Mi escalofriante sueño con El Jilguero

[…] Como ave de otra edad;

sin mayor ceremonia entró en mis salas

con gesto señorial y negras alas

y sobre un busto, en el dintel, de Palas

posóse y nada más.

Miro al pájaro negro, sonriente

ante su grave y serio continente

y le comienzo a hablar,

no sin un dejo de intención irónica:

«[…] Oh venerable ave anacrónica,

¿cuál es tu nombre en la región plutónica? »

Dijo […]: «Jamás ».

El Cuervo, Edgar Allan Poe

Con esta breve introducción del oscuro poema de Poe, procedo a reconstruir como mi memoria mejor me permite, el intrincado, oscuro y sádico sueño que tuve con El Jilguero.

Todos conocemos esta interminable historia en la que ninguno es capaz de enfrentar sus sentimientos, y ninguno es capaz de entender los sentimientos del otro. Todo explicado en las diferentes entradas de este blog que hablan de él (Ocho Letras, La Dura Vida de un Sex-Symbol, El Karma De Cam, etc) Hablo mucho de él, sí, (qué pesado soy) porque tanto 2018 como 2019 parecen llevar su nombre por bandera, con deciros que Nicole Kidman participa en una película con este título. O sea, no hay putos pájaros en el universo, para que haya una película, basada en un libro con un Pulitzer, llamada: El Jilguero. ¡No hay pájaros!

Del mismo modo, no hay sueños en el mundo para que justamente haya tenido este. Al cual le he encontrado tantos siginificados como mi retorcida cabeza ha podido encontrar, tantos que da para otra entrada…

…Sin más preámbulos, cuento de la manera más detallada posible mi escalofriante sueño con El Jilguero.


Como en cualquier sueño, podía verme con los ojos de otro, en una perspectiva en tercera persona. En los sueños tienes una visión clara de como eres o al menos una versión de ti de como te ves o como te sientes. Y lograba verme a mí. Al menos el que era antes. El que vestía como camisas y creía en la inocencia del mundo. Quizá sea el que intento dejar atrás pero que por alguna razón siempre será parte de mí, por ser, obviamente, una versión buena (buena de bondad) de mí mismo. Ahí estaba yo, vestido con una camisa rosa (yo nunca uso rosa) y llevaba una mochila que en el sueño nunca usé. Estaba en una discoteca, entre una multitud de personas buscando a alguien. Alguien en concreto. Por alguna razón no reconocía el sitio, era una discoteca en la que nunca había estado, escuchando música que soy incapaz de reconocer. Solo sé que podía ver en mi cara los resquicios de la diversión trasnochada y restos de mi propio cansancio. Caminaba con inquietud, las luces comenzaban a encenderse y yo quería encontrar a ese alguien. Y lo vi: Estaba bailando con esa sonrisa suya tan encantadora con otro muchacho de edad indescifrable y pelo largo. Le buscaba simplemente para despedirme de él. Algo que en efecto es muy propio de mí. Le aparté del chico con el que bailaba y le abracé. Le dí un abrazo infinito como si supiera que iba a ser el último, como temiendo soltarme y soltarle. Y él, con la mirada encendida me decía:

-Nos vamos de after. Vente.

Por alguna razón no me lo pensé. En el sueño, acepté a la primera. No tenía responsabilidades, no tenía nada mejor que hacer que decirle que sí. El Jilguero me cogió de la mano y me sacó de la discoteca apartando a la gente a su paso como si salir de ahí fuera más importante que pedir permiso. Ni siquiera yo me disculpaba por armar tanto alboroto. Nos encontramos en mitad de un poderoso y acalorado amanecer. El brillaba empapado en su propio sudor y yo no sabía qué mas decir ni hacer, así que le seguí. Atravesamos Plaza de España a la vez que el sol ascendía por el inmaculado cielo, hasta una casa escondida tras el Senado. Subimos las escaleras en susurros mientras él se deshacía de su ropa. Yo no entendía nada, solo observaba. Me observaba a mí y le observaba a él, tan ajenos y tan unidos en el misterio de la oscuridad vespertina de aquel portal sin número ni edad. Por alguna razón se me antojó un olor a humedad y antigüedad, quizá el subconsciente recurriera a lugares anteriores, aunque nunca hubiese estado ahí, en el lugar del sueño. Un hombre calvo, ya jubilado, y con movimientos reumáticos nos abrió la puerta del piso sin número al que llegamos inesperadamente y nos dio la bienvenida. Estaba en calzoncillos. En esos típicos calzoncillos blancos de slip que dejaba ver lo que la edad no perdonaba. Llevaba chanclas con calcetines, muchas heridas en las piernas y muchas venas en la espalda. Le faltaban dientes: pude notarlo cuando nos sonrió. Sin embargo, El Jilguero le abrazó y entró en aquella casa desordenada y atestada de lo que claramente eran pertenencias de Diógenes, como si fuera suya. Las bolsas de basura se acumulaban en el rellano y los gusanos se paseaban libremente por el suelo junto a alguna rata gigante. Yo caminé tras El Jilguero, que también se había quedado en calzoncillos, hasta una habitación. Seguramente la habitación más limpia de toda la casa. Una habitación que podría ser la mía por su distribución y el exceso de cojines de la cama, salvo por el hecho de las múltiples fotografías que había de El Jilguero y de sus amigos, a los cuales también reconocí. Ahí, abrió el armario, sacó una mochila de cuerdas y se vistió con un bañador negro y una camiseta de tirantes morada. Se puso unas gafas de un naranja fosforito, me dio otras a mí y nuevamente corrimos para irnos. A medida que nos dirigíamos a la puerta por el pasillo, yo esquivaba las cucarachas que bailaban bajo mis pies. Tuve que frenar en seco cuando dos perros desnutridos con las costillas marcadas por el hambre y los dientes partidos, salivaban frente a mí. Aparecieron de la nada y me miraron amenazantes. El pánico podía notarlo incluso como espectador de mi propio sueño. Nada me da más pavor que los animales grandes y puedo asegurar que aquellos dos cánidos eran colosales. Una espuma amarillenta salía de sus fauces mientras me ladraban, pero estuve a salvo cuando El Jilguero me cogió de nuevo de la mano y me sacó corriendo de aquel sitio. El desdentado octogenario se despidió de nosotros con una amable sonrisa que a mí me heló la sangre, repito, incluso como espectador.

Corrimos por Gran Vía como eufóricos, como comidos por la felicidad o la emoción de lo desconocido. Corrimos por tantas calles que nunca sabría decir si realmente ese sitio existe, solo sé que un portero con cara de pocos amigos nos cobró diez euros por entrar y que una vez dentro, el mundo exterior desaparecía. Era un sitio rodeado de espejos y luces de neón. Apenas podía discernirse una persona de una columna. Pero podía verme a mí, a mí con El Jilguero desde diferentes puntos de vista al mismo tiempo. Nos cogíamos de la manos y seguíamos sudando. Nuestras gafas brillaban y su sonrisa, brillaba más aún en mitad de toda aquella bruma. El olor a popper y a humedad se me vino a la cabeza. La realidad del sueño y la realidad de mi cama, donde yo dormía, se veía muchas veces trastocada y a veces podía notar lo del sueño como real. Me noté sudoroso y agitado a pesar de no haber corrido en la realidad, pero podía notarlo, no solo verlo. Del mismo modo que podía sentir como espectador y como protagonista del sueño, la sensación de curiosidad, de miedo y fascinación por todo cuanto ocurría. El sentimiento de incredulidad al estar viviendo aquella aventura con El Jilguero y lo que me removía (y remueve) cuando lo tenía delante.

Me arrastró de nuevo hasta unos vestuarios similares a los de mi gimnasio, con taquillas abiertas y lavabos; y se desnudó. Conozco el cuerpo desnudo de El Jilguero y en el sueño pude recrearlo de nuevo. Aquella piel suave que brillaba a causa del incesante sudor, sin tapujos y sin miedos, tan perfecta y joven como la deseo. Se acercó a mí con su miembro completamente erecto y me quitó la mochila y la camisa. Me pidió con esa voz insolente, que me quitara los pantalones y de un momento a otro, en mitad de un montón de hombres que aparecieron de repente, me vi desnudo frente a él. Temblaba. Había vapor y sonido de duchas que se encendían y se apagaban. Murmullos y gemidos clandestinos. Nos rodeada una atmósfera de lujuria y misterio mientras los dos permanecíamos ahí, disfrutando de nuestra desnudez y nuestros falos duros como el hierro apuntándonos mutuamente. Fue la primera vez que me besó en todo el sueño. Lo hizo entre risas y apretándome contra sí. Su boca sabía a sudor y a restos de alcohol como los besos que nos hemos dado en la realidad. Pero entonces se apartó, de la mochila que había dejado en una taquilla, sacó un bolsa llena de pastillas rosadas, un botecito con un cuentagotas y otro de popper. La mitad de una de las pastillas se la colocó en la lengua que posteriormente metió en mi boca. Sin avisar, la movió entre mis dientes y la tropezó con las paredes interiores de mis mejillas. Noté en la realidad como mi paladar y mi lengua recordaban el sabor de su saliva. Aquella mitad se deshizo en nuestras bocas como la aspirina en el agua. Hubo una ligera efervescencia dulzona y luego un sabor amargo y encebollado. Yo quería limpiarme la boca pero antes de poder hacer nada, él me estaba echando gotas del primer botecito en los ojos. Lo sentí como la primera vez que me eché colirio: un ligero escozor al que rápidamente te adaptas. Un ligero lagrimeo y una sensación inexacta en la nariz. Todos los olores del mundo y de toda la humanidad penetraron y quemaron mis fosas nasales en ese momento. Sentí que las pestañas me pesaban. El Jilguero cogió mi mano de nuevo y esta vez caminamos. Atravesamos aquellos vestuarios donde las personas comenzaron a deformarse. Era como si se arrancaran los rostros y mostraran partes de su cuerpo que no les correspondía como seres humanos. Entra sombras y pieles, observé sus paulatinas transformaciones. Uno de ellos, tenía dos bocas, una sobre la otra; dientes puntiagudos y pequeños como los de un gato. Captó en que yo le miraba y me dedicó dos sonrisas que intuí como horripilantes por venir de una misma cara con dos bocas. Se acercó a mí relamiéndose mientras caminaba sobre sus cuatros extremidades. Eran brazos largos y escuálidos que soportaban ágilmente el peso del resto del cuerpo hasta que sus largos pies con uñas negras y duras se ponían de nuevo en el suelo. Tenía heridas en las rodillas, supuse que de tanto apoyarse sobre ellas cuando felaba al resto de extraños seres que ahí estaban y que no quise mirar mientras se masturbaban con la mirada ansiosa puesta sobre nosotros. Su lengua áspera me lamió la mejilla y con los dedos de sus manos con las uñas mordisqueadas me acarició los testículos con delicado morbo. Le aparté educadamente y antes de poder terminar con mi rechazo, de un salto estaba en el techo. Su cabeza que giraba sobre su cuello me observó por el pasillo donde otras criaturas se me acercaban. Otro hombre con vello únicamente al rededor de sus tres pezones, amamantaba a un segundo más joven que yo incluso. Era desproporcionalmente más delgado que cualquier persona que haya conocido, sus orejas eran puntiagudas como las de un duende y sus gigantescos ojos verdes se ponían en blanco con cada gota de leche que salía de aquellos pezones peludos de los que El Jilguero, en un momento dado bebió. Una mano que salió de la nada, me obligó a beber. No recuerdo el sabor de la leche pero si el tacto de aquel pezón peludo tan cercano al ombligo y de la risa desgastada de su dueño que fumaba puros. El Jilguero se encendió uno y me pasó el humo con la boca. Me limpió los restos de leche de las comisuras y salimos de ahí. Un hombre tuerto, que unía los lóbulos de sus orejas entre sí con una trenza de látex y se pellizacaba los pezones mientras nos miraba sin pestañear, nos saludó desde una esquina. Pronto llegamos a un laberinto lleno de paredes donde había agujeros en mitad de las mismas y los gemidos eran cada vez más sonoros y fuertes. El Jilguero introducía su pene duro en cada agujero hasta que en uno de ellos emitió un chillido agudo y lleno de dolor. Al observar su miembro lo habían mordido y sangraba. Yo me preocupé, pero él se tomó la otro mitad de la pastilla y volvió a besarme. De nuevo esa explosión espumosa en las bocas.

-Todo está bien. Estamos juntos. No importa nada más.-Me decía mientas dejaba un rastro de sangre en el suelo, mientras yo lo permitía.

Nos metimos en una de aquellas cabinas de gloryhole. Los agujeros nos rodeaban y por ellos un sinfín de genitales de todos los tamaños que solicitaban nuestras bocas aparecían y desaparecían. Pero no todos eran penes, en uno de ellos había una extraña mano reptiliana con las uñas pintadas de rojo y pulseras de oro. Me alejé cuanto pude de aquella garra y tropecé con un pene de dos cabezas. No le vi la cara a su dueño, pero estaba claro que la difalia era real y se había presentado sin permiso ante mí. Eran dos glandes unidos a un mismo tronco, supurantes ambas con el líquido preseminal que anuncia la máxima excitación del individuo previa al fenesí. La lengua de El Jilguero lamió aquella extraña anomalía con máximo interés hasta que todo el semen goteó en el interior de su boca. Volvió a besarme y yo pude notar lo asqueado que me sentía con toda aquella sensación. Quería salir, incluso despertarme. Pero no podía. Deambulé por ese mundo de fieras que buscaban mi piel hasta que regresé a la sala de espejos del principio. Me vi desnudo, manchado, sudoroso, ojeroso y despeinado. No podía reconocerme con los ojos desorbitados y los labios hinchados. El Jilguero que había venido detrás de mí me cogió de nuevo de la mano y en los espejos nos vi a los dos: Él estaba hermoso. Brillaba y se mostraba lozano. Su cuerpo estaba intacto y aunque no dejaba de sudar su pelo se mantenía en un estado perfecto. Su sonrisa era más amplia y su mirada, traviesa y desenfadada, estaba fija en mí.

-¿Te has cansado ya?

No podía hablar. No pude responderle, porque no sabía hablar. De repente una música que nunca recordaré comenzó a sonar por toda la habitación y comenzamos a bailar. Las tinieblas nos arropaban en cada paso y a medida que giraba con él cogiéndome la cintura, pude ver que no estábamos solos. El hombre de dos bocas caminaba por el techo con la mirada fija en mí. En el suelo, la extraña figura reptiliana se acercaba a mis pies hasta lamerlos con su lengua bífida. Sus manos y sus pies eran como de cocodrilo pero el resto de su cuerpo era como el de un ser humano normal. A mi izquierda el hombre de tres pezones expulsaba el humo de su puro mientras dejaba un rastro de leche blanca que brillaba con la ultravioleta de la habitación. Era como si se deshiciera en aquel extraño flujo blanquecino. El hombre tuerto apareció con el duende colgando de sus hombros en un extraño e indescriptible saco de látex. Como una madre que lleva a su cría con ella. Me separé de los brazos de El Jilguero al observar en los espejos que algo le estaba pasando. De los poros de su piel comenzaron a brotar diminutas plumas y sus ojos se cubrían por completo de negro, ¿se estaba pareciendo a un pájaro? Cuando volví mi vista a los espejos, yo ya no me reconocía. En mi lugar había un ser completamente peludo, con dientes afilados y dos colmillos sobresalientes que me cortaban el labio inferior. Toda la habitación comenzó a darme vueltas y notaba el rompimiento de mi espalda que me obligaba a apoyarme sobre las manos ¿me estaba transnformando en una especie de cuadrúpedo? Las manos de todos aquellos seres comenzaron a tocarme en todas las zonas que podían. Todos querían una parte de mí. Estaban ansiosos y se pisaban los unos a los otros dispuestos a devorarme como caníbales. Noté lenguas en mi cuello, dedos en mi boca, saliva en sitios de mi intimidad que me icomodaban. De nuevo la realidad de mis recuerdos y la realidad de aquella pesadilla se estaban confundiendo. Notaba mi corazón a mil, así como un involuntaria erección que me estaba causando dolor. Mientras todo esto ocurría, El Jilguero cubierto del doloroso nacimiento de plumas en su piel, el crecimiento amarillento de sus uñas y el escalofriante pestañeo vertical de sus ojos observaba aquella jauría de hibridación e intercambios de fluidos entres seres desconocidos y voraces, con completa tranquilidad. Sin dejar de sonreír, sin dejar de convertirse en aquello en lo que yo le había bautizado.

En mitad de aquella caleidoscópica y grotesca orgía, donde me mordían, me lamían y me insertaban sus dedos, sus lenguas y sus erecciones por turnos en todos los agujeros disponibles de mi cuerpo, eché una mirada en el espejo. Ya no era yo, ni ellos eran personas. Todos nos habíamos convertido en bestias irreconocibles que nada tenían que ver con el mundo animal. Nos fundíamos en una especie de quimera con múltiples cabezas y brazos que practicaban la masturbación mutua. El Jilguero al que ahora le sangraba la espalda, pues unas deformes alas se abrían paso por su piel, volvió a echarme esas raras gotas grises, similares al mercurio, en ambos ojos…

…Salí corriendo con la mirada llorosa hacia los vestuarios y notando mis sudores fríos y los colmillos hiriéndome el labio inferior, corría raro porque no podía enderezar mi espalda, cogí mi ropa y sin vestirme salí a la calle. El sol brillaba y me cegaba. Era medio día en el centro de Madrid de un día muy caluroso. Segundos más tarde, El Jilguero perfectamente vestido, se acercó a mí con aspecto de haber dormido y descansado como un auténtico bebé. Me dio un golpecito en la espalda y se alejaba calle abajo sin mirarme tan siquiera para despedirse.

Yo me vestí ahí en mitad de la calle. Me puse la camisa atándome los botones hasta arriba y colgué mi mochila a mi espalda. Me apretaba el cinturón y caminaba en dirección contraria a la de mi acompañante. Ya no era un monstruo transformado, tampoco sabía dónde estaba ni me importaba. Todo parecía volver a la normalidad. A una extraña normalidad. Tampoco me importaba que El Jilguero al que llevaba toda la noche siguiendo a ciegas y sin cuestionarlo, hiciera como si nada, después de la inenarrable odisea que acabábamos de vivir. Yo también hice como si nada y antes de poder seguir con esta avetura, me desperté…

…Ya en mi cama pude entender que los rostros de todos aquellos monstruos eran los rostros deformados y maltratados de varios de mis amigos: Black Winter era la extraña figura de cocodrillo con uñas largas y pulseras de oro; Entrenador era el que poseía los tres pezones y amamantaba al duende, que no era otro que mi ex, Ícaro. El hombre tuerto a veces era Manhattan y a veces era Huracán. Sí, una mezcla extraña. En cuanto al ser de dos bocas pude identificar que era uno de los amigos del propio Jilguero. Todos estaban ahí de alguna manera mezclados en esta extraña pesadilla de la que quise escapar una y otra vez y no podía. Aún así, me había despertado con una erección malsana, sin resaca, a pesar de haber bebido la noche anterior, y con ganas de dormirme de nuevo. Pero no pude, todas esas imágenes tan reales, todas estas sensaciones, el intenso olor a popper y el sabor encebollado de las pastillas; la verosímil textura de la piel de El Jilguero y la representación de tantos de mis miedos permanecían en mi retina. Como si todo aquello hubiese pasado de verdad. Me daba miedo moverme de la cama por si tenía al hombre de dos bocas observándome desde el techo, y tapé mis piernas por si las manos resptilianas las tocaban. Durante varios minutos todo el sueño se cosió a mi memoria hasta que pude recuperar de nuevo las ganas de dormir. Con el siguiente sueño, pude recobrar el sentido de lo que era verdad y lo que no.


«Sea tal palabra la postrera
retorna a la plutónica rivera,»
grité: «¡No vuelvas más,
no dejes ni una huella, ni una pluma
y mi espíritu envuelto en densa bruma
libra por fin el peso que le abruma! »
dijo […]: «¡Jamás! »

[…] Inmóvil, fúnebre y adusto
sigue siempre de Palas sobre el busto
y bajo mi fanal,
proyecta mancha lúgubre en la alfombra
y su mirada de demonio asombra…
¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra
se librará?
¡Jamás!

El Cuervo, Edgar Allan Poe

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