo en este mundo para ser obsequiado con un momento así?

Todas las barreras emocionales de mi cinismo se activaron y subiendo hacia Princesa, decidí cerrarle las puertas que mis sentimientos le estaban abriendo a aquel chico que parecía enviado para romperme el corazón en cualquier momento. Hablé de secretos que solo puedo hablar con determinadas personas, le conté mis intenciones y le describí mi pasado. Le di los datos más esclarecedores de mi naturaleza con la firme intención de que, al verme desnudo, partiera.

Pero no lo hizo.

No volvimos a hablar del tema hasta que nos volvimos a ver. Aunque conservé la esperanza de que no volviera a verme nunca más. Me gustaba. Me parecía guapísimo. Me parecía interesante. Cantaba. Era el típico muchacho por el que muchas personas podrían entregarse a la primera de cambio, pero mi cuerpo no me permitía continuar ilusionándome. Entonces, en un mal juego de la coincidencia, el vicio atroz de mi mente de retorcer la cosas, mi fragilidad y el tiempo que pasó sin contestarme a los mensajes, me hicieron poseer uno de los sentimientos más dañinos y dolorosos que existe en todo ser humano.

El músico del sitar estuvo esperando toda a noche y ahora, por primera vez , sintió la fría daga de los celos.

Mouline Rouge.

Estuvo sin contestarme gran parte del día. Justo al mismo tiempo que dejó Fénix de hablar conmigo. Casualmente los dos se encontraban realizando acciones similares según pude observar durante mi investigación detectivesca en sus redes sociales, fue mi conducta paranoide la que me llevó a imaginar lo peor: que estaba siendo utilizado por el primero para conseguir al segundo. Mis dudas de disiparon en cuanto, atestado de todo temor e incertidumbre, hablé con Foster y me sinceré sobre lo que sentía. Efectivamente, todo habían sido imaginaciones mías. Fue entonces cuando asumí, acepté, en el límite de mi poco desarrollado sentido de la salud mental, que él me importaba, que me gustaba y que realmente quería dirigirme a conocerle un poco mejor.

A partir de ahí, seguimos hablando de forma normal. El Cosmo ya había cerrado. Yo ya trabajaba en la sauna. Manhattan y yo seguíamos sin hablar. De hecho él, Lewinsky y Black Winter habían marchado a El Arenal Sound, al cual yo no asistí ya ni me acuerdo por qué. Seguía guardando el secreto de Conflicto a Ganímedes. Las Antonias aún no se estaban fracturando, pero no tardarían en hacerlo. Mi grupo de amigos era lo que García Márquez habría llamado Crónica de una muerte anuciada. El verano pasaba lento y tedioso. Foster y yo al fin tuvimos nuestro primer encuentro sexual. No fue lo que se dijo algo directo. Desde que nos conocimos hasta que finalmente decidimos dar el paso de ir a la cama, pasaron varias semanas puede que incluso agosto ya asomara las orejas. He de admitir que cuanto más inaccesible es una persona con respecto al sexo y, por decirlo de alguna manera, no se acuesta conmigo a la primera, más me interesa. Pero porque le da una importancia a la intimidad a tener en cuenta o quizá esa persona espera el momento adecuado y eso me imapacienta y me me hace desearlo más. Es así. Me gusta. No quiere decir que aquellos con los que me he acostado el primer día me gusten menos. Son visiones diferentes que me afectan de manera diferente y que en ambos casos siempre me ha dado qué pensar.

Foster y yo tuvimos un encuentro sexual más bien torpe. Él sangró, no había coordinación, estábamos nerviosos (al menos yo). No fue el momento álgido de nuestra intimidad, pero me pareció curioso que con lo que me comenzaba a gustar me resultase tan difícil desarrollar, acometer o ejecutar algo que llevaba haciendo años, semana tras semana: el acto de follar.

La siguiente vez que nos vimos, fue él quién me invitó a dormir a su casa. En Chueca. Un piso que admiré desde el primer momento por su amplitud. Salía del trabajo a las tantas de la noche y el búho casualmente me dejaba en una paralela a su portal. Me llamó bastante borracho y he de decir que estuve muy preocupado lo poco que duró el trayecto. Caminé con paso ligero hasta su calle una vez hablé con su compañera de piso que estaba sobria o al menos, no tan ebria. Le encontré a él vomitando en un contenedor. Sin apenas sostenerse. Llevaba su típico arnés sobre una camiseta negra y sus calcetines altos. Atuendo que normalmente rechazaría pero que en él resultaba tan vistoso y lo llevaba con tanta clase, que no pude más que pensar en lo guapo que me parecía incluso en aquel momento. Le encontré vulnerable y cuando mis ojos y los suyos, igual de oscuros como la noche que nos cubría se encontraron, un pequeño vuelco abrazó mi pecho. Estaba bien, pero ver así a quien te gusta, asombra. Subimos a su casa, conocí a sus compañeras de piso, se duchó y dejó de vomitar a tiempo de irnos a la cama. Apenas supe qué decir en todo ese tiempo y muy en contra de mi silencio, decidí igualmente escuchar lo que me decía. Afirmó en más de una ocasión lo mucho que yo le gustaba y me manifestó sus deseos de dormir más veces conmigo. Me hizo suyo en un susurrar y me rodeó con sus brazos. Yo solo me limité a pedirle que se durmiera pero cuando quise darme cuenta, lo estábamos haciendo. Interesante en esta segunda ocasión.

Desde esa noche me prometí que no haría nada que pudiera molestarle. No me liaría con nadie más por mi propia iniciativa y me centré en él, en sus conversaciones y en organizar nuestros horarios. Todo esto difícil sobre todo cuando en todo ese tiempo de soltería no me había centrado tanto o al menos no había tenido la imperiosa necesidad de “portarme bien”.

Con el tiempo me di cuenta que miraba de reojo las veces que yo salía de fiesta. Hablarle de mi pasado, tampoco le parecía tan gracioso cuando le contaba una anécdota. El ambiente en el que yo me movía, le parecía (y le parece) grotesco, incómodo. No se encontraba nunca a gusto con algún comentario respecto a ligues anteriores. Él no me lo decía, pero yo lo notaba. Los silencios a veces se leen mejor que cualquier expresión de palabra. Cuando yo estaba con él, toda mi presencia escénica menguaba. Yo lo sentía, pero no lo admitía. Él me imponía como pocos lo han hecho. Me arrebataba la soberbia con la que piso el suelo por donde caminaba y me mantenía callado, a mí, que sufro de verborrea. Sí, era demasiado guapo, tenía demasiada clase, demasiado talento como para imponer mi personalidad o enfrentarme a él. O quizá me conoció cuando yo estaba en mi momento de mayor debilidad. O quizá desprendíamos los dos la misma energía y la misma fuerza que uno se vio obligado a ceder. Los dos nos queríamos comer el mundo, estábamos muy seguros de nosotros mismos, conocíamos nuestros puntos fuertes y débiles, nos conocíamos a nosotros mismos… encontrar a otro tan semejante en espíritu quizá se convirtiera en una cuestión bélica donde vencía, no el más fuerte, sino el que menos se rindiera. Así fue.

Priori incantatem

J.K. Rowling

Mis amigos lo notaban. Me preguntaban si esa extraña fidelidad que yo le profesaba, él también la cumplía, se preguntaban cómo me influía tanto de aquella manera y me llegaron a cusar de obsesión. Y yo también me lo preguntaba, pero no quería responder. No sabía responder. Foster me gustaba, me gustaba mirarle y admirarle y era todo lo que sabía.

El Jilguero había sido el único de mis romances fallidos que había logrado doblegarme de alguna manera parecida y aún así no parábamos de enfrentarnos día sí y día también cediendo intermitentemente el uno al otro. Huracán Patronus, dentro de todo el poder que poseía en el reino de mi corazón, tampoco me hizo sentir pequeño. Todo lo contrario, su forma de desearme era precisamente una de las fuerzas magnéticas que tan enganchado a él me tuvo. Mi debilidad hacia Ícaro se debía a mi leal enamoramiento y tampoco se dieron circunstancias impositivas. Foster, me tenía a su voluntad. Una palabra suya y yo movía todos los peones de mi ajedrez en mi contra si así lo tenía conmigo.

¿Afecto o sumisión?

Solo sabía que algo en mi interior estaba cambiando. No sabía el qué. Ni siquiera lo pensaba cuando dormimos la siguiente vez juntos. Comimos sandía mientras veíamos un capítulo random de Mujeres Desesperadas (de mis series favoritas; hasta en eso coincidíamos). Me esperó despierto a que llegara y yo solo pude acomodarme en su regazo mientras deseaba parar ahí el tiempo.

Recuerdo que a la mañana siguiente, con sus gafas de sol y su glamurosa forma de vestir en un abrir y cerrar de ojos cuando yo aún tenía la ropa del día anterior, me cogió de la mano yendo hacia su trabajo.

Hacia muchísimo que nadie me cogía de la mano, que nadie me arrancaba ese trozo de individualidad, que me llevaba (como diría Carlos Baute y Marta Sánchez) colgando en sus manos. La adrenalina es una sensación que puede acumularse en la garganta matando cada palabra que puedas pronunciar. Así era él, una explosión de sensaciones.

A pesar de todo, yo seguía sin estar bien. Le seguía dando vueltas a todo y el runrún de Lewinsky con el feedback de mi ex, me estaba molestado sobremanera. Me puse enfermo. De hecho no fui a trabajar y me quede en cama todo el día. Jamás una enfermedad me había impedido ir a trabajar. Tenía fiebre, me dolía el cuerpo. Algo estaba cambiando en mí y no sabía reconocer cual de todos los factores externos me estaba afectando realmente. Cayó la tormenta de verano que tanta falta hacía y solo estábamos mis gatos y yo en el piso. Tuve una recuperación rápida en veinticuatro horas y marché de fiesta con mis amigos porque a veces la distracción acompañada de alcohol ahoga mejor la incertidumbre que cualquier lamentación. Y ahí acaeció la mayor discusión que tuvimos Foster y yo.

-Mira, Camilo, yo no puedo rodearme de personas que no se cuidan o que tienen el tipo de descontrol que tienes en tu vida. Acabas de estar enfermo y decides irte de fiesta en cuanto estás bien en vez de cuidarte. Yo con personas dejadas no puedo estar.

Me dijo en un mensaje quizá menos elaborado. La semántica en la dinámica de los recuerdos es válida.

-A nadie nunca se le había ocurrido insinuar si quiera que yo soy un dejado. Salí porque me apeteció y me encontraba mejor. Me ofendes.-Contesté molesto con que alguien me infravalorara de esa manera.

Quizá no estuvo bien salir nada más recuperarme, pero no lo pensé. Lleno de vitalidad soy una fuerza de la naturaleza. Sin embargo, me dolía que se hubiera enfadado conmigo. Vernos se hizo difícil puesto que en teoría él se marchaba en sus días libres a Portugal. Aproveché entonces para irme a Talavera y en el viaje, le confesé mis sentimientos. Los cuales habían cambiado mucho en ese mes. Le dije que me gustaba y que deseaba seguir conociéndole e intentar algo. Envié el mensaje como quien se bebe un chupito de Jagger sin importarle las consecuencias al día siguiente: temiendo lo peor y tragando sin pensar. La respuesta que obtuve me partió las expectativas y sentí un aluvión de decepciones. Al parecer, él no buscaba lo mismo. Al contrario de lo que me temía, asumí la derrota con la naturalidad con la que se asume un suspenso cuando no has estudiado, cuando asumes que lloverá cuando vas de picnic, con la naturalidad con la que los corazones aceptan su inminente ruptura una vez palpitan por primera vez o como todo aquello que destruye siempre de forma natural. Talavera me ayudó. Me encontré con mi Gitana que me dio aquella sabia observación sobre Ícaro y nuestra relación abierta y hablar de todo esto en voz alta me ilustró una nueva dirección: si él no me valoraba, alguien lo haría y mucho mejor de lo que él supo hacerlo.

Fue a la vuelta cuando decidí que nada amargaría mis últimas fiestas. Sabía que en el momento en el que septiembre comenzara las discotecas olvidarían mi nombre y mi cara. 30 de enero y ese vaticinio se ha cumplido prácticamente. Sin embargo, aquel 19 de agosto salí y ¿cual fue mi sorpresa cuando me lo encuentro en Grindr en Madrid?. Fénix me avisó de su perfil y yo como un loco me descargué la app con la firme intención de ponerle contra la espada y la pared (todo muy sano). Volvimos no a discutir sino a hacer comentarios agresivo-pasivos el uno contra el otro. Dolido, me pillé la borrachera que tanta falta me hacía y acabé en el hotel Only You con un irlandés con el que al final no hice nada. Dormimos. Él estaba so tired y yo creo que dentro de mi frustración por no culminar el acto de mi despecho, lo acepté. A la mañana siguiente volví a mi casa con la sensación de arrepentimiento y de alivio a la vez. Me puse a limpiar, cambié las sábanas y dejé que mis gatos me dieran el amor y la atención que en ese momento me hacía falta.

Los animales suelen intuir cuando los necesitas.

Fue entonces cuando Foster volvió a hablarme. Me dijo que él estaba algo molesto por lo de la noche anterior entre otras cosas. Acto seguido, me dijo que me arreglara, que estuviera listo que esa noche dormiríamos juntos. Cuando bajé al portal, ni siquiera le saludé, solo nos besamos en mitad de la calle en un evidente gesto de aceptación y de que todo iría bien.

Después de eso todo pareció ir mejor. Un día me pasé a verle al trabajo para darle algunos besos puesto que no podíamos quedar por temas de horarios y otro le invité a comer. En una última ocasión incluso le ayudé a hacer pisto y nos duchamos juntos. Hice las entrevistas en mi nuevo trabajo. Ya estaba matriculado de nuevo en la uni y la cuenta atrás a septiembre estaba ya acabando. Al fin podría dejar la sauna swinger y tener unos horarios mejores, para verle y estar organizado con mi vida. Era todo lo que deseaba, centrarme de una vez en mi vida.

Pero algo se rompió. El fin de semana del 6 de septiembre, algo pasó que cambió el rumbo de mis sentimientos hacia él y por tanto, el rumbo de nuestros caminos.

Había dejado el trabajo y hasta el 11 no comenzaba en el nuevo. Así que tenía unos días libres para mí después de semanas sin saber lo que era la libertad absoluta y el verdadero descanso. Cuando le ofrecí dedicarle mi tiempo antes de empezar las clases, su respuesta fue negativa. Se mostró reacio y me pidió que le diera espacio que no estaba bien y que solo quería verme cuando estuviera de buen humor. Así que le di espacio. Me fui a Alcorcón a las fiestas de ahí y me lo pasé en grande con Black Winter. Volví a Madrid en la madrugada en el coche con Eeve.

Sonaba Yo x ti, Tú x mi de Rosalía y Ozuna (esta canción era un presagio, una señal de que algo mejor y algo bueno vendría después). La carretera estaba solitaria y tuvimos mi amigo y yo una conversación que marcó el verdadero final de todo esto.

-Camilo tú tienes que saber qué te merece la pena. No puedes estar detrás de un tío que desde el principio siempre ha estado más centrado en él. ¿Qué pasa? ¿Solo podéis veros cuando a él le apetece o cuando él esté bien? Si te importa alguien debes estar ahí en las buenas y en las malas y él parece ser que solo quiere que os veais cuando esté bien. Has dejado de liarte con otros por él, cuando tú no eres así. Tú no haces eso por cualquiera. Estás haciendo cosas que no parecen ser valoradas. ¿Va a ser así siempre?

Al día siguiente, había asumido que Eeve tenía razón, así que no le hablé. Renuncié a él sin darme cuenta. Reuní todas las imágenes en mi cabeza de todo lo que habíamos vivido y me di cuenta que las cosas no estaban bien. Sabía que mi corazón se iba a romper en cualquier momento y no andaba muy lejos de que eso ocurriera. Presentía que mi etapa con Foster había llegado a su fin. Presentía que su llegada quizá fuera necesaria para hacerme ver lo que quería en mi vida. Y claramante no podía estar con alguien que me hacía renunciar a mí.

Septiembre comenzaba con una nueva y mejorada versión de mí mismo y él no lo estaba viendo. De hecho, en ese año muchos habían renunciado a verme como lo que me estaba esforzando en ser.

El 7 de septiembre yo tenía un nuevo trabajo, empezaría un nuevo curso y por tanto unos nuevos hábitos de vida, nuevos objetivos y una fortuita necesidad de centrarme.


No volví a saber nada de Foster hasta el 31 de diciembre. El día oficial en que las Antonias fueron diagnosticadas de muerte irremediable. Esa noche Foster y yo solo pudimos felicitarnos el año sabiendo que para ninguno de los dos, el otro supondría realmente algo importante. Nos dimos dos besos como dos personas que se conocieron, que rompieron su vínculo en el silencio y la distancia. Dos amantes que nunca llegaron a ser nada más que un encuentro furtivo de un verano incierto. Una elección robada en una estación pasajera que desde su inicio, entre tanta barrera emocional, estaba escrita como temporal, transitoria y accidental.

Agradecido me hallo de estar donde estoy con quien estoy. Aquel 7 de septiembre los hilos de mi destino me llevaron a tomar las decisiones correctas con la persona correcta. El 7 de septiembre de 2019 fue más principio de año que el 1 de enero 2020.

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