Todas las canciones que no puedo dedicar

Resulta curioso que hable de todas aquellas canciones que ya no puedo dedicar. De todos los ritmos que bailo cuando nadie me mira o en los que me enredo cuando soy el centro del escándalo. Llamo la atención cuando me divierto y me sumerjo entre las notas de una música que no me pertenece y que tampoco me corresponde. Del mismo modo en que no me corresponden a quienes podría dedicarles todas las canciones que entran en mí para quedarse y que revolucionan mi mundo interior como lo hace un devastador huracán o el frágil vuelo de una mariposa que ha renacido hermosa tras arrastrarse por la inmundicia del suelo siendo oruga.

Las grandes canciones son eternas.

Coyote Ugly

Todas la canciones que no puedo dedicar van siempre cargadas de letras que nadie entiende y que solo yo encuentro su significado. Los besos robados en los versos de una ruptura que se escucha a media madrugada. El alma rota por todos los amores volcados entre las cuerdas de un violín o la pasión desenfrenada que se pliega en un acordeón. Las voces con personalidad y los coros de una familia de artistas que compone y que convive en armonía. Todo eso veo yo y todo eso me lo guardo.

Dedicar canciones es de los actos más íntimos que puedo llegar a encontrar en las interacciones más cotidianas, en las relaciones diarias; de los acontecimientos más únicos y devastadores que se esconden en el misterio de quienes aman y no entienden que una vez ocurrido, acabas maldito. Todas las emociones que transmite una sola canción, una determinada letra o una estrofa a simple vista bien estructurada, pueden perturbar la mente del más cuerdo o incluso enamorar a quienes reniegan de haber nacido para amar. Dedicar canciones ocurre en determinados momentos de la vida y siempre recuerdas el día, el momento o incluso la hora en la que has recibido, de esa voz familiar e idealizada, la confirmación de que esa canción es para ti. Y duele cuando descubres que eres tú el que ya no pertenece a la persona que te la dedicó. Quizá sea porque el amor no nos pertenece y como tal, las personas tampoco.

Todas las canciones que no puedo dedicar ocultan mensajes, galimatías que solo mi alma puede descifrar y desposeerme de sus misterios no es algo que se haga a la ligera. No puedo enamorarme de nuevo, sentir que no soy correspondido y una vez roto, darme cuenta de que no puedo escuchar aquello que me había acompañado hasta ese momento. Las canciones que no puedo dedicar, tampoco me pertenecen. De esas canciones lo único que puedo obtener son los miedos, las tiritas que se adhieren a mi corazón hecho trizas por quienes decidieron marcharse incapaces de asumir que yo soy una bestia mucho más salvaje y errático que un ser humano común y corriente. No sirvo para el amor como lo entendemos… al menos no para entregarme a él en carnes.

De las canciones que no puedo dedicar, extraigo la aclaración más fehaciente de que el mundo de los humanos no es para mí. El amor que se vive en cada verso repetido, que llena las gargantas más hundidas en la humanidad, que se expande y penetra cada tímpano, habla de un tipo de vida en el que no me encuentro, al que ya no pertenezco y al que solo puedo vivir desde el arte o la literatura. Estas canciones hablan del amor eterno, de las rupturas pasajeras, de las culpas trascendentales, de corazones marchitos que se arreglan con las gotas de una boca predispuesta. Llenan un minutaje comprendido entre dos y cinco minutos o incluso más, con una construcción de emociones en las que ya no hallo mi nombre, con las que ya no convivo, pero que entiendo y advierto como ilusiones o esperanzas de quien espera volver algún día a sentirse identificado. En las canciones que no puedo dedicar encuentro una parte de mí olvidada. Una criatura contrahecha y pequeña que huyó de la luz de lo establecido y del épico romance, cuando entendió que los seres humanos hieren; cuando advirtió que los hombres apuñalamos con palabras de desprecio y que envenenamos con miradas afiladas bajo las lluvias; cuando entendió que algunas personas son felices en la mediocridad. En las canciones que no puedo dedicar, vislumbro la mirada de una personita que un día quiso ser y que se perdió amando a otros. Que escucha su voz ya rota en el eco de las mismas y que olvidó pedir ayuda. En las canciones que no puedo dedicar, se encuentra este ser, columpiándose entre acorde y acorde recordándome que sigue con vida; que quizá no son canciones que no pueda dedicar, sino canciones de las que no quiero despegarme por regalarla a la persona equivocada, porque hay obsequios que son para uno, como los baños en la tina o el dormir a solas con tus pensamientos e inquietudes. Las canciones que no puedo dedicar quizá son solo mías: de mí para mí y para mi pequeño yo al que le niego libertad.

Dedicar una canción es de los actos más personales que una persona de magnitudes enclenques puede realizar a otra. Es gratuito. Tan valioso como decir te quiero por primera vez, porque a veces una única canción conlleva más que amar y ser correspondido. Dedicar una canción es algo que no puedo hacer. Es algo que no me apetece hacer. Cada fragmento construido en tiempo y espacio y puesto entre los dientes de quien lo canta; cada nota colocada delicadamente en cada instrumento, conlleva un esfuerzo y una atención y cada una de estas partes corresponden en gran medida con mi tímido, avergonzado, reducido, maltratado y desfigurado corazón, a pesar de estar compuestos por elementos tan distintos. A pesar de evolucionar en polos tan opuestos.

Todas las canciones que no puedo dedicar, son poemas de otros encontrados por mi alma para curarme el pecho donde habita todo lo que no confieso y todo lo que he decidido enterrar. Sus significados ocultos son míos y compartirlos ya no va en mi naturaleza, que se encuentra en discordia con la naturaleza que conocen los humanos.

Las bestias no dedicamos canciones, las bestias nos subimos a la montaña rusa de una y nos mareamos hasta vomitar aquello que no decimos mientras cantamos.


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