Mi Novia Secreta

Mi Novia Secreta cumple veinticuatro años, y con ello se hacen diez años de amistad. Una amistad con una increíble historia que no puede contarse en una sola entrada.

Podría pasarme horas y días hablando de ella y de todo cuanto hemos vivido, que no es poco. Podría pasarme la vida, literalmente contando cada una de las anécdotas, vivencias y experiencias que trajo todo el proceso de nuestra amistad. No obstante, he decidido contar, dejar constancia por escrito, en este mi blog, cómo surgió el pseudónimo de Novia Secreta. Cómo se convirtió nuestra amistad en una relación prohibida con idas y venidas y viajes en autobús completamente clandestinos.

Al principio, cuando yo aún era un chico marginado al que aún la vida maltrataba por pertenecer a dos minorías importantes, mi amistad con ella era un acontecimiento completamente insólito. Pero como Dios aprieta pero no ahoga, una serie de coordenadas y enredos del destino, llevó a que en el primer año de instituto ella y yo coincidiéramos en clase. Me dio alegría comprobar que en la lista nuestros nombres salían compartiendo espacio y tiempo a pesar de nuestra brusca experiencia en el colegio, porque sí, amigos, mi Novia y yo ya nos conocíamos del colegio. Pero por aquel entonces la crueldad infantil era parte de ella y mi principal verdugo… En otro orden de cosas, con el paso de los años, nos encontramos ella y yo en las puertas de nuestro instituto público perteneciendo a la misma clase. Optimista y entusiasta como era yo, creyendo que iba tener una respuesta igual de agradable, me acerqué a ella y con esta sonrisa de Cheshire, le dije:

-Nos ha tocado en la misma clase.

Pero, repito, la crueldad infantil formaba parte de ella y su respuesta fue un gesto de completa indiferencia y casi, podría decirse que de absoluta pereza. El primer año de instituto fue duro para mí. Describiría los distintos acosos que sufrí pero no es una entrada en contra del bullying sino más bien un momento para mencionar como un grupo de guerreras me salvaron de la exclusión social. Un grupo de guerreras que al día de hoy me siguen cuidando y entre las que se encuentra obviamente, mi Novia Secreta, conocida también como Dolores y que claramente trato como mi Hermana. Nuestra amistad supongo que nació el día en el que ella y mi otra hermana, Ardilla, bailaban, cantaban y se exponían a un posible catarro bajo la lluvia, un gris día de septiembre. Trece años tenía yo, cuando en mi absoluta soledad y marginalidad, sumido en mis primeras novelas de superhéroes, las escuché desde mi ventana. Bajé al portal para saludarlas y antes de que ninguna pudiese oponerse me encontraba con ellas saltando charcos y sintiéndome atraído por esa forma suya de vivir la vida cuando las hormonas comenzaban a aflorar en nosotros. Recuerdo ese día con especial cariño porque fue como una pieza de dominó: fue el primer día de cientos y cientos que vinieron después. La cosa se reforzó cuando poco a poco fui asistiendo a sus casas, ganándome a sus padres, entablando relaciones con sus otros amigos, quedando cada mañana para ir a clase, comiendo tortitas, filósofa do, trasnochando sin razón, madruga do también sin razón… Y sin darnos cuenta se fue formando un trío de adolescentes propio de cualquier serie de Disney Channel.

Ardilla era de los tres la que siempre estaba castigada, agobiada con los exámenes y en gran parte fue nuestra voz de la conciencia. Lo que no la excluía de ser una rebelde sin causa sometida a un enamoramiento que duraría hasta el día de hoy, de lo que hablaremos en otro momento. Ardilla se convirtió en mi Esposa un 3 de diciembre, y nos volvimos Vagabundos Sucios una tarde aburrida de verano que no teníamos ningun oficio mejor que hacernos fotos en un colchón en el suelo de su jardín.

Mi Novia Secreta, al principio siempre fue más reacia conmigo. Seguía guardando ciertas distancias y no es que tuviera pelos en la lengua para decirme lo que pensaba de mí. Era sin duda, una chica espontánea, sin miedo a ser ella misma y con preocupaciones mínimas con respecto a sus actos.

Yo me dedicaba a admirarlas, a escribir sobre ellas. A quererlas incluso antes de que ellas pudieran sentir lo mismo por mí. Con ellas supe que quizá no estaba todo tan perdido y que quizá saltar charcos bajo la lluvia no era tan peligroso. Quizá ya no tenía que tener tanto miedo a salir a la calle. Quizá con trece años acababa de encontrar a los amores de mi vida: Mis hermanas.

Cumplí catorce estando con ellas y fue el primer cumpleaños que puedo recordar con melosa ternura.

Como Dolores y yo íbamos a clase juntos, yo pasé de las primeras filas a sentarme cada vez más atrás. Empecé a reírme cada día, a convivir en los recreos con personas y no a comerme el sándwich yo solo. El instituto se convirtió en un lugar al que asistía con ganas. Tenía por primera vez amigos que no solo me aceptaban sino que me protegían. Y sin darnos cuenta, se formó un vínculo que solo ella y yo entendíamos. A veces las relaciones con cada una de las personas que pasan por tu vida, evolucionan de distintas maneras, unas se vuelven más intensas y dependientes y otras, en un alimento enriquecedor y necesario para tu desarrollo como persona. Y con ella fue así.

Teníamos la necesidad de contarnos todo. De pasar las veinticuatro horas del día pendientes el uno del otro. Nunca nos quedábamos en silencio. Nunca nos permitimos la posibilidad de herirnos y nuestras discusiones pasaban de la molestia a las risas. El uno guardaba los secretos del otro y cuando quise darme cuenta, me permití el lujo de mostrarle mis lágrimas con el primer desamor, mis primeras ideas de futuro, de explicarle y enseñarle el ruinoso e intrincado mundo interior que poseía. Me permitía equivocarme, aceptar mis errores y reconocer mis virtudes. Nos volvimos confidentes, cómplices, familia.

Hace diez años yo era tan intenso y dramático como ahora. Pero por entonces eso era lo de menos, porque te ponías a bailar en el salón con tus mejores amigas y todo lo de fuera eran absurdeces. Otras veces, comíamos patatas Ruffles Yorkeso mientras cantábamos en el balcón a la gente que pasaba por la calle.

Al día de hoy seguimos bailando, pero son otras las preocupaciones las que nos eclipsan los conflictos emocionales. El trabajo, la familia o los estudios no nos dejan espacio para las tormentas del corazón. Y yo lo agradezco la verdad.

Hace diez años un bol de palomitas y una horrible película de miedo de los años ochenta era todo lo que necesitaba para ser feliz. Hoy me preocupo de que esas palomitas no me engorden o que la película tenga un guión trabajado con un buen reparto, ya que si invierto mi tiempo en verla, que no sea en vano… ¡Cómo somos los adultos!

Los meses de los catorce a los quince años fueron dignos de recordar: Me di mi primer beso en primavera con una chica (mi Gitana), la cual había sido mi “primer amor” de colegio hacía muchísimos años y casi, la primera chica con la que me hubiera acostado de no ser por nuestros sentimientos de fraternidad y mi clara y evidente tendencia homosexual; con Arenita, la princesa choni, la mala influencia y la relaciones públicas avanzada en edad y profeta de los botellones, repetidora en mi clase y contestona por bandera, me ofreció el primer cigarrillo; mi primer colocón con hachís en un submarino accidental en compañía de ella y Dolores; las mismas que esperaron en el rellano mientras perdía mi virginidad con el que dos horas más tarde fue mi ex; fue aquel verano en el que me “enamoré” por primera vez de un tío al que conocí en Tuenti. Fueron los meses en los que empecé a mentir a mis padres, conocí las discotecas, comencé a obsesionarme con la importancia de los outfits y a apreciar la vida social. Los botellones unen amigos para toda la vida que duran unas horas, y poca gente valora eso. El alcohol, aunque no os lo creáis, no era algo que a mí me gustase por aquellos años. Sin embargo, fue crucial para ese verano. Mi madre estaba bastante mosqueada porque dejé de ser su Norman Bates y ahora mi tiempo lo compartía con otra mujer que no era ella. El comportamiento libre, sin tapujos y la adolescencia sin complejos que tanto caracterizaban a Dolores la ponían en alerta. Siempre supuse que era porque le recordaba a los líos en los que ella misma se metía antes de tenerme con diecinueve años, y supongo que temía que yo pudiera meterme en algún problema irreversible. Por suerte, siempre fui bastante precavido y cuidadoso con lo que hacía, incluso creo que más de lo que lo soy ahora… Pero con catoce años, no siempre tienes el control absoluto de tus actos y la fatídica noche llegó.

En casa teníamos a mi primo recién llegado de Colombia. Un hombre adulto de casi treinta años que huía del país por temas que ni yo sé. Mis padres tenían una despedida de soltero conjunta y decidieron dejarnos a mis hermanos de entonces dos y siete años, a mí y a Dolores con él. Con nosotros también se encontraba la que podría llamarse prima por ser la hijastra de mi tío. Una adolescente mucho más mayor que nosotros, con bastante experiencia en meterse en líos. La noche era tranquila, había niños de por medio y un adulto que cuidaba de nosotros… Cuidaba de nosotros hasta que se durmieron los más pequeños. Fue entonces cuando comenzó el libre acceso de ron con Coca Cola por nuestros jóvenes cuerpos de efebos inocentes. Dolores apenas bebió, sus problemas con los hombres de aquella época la mantuvieron ocupada mientras que yo, alcohólico empedernido sin ser nada de eso yo, bebía y bebía como agua los cubatas que mi primo me facilitaba sin control. Claro, si bebes deprisa y no notas los efectos, sigues bebiendo sin mesura. Porque con catorce años, no sabes realmente cómo funciona el alcohol… bueno, pues aquí el amigo convirtió lo que era una simple noche de verano en una fiesta donde: hubo sexo consentido entre una menor y un adulto, dos niños presenciaron una borrachera descomunal de su hermano mayor, el cual sangró ríos de sangre por la nariz y un vecino llamó la atención porque un portátil tenía el sonido de la música muy alto. Todo esto, trajo consencuencias terribles para todos los implicados de aquella noche: a mi primo lo echaron de casa para evitar una denuncia por mantener relaciones con una menor, a pesar de que ella con casi dieciocho años argumentara que fue con consentimiento. Que lo fue. Pero ella, con tendencia a fumar porros y a meterse en líos fue castigada duramente por mi tío y su madre. Mi primo acabó en Valencia sin que mi madre y mi padre le dirigieran la palabra en años. En cuanto a mí, me castigaron durante casi tres meses, sin salir, sin teléfono, sin televisión, sin ordenador y sin ir al instituto. Sí, sin ir al instituto. Me cortaron toda la relación con el mundo exterior y todo para evitar, que (la que peor parada salió sin duda) me viera con la única culpable de mi comportamiento delictivo: Dolores. Me prohibieron en mayúsculas volver a hablarla, a verla o acercarme a ella. Y cuando ya había empezado el curso y yo seguía sin asistir a clase, comenzaron los trámites para cambiarme de instituto. Mi madre siempre ha sido una mujer de armas tomar pero a veces, provoca guerras y holocaustos sin razón. Lo peor de todo es que aquella terrible noche, mi Novia Secreta, fue la única que no se emborrachó, la que cuidó de mis hermanos mientras los demás hacíamos el tonto y se aseguró de que mi borrachera no fuera a más. Pero, ¿quién le iba a creer a una adolescente que apareció en la vida del repelente de Camilo, vestida con ropa de hombre y que se movía bajo la lluvia con un patinete?

Fueron meses duros. Volví a clase porque era ilógico mantenerme en casa. El proceso para el cambio de instituto era lento y yo ya no tenía más libros que leer. Además, en aquellos meses descubrí mi gusto y afición por tenerlo todo limpio. Total, no tenía nada más qué hacer con mi vida. Aprendí la lección y encima llegué en diciembre con notazas, a pesar de haber perdido medio trimestre. Y aunque intenté obedecer la prohibición de mi madre, no podía separarme de Dolores. Fue duro esforzarme por no abrazarla o no saludarla. La tontería me duró dos días. Al tercero ya tenía ganas de hablar con ella y de cogerla de la mano en los recreos. Sí, aun estando su novio de entonces con nosotros, a veces íbamos cogidos de la mano. Lo compartíamos todo. Éramos dos mitades que se habían encontrado y separarnos iba a ser tarea difícil. Poco a poco mi madre volvió a dejarme salir y tenía que barajar muy bien mis cartas para poder irme a casa de Dolores sin que nadie se diera cuenta. En el instituto los profesores tenían la petición de avisarles a mis padres con quién estaba, pero evidentemente ellos pasaban de tal exageración. Aunque sí recibí algunas charlas con el nefasto orientador acerca de mi elección de amistades. Tened en cuenta que me había juntado con Gitana y Arenita. Una se pegaba cada dos por tres con la gente y la otra fumaba en las instalaciones del centro, ambas habían repetido varias veces; luego estaba Dolores, que avisados por mis padres la mantenían vigilada y luego estaba yo, que tenía una obsesión con dar buena imagen y sacar buenas notas. Nada cuadraba y parecía que el mundo no paraba de hacerme ver que quizá debería elegir mejor mis relaciones.

Yo, que siempre fui muy reflexivo, comprendí que no todo podía ser blanco o negro. Sí, había fumado, me había colocado, había mentido, había llegado tarde, me había emborrachado y la había liado en mi casa. Pero todo habían sido decisiones mías, no de los demás. Ninguna de las personas que en aquel entonces estaban conmigo me habían obligado a nada. Yo estaba con ellas por decisión propia, porque equilibraban mis prejuicios y me hacían sentir cómodo con mis decisiones, con mi vida. Yo no era un mal chico, pero tenía una cascarón enorme que romper. Dolores fue mi guía espiritual en esto. Su visión del mundo invadía cada espacio de los a únicos argumentos que yo conocía. Me ayudó a comprender que a veces ser feliz implicaba enfrentarse al mundo conocido. Con ella equivocarse estaba bien con catorce años. No tenía que seguir mortificándome por el qué dirían si salía del armario, o si a veces seseaba. No tenía que tener miedo si se metían conmigo. No tenía que volver a sentirme solo…

No estaba bien que me prohibieran estar con la única persona que me había enseñado todo esto. No estaba bien que pusieran límites a una relación que me hacía tan feliz y especialmente libre. No estaba bien que mi Dolores, sufriera por mis actos o que nos arrebatasen la posibilidad de estar juntos. Yo no había nacido para tener limitaciones en cuanto a querer a alguien.

Dolores se convirtió en mi Novia Secreta porque nos veíamos a escondidas, compartíamos tiempo ajenos al mundo. Nos llamábamos y pasábamos horas pegados al teléfono cuando en mi casa nadie nos escuchaba. Íbamos en autobús al centro comercial, los dos solos, a comprarle el regalo de cumpleaños a mi madre. Fueron unos meses hasta que volví de mis vacaciones de navidad con mi padre biológico. Me senté frente a mis padres, especialmente frente a mi madre y con toda franqueza dije algo similar a esto:

-No pienso seguir mintiéndoos. Voy a seguir viendo a Dolores y no podéis hacer nada para evitarlo. La quiero. Es una de mis mejores amigas y aunque ella no pueda venir a casa yo iré a la suya y la veré en el instituto. Pase lo que pase, seguiré con ella.

El miedo se encendió una vez acabé mi discurso. Mis padres se miraron y yo sentía que el mundo se me caía encima. Era la primera vez que luchaba por una causa noble, la primera vez que me enfrentaba a la adversidad por amor, y en este caso, por amistad. No sabía qué iba a pasar entonces, pero ya estaba dicho. Lo había hecho por mi amiga y valía la pena lo que pudiese perder.

-Está bien. Pero no queremos más malos comportamientos ni tonterías de ese tipo, Juan Camilo.

Esas fueron las palabras de mi madre. Semanas más tarde hizo que Dolores subiera a casa y mantuvo otra charla con ella. Y con el tiempo su hijo y su amiga tenían libre acceso para casa. Incluso mintió por ella la primera vez que durmió con el novio. Si luego mi madre es una blanda…

Hoy la anécdota la contamos con gracia y algarabía. Fue algo que marcó nuestra relación posiblemente para siempre porque ¿quién arriesgaría todo por una amistad? La gente solo se entrega por un tipo determinado de amor y obvia estas cosas. Dolores es hoy miembro insustituible de mi familia. Es la hermana de mis hermanos, la mía. Es la persona con la que más hablo en el mundo, más que con mi madre o incluso más que con mi pareja cuando la tuve. Es un todo y ni el tiempo ni la distancia que nos separa ha agrietado en absoluto lo que tenemos. Es un tipo de relación de la que podría escribir y no agotarme nunca. Es una Inolvidable oficial.

Dolores, mi Novia Secreta, es la relación estable más larga que posiblemente tenga en la vida. Es de las personas que mas adoro y quiero en esta existencia. Y diez años después lo sigo comprobando y podría demostrarlo otros diez más.

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