VERANO 2 0 1 9 (II): Cosmopolitan

“El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer”.

Oscar Wilde

Cosmopolitan Enjoy se econtraba en el número 14 de Arcipreste de Hita. El metro más cerca era Moncloa, con salida a la calle Princesa (Madrid). Se encontraba, porque ya no existe. El Cosmo (como lo conocen los que formábamos parte de él) cerró sus puertas el 8 de Julio del 2019. Aunque no lo creáis, fue de las relaciones estables más duraderas que he tenido. Algunos lugares tienen alma, memoria y corazón. Algunos lugares tienen historia y hoy la voy a contar según yo la viví.

Yo conocí el Cosmo, un inocente jueves de marzo de 2016, la misma noche en la que conocí a Mambo. Entonces nunca me imaginé lo importante que acabaría siendo para mí. Supe que vendían botellas de vino en tiernas cajas de madera que mucha gente se llevó a su casa para (vete tú a saber por qué) convertirlas en macetas o en cualquier otro objeto inútil que llevaba el logotipo de un “bar, gastrobar, restaurante… Wherever”. No fue hasta el 7 de julio de 2017 cuando entré por primera vez en meses, que aquel sitio se convirtió en un icono de mi vida, en un personaje más de mi biografía, en un Central Perk (Friends) que marcaría un antes y un después en mi estancia en Madrid.

Aquel verano me encontraba en paro (yo creo que muchos de mis veranos me las paso en paro o en desgracia). Debía recuperar dos asignaturas de la universidad, me había mudado con Ícaro a vivir en un palacio de espejos de 20 metros cuadrados, en Usera, y había cortado con las únicas amistades que había conocido: Los Cinco más Imposibles. El mismo verano en el que me decidí a tomarme una cerveza con Manhattan, y el mismo verano que acabó con mi noviazgo de casi seis años para siempre. Nunca imaginé que al final de aquel año estaría tan acabado, del mismo modo que fue el Cosmopolitan el que me levantó. O al menos me mantuvo con vida un par de años más.

La cosa es que las primeras veces que me reunía ahí con Manhattan íbamos para reforzar nuestra amistad. Fue así como llegaron Entrenador y El Novio Perfecto a mi vida. Compartí con ellos cervezas, tintos y primeras anécdotas. Fue ahí donde comenzó la inverosímil aventura hasta la piscina privada de Valdemorillo, y fue ahí donde lo contamos como héroes por primera vez. Mi búsqueda de trabajo, comenzó dando mi mejor impresión a la encargada del momento. Manhattan reforzó mis posibilidades hablando directamente con quien llevaba las contrataciones, haciéndose amigo de una segunda encargada, actualmente nuestra compañera de piso y una gran amiga y en mi caso, una poderosa guía espiritual: Musa. Entre todos los que metieron mano en este tráfico de trabajo, se encontraba otro cocinero, el cual hizo mis días en el trabajo más ameno. Todos ellos, apostaron por mí, por mi forma de ser y el desparpajo que transmitía. Mi experiencia en hostelería era poca por aquel entonces, pero el expresar con ímpetu que limpiar baños no me importaba, ayudaba bastante. Supongo.

La entrevista me la realizó un francés comunista con más experiencia que genio, aunque no sé cuál de las dos admiraba más. Su personalidad se enredaba en dos cejas pobladas capaces de hablar por él. Junto al francés, un ingeniero cansado con casa en Móstoles y un poderoso gusto por las cañas a medio día. Entre los dos decidieron que de primeras, yo no era el indicado para el puesto.

Un mes después, tuve la oportunidad de demostrar que en efecto el trabajo me venía como anillo al dedo.

Empecé con un encargado venezolano que durante cinco minutos me infundó miedo, pero durante dos años, implantó una semilla de profundo cariño y admiración por él y su mujer. Un matrimonio que daba gusto verlo. La unión, el respeto y la lealtad que se profesaban el uno por el otro, podía notarse a kilómetros de distancia. Al menos desde mi punto de vista.

Novatos éramos otro chico y yo. Un ecuatoriano que me ayudó cuando me resbalé en mitad de la sala con la charola llena de platos. Sí, amigos, el primer día lo empecé cayéndome. Pero ahí estuvo él preguntándome si estaba bien. Nunca imaginé que tras aquello, le estaría dando la enhorabuena por ser padre. Hoy ha formado una familia con una adorable profesora de inglés.

Mi formación estuvo en la mano no solo del francés con aparentes malas pulgas, sino también de un negro más alto y más intransigente (de primeras) que edad aparentaba. Aquel hombre tenía cincuenta años ya cumplidos y nadie lo adivinaría nunca. Empezamos con mal pie, al fin y al cabo, yo era un torpe desconocido que ralentizaba la dinámica del trabajo. Lo que empezó con estrés y sentimiento de culpa, acabó en fuertes abrazos cada día que llegaba, risas a costa de los clientes y charlas eternas en la cocina durante turnos eternos.

Con el paso de los meses fui viendo que todos y cada uno de los miembros de aquel lugar eran dignos personajes de alguna de mis novelas. Manhattan se había consolidado como el DJ más carismático de toda la manzana de Moncloa. Y claro, como yo soy un culo inquieto, pues apoyaba su música con escoba en mano y perreo del bueno.

El espacio que conformaba aquel local de dos plantas respiraba y embebía de las distintas personalidades y caracteres de sus habitantes. Dos jefes beodos tan cercanos como ilocalizables en los momentos críticos. Dos encargadas que ocultaban más de lo que mostraban y solo cuando estabas con ellas podías notarlo. Descubrir lo que se ocultaba tras sus camisas negras.

La más mayor, se convirtió en un eje importante en mi vida. No era alguien del que debiera fiarme, ni alguien a quien se le pudiera coger cariño fácil. Era una mujer divorciada que vivía enamorada de sus perros y que había aprendido a pensar en ella para sobrevivir antes que en nadie más. Lo que claramente la había distanciado de la realidad, de la vida y de la forma correcta de sinceridad. Su malestar se extendió a otros sectores del trabajo, salvo a mí. De alguna manera, yo encontraba en aquel corazón roto y áspero, un ápice de humanidad. No tiendo a pensar mal de la gente y salvo al final de nuestro periplo como “amigos” puedo decir que nunca se comportó mal conmigo. No que yo sepa.

Musa era un caso a parte. Una mujer por la que más de uno (y una) se veía obligado a volver noche tras noche. Hubo clientes que solo venían a admirar a la “encargada del moño”, porque aquel moño, gestionaba el trabajo mejor que cualquier jefe que yo haya conocido. Es una canaria productiva y de pensamiento eficiente que aguantaba pocas tonterías. Había turnos enteros en los que no llegamos a hablarnos hasta finalizar y solo entonces, una vez acabado el trabajo ella y yo volvíamos a ser amigos. De ella aprendí que el trabajo es el trabajo y una vez cruzas las puertas, entonces las relaciones cambian ya sea a mejor o a peor. En nuestro caso, al día de hoy, salimos a correr alguna que otra mañana, me enseña a jugar al pádel y, como en el Cosmo, me explica su manera y sin darse cuenta que hay que vivir y saber vivir con eficiencia.

El cocinero dominicano que apostó por mí durante el proceso de selección, fue un ejemplo a seguir. Un mentor que ni siquiera supo que lo era. Tiene una fuerte personalidad y su polivalencia alcanzaba cotas que yo creo que ni él conocía. Tenía un humor negro tan propio de los que nos reímos de la vida y de los que nos bebemos las noches en copas de balón. Es un hombre que es mejor tener de amigo, pero del que sabes que pocas veces te va a fallar.

Conocí a mi Palomita. Una mujer menuda y de gran corazón. Si yo llegaba y no nos abrazábamos, el día no era el mismo. Mirábamos hombres a través de la ventana de la cocina y aprendimos a diferenciar a los maridos de los ligues de una noche. Escuchaba con atención mis dramas y me simplificaba los problemas.

-¿Cómo no te van a querer a ti, con lo que tú eres?-Me decía.

Supo irse a tiempo y supo irse a mejor.

Manhattan y yo cenábamos todas las noches en las mesas y nos poníamos al día de todo. Black Winter (del que ya os hablaré mucho más adelante), fiel compañero de dramas y gran artista, encontró un amigo con el que compartir ginebra en los viernes más duros. Pronto el trío de PopperPuff Gais se hizo un icono semana a semana.

El Cosmo conoció unos increíbles días de bonanza. No dábamos a basto. Estábamos en boca de cuanto universitario pasaba. Convertimos un local normal en un sitio apto para todo el mundo. Manhattan y yo nos expresábamos con total libertad con Alaska o La Probibida como nuestra banda sonora. No conocíamos mucho la seriedad pasada la media noche. Era el momento perfecto para ligar, bailar con los clientes o meterte con ellos. Pasábamos de vender hamburguesas y perritos, a hacer congas, a reírnos a carcajada limpia, a bailar y a cantar cumpleaños feliz a todos los que éramos empleados…

El Cosmopolitan era nuestra casa. O al menos la mía.

¿Que me había despertado en casa de un desconocido y estaba cerca? Entraba al Cosmopolitan y me socorrían con una coca cola y unas orejas dispuestas a escucharme. ¿Que estaba de bajón? Entraba al Cosmo y recibía abrazos y cariños por todas partes. Con todo lo ocurrido con Huracán Patronus, fue el Cosmo y sus habitantes los que me recogieron el corazón esa misma noche y lo metieron en mi pecho de nuevo. Muchos clientes, salieron de fiesta con nosotros, algunos vivieron romances pasajeros con algunos de nosotros (Bucólico) y otros nos siguen llamando para ponernos al día de sus vidas, como es el caso de La Amazona. Una chica maravillosa de la que debía haberme hecho amigo hace mucho tiempo. O JLo (pronunciado lleylou, por si acaso), del que también os hablaré más adelante.

Con el tiempo, fui adquiriendo habilidades personales y profesionales que me servirían para el resto de mi vida. Comencé a ponerme celoso ante los novatos, aunque fueron los hijos de los dueños. Uno de ellos en particular, no me daba la gana de tratarlo bien, al menos al principio. Hoy lo quiero como a un hermano pequeño, aunque ya no nos vemos como antes. Otra de ellas, es la Diabla un adorable pelirroja canaria, que se metía en todos los líos que podía con Manhattan y conmigo. Todos bienvenidos en nuestras casas. Todos coordinados a la perfección para dar un servicio inolvidable que hoy muchos clientes siguen echando de menos.

Éramos una auténtica familia.

Os hablaría de más miembros importantísimos de esta maravillosa etapa: Odiseo, mi amor platónico procedente de Asturias con el que pocas veces disimulé lo mucho que me gustaba, aunque fuese hetero. Pero siempre lo respeté aunque haya vídeos que digan los contrario. El Marido, es otro gran personaje. Era el marido de Manhattan. Cada uno tenía su crush hetero y cada uno conquistó al suyo a su manera.


Con todo esto y las decentas de historias que podría contar, (extintores abiertos, sillas en váteres, robos, puertas de cristal rotas, el equipo masculino de rugby que se desnudó ante mi, secretos de cama, etc), el Cosmo podría suspirar y todo cuanto ahí se ha vivido armaría un mundo de posibilidades.

Era magnético.

El último día que Musa y yo cerramos aquella persiana por última vez pude notar como algo en mi interior se iba para siempre. A veces, gran parte de lo que eres y que ahora conoces de ti, nace y crece por las circunstancias en las que te encuentras. A veces, esas circunstancias se encierran en un local de dos plantas, que de no haber pisado por primera vez, jamás habrían ocurrido.

El 8 de julio de 2019 tuve que decirle adiós a una importante parte de mi historia ya no como madrileño, ya no como camarero, sino a una gran parte de mi historia como persona. Sin contar el hecho de que a partir de ese momento, debía comenzar otra etapa en mi madurez y que había aprendido, por la fuerza, que no todo en esta vida dura para siempre.

Te quiero no por quien eres sino por quien soy cuando estoy contigo

Gabriel García Márquez

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