Mi primera vez en Boyberry

La primera vez que fui al Boyberry, establecimiento que conocemos todos al menos de oídas, no os hagáis los remolones, fue una noche de absoluto aburrimiento en la que mi ex Ícaro y yo tratamos de romper un poco el hielo en nuestra nada conservadora relación sexual.

Mi curiosidad en los temas sexuales siempre fue un instinto que de cara al mundo pretendía convertir en un artificio moderado; una afectación sana e inocentemente atrevida. Algo que sacar en botellones o en conversaciones con los entonces pocos amantes que tenía en mi relación abierta. Hubo uno de ellos, un profesor de Lengua que me dijo: <<hablas de tu relación abierta y del sexo con culpabilidad. Como si no estuvieras cómodo del todo con estos temas>>.

En efecto amigas, hablar abiertamente del sexo como lo hago aquí es algo que con veinte años no pretendía. En mi casa nunca fue un tabú, y siempre tuve una educación sexual muy sana y coherente. Una educación propia de una familia joven y primeriza (al ser yo el mayor) en un choque de culturas muy distinta (teniendo en cuenta que mi padrastro y único padre conocido es español y mi madre colombiana. Que él era su segundo marido y ella su primera mujer (quizá en muchos aspectos)). No obstante, el que se comportaba como alguien mojigato y al que le costaba una vida y parte de otra charlar sobre sexo, sí amigos, era a mí.

De hecho hoy, con veinticuatro años, no soy capaz de entrar en un sex shop sin sentirme violento o raro. Por mucho que yo haya practicado la promiscuidad, el mundo sexual posee límites y preferencias. Cosas que sí y cosas que no. Un sex shop no es para mí.

Con lo que soy yo y la fama que me gasto ¿verdad?

Bueno, pues imaginaos mi primera vez en este local. El gran escenario de este post: El Boyberry. Con la de cosas que se oyen, que te cuentan y que lees, los vídeos que hay y demás, yo me suponía, como muchos que jamás han entrado o si quiera acercado, que era un lugar de perversión. Un Sodoma y Gomorra enclaustrados en algunos metros cuadrados en el corazón de Madrid. La Babilonia de la Calle Valverde. Un lugar donde hombres de determinadas edades (normalmente edades que marginamos y decidimos que carecen de atractivo sexual debido al narcisismo de esta nuestra sociedad adicta a lo nuevo y la juventud) te acosarían. La similitud entre la historia de Théâtre des Vampires y la inocente doncella mortal sometida a una función donde sería despojada de toda inocencia y de su propia vida, podría venir a nuestra cabeza. Como si buscaran chupar nuestra sangre (y lo que no es sangre) joven y llena de vida…

Pues no. No es así como funcionan las cosas en la vida real tan llena de prejuicios como la que vivimos. Aquella primera noche de expedición no pasó nada. Hablamos como pudimos con un griego (si no recuerdo mal) en un inglés que no nos pertenecía ni a él ni a nosotros, en un sofá muy bien colocado, junto a las cabinas del piso más inferior, y regresamos a nuestra casa. Yo con la sensación de que ahí no habría acabado todo… Una parte de mí sabía que tarde o temprano volvería…

…Era mi segundo año de carrera. La primavera ya había hecho su aparición y recuerdo que por aquel entonces El Dorado, Mambo y yo estábamos ya entrando en esa crisis de la que os hablo en otras entradas. Y aquí aparece uno de los amigos más Inolvidables que puedo tener: Fénix.

Una historia en la que profundizaremos más adelante. Porque con Fénix he tenido la oportunidad de vivir experiencias y sobre todo, largas charlas a media noche entre humo cannábico y ebrias madrugadas, que nos han llevado al día de hoy a ser grandes amigos.

Por entonces, nuestra relación aún estaba en ciernes, pero sí que estábamos lo suficientemente unidos como para vivir una aventura digna de relatar años después, ya fuera por nuestras conexiones intelectuales, por nuestro gusto por Harry Potter, o por ser (en aquel entonces) unos promiscuos de armas tomar y pudor inexistente. Sería bueno que no tomáramos siempre el término “promiscuo” como algo peyorativo. Hoy en día, tener más de una relación sexual con más de una persona diferente, es tan común y ocurre tan a diario como comer alimentos procesados o hacerse selfies. Ambas igual de pecaminosas según la biblia: una por resaltar la gula y la otra por promover la vanidad. Así que, menos aprensión al sexo y a cómo lo practicamos los demás que nos conocemos…

De un modo u otro aquella noche algo pasó que me hizo ver las cosas de otra manera.

Cierto es que yo ya había participado en orgías y tríos mucho antes de venir a Madrid y mucho antes, por supuesto, de encontrarme aquel sábado en Boyberry con mi amigo. Cierto es que yo ya manejaba ciertos conocimientos y que las tablas que yo poseía en la vida sexual eran más que suficientes para que no me sorprendiera nada de lo que aquella noche viví. Pues aún así, me sentía cohibido, raro. Supongo que el problema estaba en la obviedad del lugar, el prejuicio arraigado en mí y en lo público que me parecía que era todo.

Cuando Fénix me propuso asistir y tomarnos una copa en este local, mi primera reacción no fue de absoluta afirmación. Pero tampoco pude negarme, una vez más la curiosidad, dos años después, me decía que lo hiciera. Mi contradicción ahí bien a tope de power. Finalmente, fuimos.

Yo me tomé una cerveza y él… No me acuerdo sinceramente de esto hace ya unos tres años o así. Y mientras yo atendía los alrededores de la barra, escudriñando en la no tan oscura sala, los diferentes rostros que ahí estaban, prejuzgando como suelo hacer y extrayendo conclusiones a una velocidad prodigiosa, nos encontramos con el tercer miembro de la velada.

El Gallego al que muchos conocerán, seguro, puesto que se mueve por la noche madrileña como todos nosotros. Un muchacho que por entonces me pareció atractivo, aunque mis gustos en estos años han cambiado y menos mal gracias a los Dioses. Era un tío entendido que para no ser mucho más mayor que nosotros, su forma de ser, de hablarnos y de comportarse decía mucho de su experimentación en la vida. O al menos de su diestra habilidad para tratar a las otras personas. Era directo y conciso y conocía a Fénix precisamente de esto, de haber follado. La cosa ya se puso interesante cuando empezamos a hablar del tamaño de su miembro… ¡Qué momento más idóneo en aquel lugar que yo consideraba un lupanar del diablo, hablar del miembro de un desconocido del norte!

A nuestra lúdica e interesante conversación se unió uno de los camareros que casualmente acababa su turno. Un canario de lo más atrevido y transparente en sus intenciones. Casualmente también conocía al Gallego y a Fénix. Al final todo resultaba ser pañuelo y al final me vi envuelto en un círculo de personas sin ningún tapujo para hablar de temas en los que, pese a tener mucho que decir, no me atrevía a tratar. El camarero observó que mi actitud era bastante reticente, y creo que fue precisamente lo que le llamó la atención de mí.

Recuerdo que yo iba con una camisa abotonada hasta arriba de color rojo y por entonces aún me peinaba como si tuviera que demostrar a mi madre mi absoluta inocencia. Un tío clásico que pese a ser una animadora mala, debía proteger su halo y su laureola con el dorado brillo de la castidad y la corrección. Claro que la camisa era roja y yo, era yo. Respiraba lascivia por todos mis poros.

El Gallego y Fénix, decidieron desaparecer en una de las cabinas del piso superior, y yo me quedé a solas con el camarero, al que le cambié el nombre mil veces. Mi cerebro no estaba para retener nada. Los dos primeros nos invitaron a su juego: cuantos más mejor.

En mis hombros pude ver las dos voces personificadas de mi moral peleándose: Aceptar y firmar aquel contrato temporal y episódico de instinto y diversión; o declinar y mantenerme firme a mi imagen de niño bien. Pero claro, ¿por qué entrar en aquellas cabinas, liarme con un par de chicos y divertirme, con consentimiento y decente frivolidad, me convertía en un mal niño? Siempre que nadie saliera herido, ofendido o discriminado, ¿dónde estaba lo pérfido? El miedo al placer muchas veces es precisamente lo que lo pervierte y lo opaca.

“La mejor forma de evitar la tentación es caer en ella”.

Oscar Wilde

El camarero, arcángel intermediario entre la pareja anfitriona y yo, el invitado indeciso, me estiró su mano y pronunció con su sexy acento canario:

-Si quieres vamos, sino nadie te obliga.

La curiosidad y el rubor de la vergüenza subió por mis mejillas. Este tipo de emociones solo puede percibirse en mis orejas, ardientes entonces de una inexplicable calidez, que me empujaba a sonreír como una persona traviesa y tímida a la vez.

Finalmente, acepté y cogiendo su mano, nos adentramos tras las cortinas de flecos a aquellas estancias de luces turbias y voces sordas. Donde el idioma oficial son los gemidos y todos somos monumentos dignos de admiración por aquellas miradas anónimas. Hombres de todas las edades, de todos los colores y con brazos de todos los grosores, ocupaban cada esquina. Un pasillo de múltiples puertas que se me antojaron como interminables y múltiples, como un laberinto de Alicia en el País de las Maravillas. La palabra mágica con la que localizaríamos la puerta acertada, era nada más y nada menos que algo típico de Galicia, para darle gracia al asunto. Para que la gula tuviera también un espacio en aquel enjambre de pecados capitales.

Tras nosotros una puerta se abrió y sin darme cuenta estaba, iluminado por una mortecina luz roja y una música pop incognoscible en aquel momento de absoluta tensión masculina, en un silencio inquieto, sibilino y tentador. La situación invitó a que los cuatro, leyéndonos la mente en aquel momento, iniciásemos el intercambio salival competente y los tocamientos a continuación que empujaban nuestra inherente atracción física.

Mi cuerpo se vio sometido a un laberíntico palpamiento y mis sentidos se sometieron a un ensordecimiento a favor del tacto y el gusto.  Mi lengua y mi garganta encontraron asilo en los diferentes destinos genitales de mis acompañantes. Y viceversa.

Todos de pie, entre gemidos ajenos y sin rostro que se entremezclaban con la desconocida música y nuestras propias respiraciones de pasión y apetito. Los actos fueron por turnos y sin pausa y entre tanto ajetreo, fui el primero en eyacular. ¡Vaya por Dios!, la excitación fue demasiado para mí. El momento, los movimientos, las fuerzas magnéticas de nuestros torsos desnudos y el deseo recíproco, pudieron con mi delicado sentido del placer. Y mis temores por supuesto, ya destruidos.

Salí de la cabina y comuniqué que esperaría fuera. La puerta se cerró tras de mí y yo y mi pudor caminamos hasta el servicio más cercano. Todas las miradas puestas en mi pecho aún descubierto y sudoroso, con la camisa sin abotonar y el cinturón a medio poner. Me colocaba los puños de la misma y me encontré con un Camilo despeinado, con los labios rojos como una fresa por la acumulación sanguínea o por el uso, con los ojos brillantes aún de emoción y adrenalina, y una sensación de absoluta descarga. Como si algo se hubiera roto en mí, algo que me oprimía y me pesaba.

Los hombres de todas las edades, sin especificar y sin cumplir estereotipos absurdos, me observaban sin juicio y a veces hasta distraídos en una coincidencia del campo visual: a nadie le importaba lo que yo acababa de hacer. Estar descamisado y despeinado, no era algo de lo que sentirse avergonzado.

Mientras me terminaba de preparar y recuperar mi aspecto de niño recatado, me fui dando cuenta que el hacerlo público era precisamente lo que normalizaba algo que todos tendemos a esconder. No es que sea una meta en la vida ir follando en las esquinas, ni tampoco es obligatorio que por ir a divertirte, tengas que acabar en una de aquellas cabinas. Ya me lo había dicho el camarero:

-Nadie te obliga…

No es un lugar donde tengas que sumergirte en los complejos a los que estamos acostumbrados a encontrar, el sexo no se trata con esa importancia católica ni como una práctica que esté sometida exclusivamente a la intimidad de una pareja. El sexo, desde entonces, lo encontré como una vía más de entrar en contacto ya no solo con otros, puesto que muchos en un extremismo ciego e ignorante lo tratan como herramienta y no como un acto intrínseco en su humanidad, sino en contacto con uno mismo.

Comprendí que es un sitio orientado a una determinada actividad, en la que puedes divertirte de diferentes maneras y en la que tienes la libertad y la comodidad de decidir, además, si quieres o no tener sexo. No por eso es algo perverso o inclinado al mal, como yo me creía.

Aquella noche rompí muchas cosas en mi reflexión e introspección. Ya sabéis que cualquier cosa que experimento, supone para mí una construcción de mi propio argumentario, de mi propia personalidad y de mis apetencias.

Conocer para conocerse y así madurar.

Tras aquello, Fénix y yo tocamos el tema como una anécdota más. Al día de hoy somos como hermanos. Con el Gallego, ya no tenemos apenas relación aunque le saludamos de vez en cuando y el camarero canario, bueno, nos seguía sacando sonrisas cada vez que ahí nos encontrábamos. Mi últimas noticias es que ya no trabaja ahí.

¿Qué si he vuelto? Pues sí, es probable que cualquier martes de cualquier semana de cualquier mes me encontréis disfrutando del 2×1 al ser menor de treinta años, mientras les cuento los chismes nuevos a mis amigos y nos reímos, o lloramos, que somos nosotros muy entrañables, Es posible que nos encuentres ahí, chapurreando un inglés muy verde a un asiático que busca una discoteca que lo acoja; o simplemente estaremos ahí, sin juzgar ni ser juzgados, viviendo algún drama digno de escribir aquí más adelante. Al Boyberry vas a lo que quieras, pero sobre todo, a divertirte y a tratar tu cuerpo y vivir del sexo como más cómodo te resulte.

Esa noche, descubrí que muchas cosas consideradas maléficas o malvadas, son simplemente solitarias y carentes de exquisitez social.

Big Fish

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