VERANO 2 0 1 9 (I): Foster

Cuando estamos jodidos, hacemos tonterías. Es normal.

Orange Is The New Black

Estaba perdido. Me encontraba aquel 29 de agosto, agotado mental y físicamente. Sin dormir bien en semanas. Sin saber dormir. Llevaba semanas sin escribir nada bueno. Teniendo una cabeza llena de contenido y vacía de inspiración. Semanas.

El arte de la mediocridad. 

Solo pensaba en él. En la forma en la que nos re-conocimos ese 3 de julio en pleno orgullo 2019. El momento en el que volví a cambiar, como con cada tío que conocía. 

Todos tan distintos, tan perfectos para llevarse algo de mí con ellos.

La hermosa lista de nombres alineados al lado del féretro de mi corazón.

Aquella medianoche, en el crepuscular encuentro entre el día 29 y el 30, supe que no estaba bien, que algo se estaba incubando en mí cuando rechacé de todas a todas un polvo fácil y rápido en el Boyberry o activar el archiconocido Grindr, por una película triste de Netflix y comida en alto contenido en calorías y grasas.

Diréis : Cam te gustan muchos. Te obsesionas muy pronto con los tíos. Y un largo etcétera de comentarios que rehusaré a decir que son verdad. Pero son verdad. 

Soy un triste enamorado del amor que busca reemplazar, de algún modo, en algún momento, el pedazo de mí que se ha extraviado. Ese Cam ilusionado, inspirado en la idea de amar y ser correspondido para escribir todo cuanto tiene en el tintero de su alma. El mundo es una hoja en blanco que oculta y envuelve poesías, caminan vestidos de todos los colores, alturas, pesos y géneros. Ninguno de ellos conoce su potencial para hacer de mí mejor persona y tampoco quieren hacerlo. Porque al final todos se van, son equivocados, Imposibles, otros corazones rotos, otros enamorados del amor. Pero el amor correcto. No siempre. Y no soy yo.

Estaba siendo un verano en el que el vacío de Ícaro me estaba devorando las entrañas, sin saber por qué. Dos años acostubrándome a no ser parte de su costilla, y sin embargo a veces seguía sentiendo el frío de su vacío. Nuevas conclusiones venían a mi cabeza, nuevos precipicios a los que asomarme para encontrar, cruelmente, que la culpa de toda mi ruptura, era mía. Fue mi Gitana (una Inolvidable 💘), quien me hizo ver que quizá el que obligó a Ícaro a volar cerca del sol fui yo en un intento dañino y contraproducente de salvar una relación que claramente no funcionaba. Ni funcionó. Y tenía razón.

Estaba superando lo mío con Huracán. Esa eterna deuda pendiente del primero que me rompía el corazón sin quererlo pero sin tenerlo. Y aún sigue doliendo el pedazo arrancado de mí que aplastó en aquel banco de Delicias de la Línea 3 de Madrid. 

Estaba siendo un verano donde acordé conmigo mismo que olvidaría mis funestos meses con El Jilguero. Y así lo hice, hasta que vi que incluso él, con su altanería y su complicado carácter, podía ser feliz. Más de lo que hubiera sido conmigo nunca.

La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.

Francisco de Quevedo

Estaba asimilando que Bucólico, que el Chico Bobo al Otro Lado de la Pantalla, tampoco eran para mí. Con ambos tuve encontronazos, enfados inmerecidos. Todos por mi culpa, claro.

Cancelados.

Las inseguridades duelen y hacen daño no sólo al poseedor sino también a los alrededores de este.

Estaba dándome por vencido, asumiendo que quizá, a mis 24 años, ya no tenía sentido buscar algo que había agotado. Defendía que una persona tiene dos o tres oportunidades de enamorarse y que yo las había malgastado. Que ya no me quedaban hilos invisibles unidos a otros. Que me había enredado y había rotos los frágiles filamentos que me acercaban a quienes formaban parte de mi destino. Asumía que ya todo moriría en la orilla de un párrafo precioso de enaltecimiento al amor, como una musa ciega y equivocada que caía olvidada en el borde último del Parnaso. El entierro final de toda una juventud mal entregada y sin embargo, jodidamente hermosa.

Así fue como caí en el consumo accidental de ciertas sustancias, el exceso de alcohol y el sexo desenfrenado. De algún modo la ausencia de Cupido debía llenarla con algo, con alguienes, con alguienes convertidos en algo. Con polvos blancos, algún puñado de purpurina y camas ajenas. 

En otras palabras: traicionando mis principios y fomentando mi conocida mala fama.

¿Eran tales frivolidades dignas de un escritor no publicado como quería creerme yo? ¿Merecía acabar así alguien como yo, firme defensor del amor propio y la soltería sin prestaciones ni intereses? ¿Yo, que me había acostado con un modelo literalmente de folletos y carteles, con aspirantes a pintores, fotógrafos mediocres, políticos honrados, gente de mi gremio, abogados sumisos, camareros con hijos, violinistas anónimos, tiernos frikis de Pokemon, pasajeras celebridades de Twitter y lectores voraces de esta mierda de blog? ¿Yo, que había conocido el amor y lo había maltratado y olvidado como una hoja de papel mal escrita en cuanto tuve el primer impulso de eterno adolescente? ¿Yo, que reescribía el significado de las relaciones y permanecía adicto a sus amistades y a sus historias? ¿Yo que buscaba lo mejor de cada persona y lo potenciaba con hábiles comentarios y estrategias para causarles una mejor impresión de sí mismos y así paliar mi propia culpa?

Pues sí.

Alguien que promovía el estereotipo de gay promiscuo, que publicaba su vida sexual como un chiste malo, que no respetaba normas ni límites, que destrozaba hogares. Alguien que se insinuaba descaradamente a chicos con pareja porque a su juicio no eran adecuados el uno para el otro. Alguien que actuaba sin consecuencias, tan frívolo y tan desconsiderado: Un egocéntrico con ínfulas de capo y constantes ataques de tiranía… (Cam lo estás haciendo otra vez, te estás maltratando más de la cuenta. Nunca has sido tan malo)… Alguien con un historial tan abrupto, en espiral, tan enrevesado y concupiscente como el mío, merecía seguir con el camino de tantos rebeldes sin causa: Drogas, alcohol, sexo sin complicaciones; o con todas ellas…(la gente que toma Prep cree que todo está solucionado…. Camilo, ¡por Dios!) Merecía desposeerse de símismo y deambular noche sí y noche también, mes tras mes entre callejones buscando que le ocurriera algo. No era la primera vez que recibiría una paliza por ser quién era y por ser como era; no era la primera vez que la injusticia del mundo lo castigaba con desmesurada maldad; ¿por qué ahora que no era nadie y que no se merecía cada bocanada de aire que exhalaba, no le pasaba nada? ¿Ya no había ladrones decentes dispuestos a dar una paliza por un iPhone?

El errante aventurero no siempre encuentra otros obstáculos en su viaje más que los que él mismo se imagina.

Mi cinismo no entendía de límites. Mi culpa se ahogaba en ginebra. Y mi hipocresía se limpiaba la nariz. Estaba a punto de quedarme en paro, sin dinero… Vagaba por el mundo sin un propósito, porque así soy yo: necesito estar ocupado o morir de hastío. Mi cuerpo era una cárcel de tristeza y sueños rotos. Palpitar dolía. Respirar ahogaba. Vivir me mataba. 

Otra vez, no. 

Las emociones que todo aquello me producía eran auténticas. Eran tan reales y pesadas como si cargara yunques de tristeza que no podía expulsar. Era un afán constante de cansancio y de pereza. Una pereza contra la que no quería lidiar. Estaba siempre deseando llegar a casa solo para tirarme en el sofá.

La Sombra de El Dorado

Esa sensación malsana de mirarte en el espejo y fantasear con no existir. ¿Qué pasaría? ¿Qué dirían de ti y qué más daba? Nadie te había dado ninguna ventaja… Te habías vuelto malo, tóxico y peligroso. Habías tratado a tus allegados con desagradecimiento, siempre salpicándoles con tus mierdas. Todo cuanto te rodeaba y que olía a podrido había muerto por tu culpa.

Así me sentía: que mataba todas mis relaciones con mis envidias y mis inseguridades. Porque así funcionaba mi organismo: todo lo que me hacía sentir mal rebotaba en mi frágil alma y se expandía hasta atacar todo lo que me rodeaba. Como el aleteo de una mariposa al otro lado del mundo que provocaba un huracán emocional en este extremo del mío.

Mal, Camilo, mal.

Decidí que esa semana donde debías sentirte orgulloso de quien eras, haría todo lo que me hacía sentir bien: las burlas ajenas de mis amigos, bailar hasta caer extenuado, desafinar hasta quedarme sin voz, buscar inspiración en los rostros ajenos, en cualquier desconocido dispuesto a bajarme los pantalones, en cualquier boca que deseara besarme… Aceptar la no tan descabelleada posibilidad de que fuera bisexual y experimentar a mis veinticuatro años, con mi sexualidad. Otra vez.

Causa y efecto de sentirme tan perdido. No puedes revindicar y luchar tan acaloradamente por sentirte de una determinada manera y de repente descubrir que eres de otra. Y quizá no me lo esté tomando tan bien cómo debería… ¿Qué hacía yo con mi forma tan determinada de ser, mirando a una mujer con unos ojos distintos a los que estaba acostumbrado? ¿Qué era, otra oportunidad de la vida para duplicar las posibilidades de que me rompieran el corazón?

Pesimismo.

Pero aún así, con mi tardía confusión adolescente y mis innumerables problemas ya expuestos formando una orgía en mi cabeza, decidí que el Pride 2019 se presentaría como lo mejor de todo porque de algún modo sabía que los meses siguientes, tras los tríos y las innumerables bocas que besé los primero días, serían nefastos.

Y fue en mitad de este falso optimismo, observando a El Jilguero ser feliz, tras dejar de hablarme con Bucólico y El Chico Bobo Al Otro Lado de la Pantalla, ignorar a Huracán todo el tiempo que me lo encontraba; cuando admitía que me estaba destruyendo por dentro con los evidentes fracasos de mi vida tanto laborales como sentimentales y la nefasta y obvia frustración nunca superada con Ícaro; cuando esperaba que de tanto beber y mezclar, mi cuerpo se resquebrajara al fin; cuando gritaba entre sonrisas y golpes de cadera que alguien acabara con tanto sufrir, en mitad de las luces azules y rojas de DLRO que formaban un ambiente purpúreo, envolvente, intimo, confundido en el humo y el gentío, apareció él: Foster.

Pero como mi suerte es tan efímera como un suspiro, aquel 3 de julio de 2019 Foster se convirtió, a escasos minutos de mirarnos, en la piedra angular del resto de mis inseguridades veraniegas.

El que pasa tiempo arrepintiéndose del pasado pierde el presente y arriesga el futuro.

Francisco de Quevedo

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