¿Vas a querer que nos veamos más?

Recuerdo como hace unas noches iba en el autobús contándole a mi compañero del trabajo con una silly love sonrisa en la cara, que al fin iba a ver en persona a un chico con el que llevaba hablando mucho tiempo, pero al que solo había visto en fotos y vídeos de Instagram y WhatsApp. Una historia de lo más graciosa, de la que no me apetece dar detalles. Simplemente ocurrió y cuando quise darme cuenta estábamos charlando todos los días. Nos habíamos comenzado a picar y a mandar notas de audio. Y a acompañarnos por las noches hasta que uno de los dos se dormía. Se convirtió en la primera persona a la que saludaba al despertar y quizá la última en decirle adiós cuando me iba dormir. De alguna manera me vi comprometido a una dinámica divertida y amena que duró más de unas semanas.

Hace unas noches después de darle vueltas y superar un terrible catarro, acepté embarcarme y aceptar su invitación de acercarme a Delirio para verle. Ponerle piel y textura a la imagen con la que llevaba hablando casi dos meses (sino más). Le encontré vestido de blanco entre la multitud de juerguistas, iluminado por esas confusas luces de discoteca, al sonido de esa música que tantas veces me había acompañado en mis dramas nocturnos. Encontré sus redondos y brillantes ojos que se me antojaron color miel, y un moreno de playa con el que no contaba. Aún tenía en mi cabeza los consejos grabados de mi compañero de trabajo:

-Ve sin expectativas. Si te sientes incómodo, vete. Pero no esperes nada, ¿quién sabe?

Pero soy yo.

Pensé que nos pasaríamos la noche hablando, riéndonos por mis tonterías o por las suyas. Teniendo una conversación o viviendo alguna anécdota que marcara el resto de nuestro camino. No es que búscase enamorarme de él nada más verle, o que tuviéramos una apasionada comedia romántica. Buscaba una simple interacción adulta, original y auténtica. Como mínimo, que me dejara buen sabor de boca aunque entre ambos no pasase nada… quizá me hubiera encontrado con un nuevo gran amigo o quizá, en efecto, un chico decente y digno de conocer con el que compartir algo más que un helado en El Retiro o paseando por la Gran Vía. Tampoco es que yo pida demasiado…

Lo único que recuerdo de él ahora es su tono de voz y su acento andaluz. Su ausencia y sus conversaciones con otro tío con el que acabó liándose frente a mí. Contándolo así, parece una situación simple y que no tendría que haberme afectado en lo más mínimo. Pero no es así. Una vez más, me decepcioné. Me gusta. Todo cuanto hemos hablado y la incertidumbre de esperar mensajes suyos atento a la pantalla. Mis prisas por ver el teléfono y descubrir una absurda foto suya. Mis deseos por querer saber de él y comerme ese estúpido helado, desaparecieron en un abrir y cerrar de ojo mientras La Pegatina convertía aquella clausura de discoteca en una verbena de pueblo. Todo tan cutre como yo en ese momento.

Todas las inseguridades que había tapado antes de salir de casa, todos mis nervios por causarle una buena impresión, mi esfuerzo por asistir al lugar lo antes posible y mis ganas de hacer del jueves una noche interesante, me devastaron ante el gesto insignificante pero hiriente de descubrir que era igual a los demás. ¿Fue culpa mía por una vez más idealizar a alguien que no conocía? ¿Acaso soy yo sometido al efecto Pigmalión el que se toma las cosas con demasiada dureza y las vive con demasiada intensidad?

Esta vez, actué con una elegante actitud pasivo-agresiva. Me despedí de él y de su amigo que había intentado ser amable conmigo, con un saludo que demostraba de todas a todas lo molesto que estaba.

Pero no estaba molesto con él, sino con la situación, conmigo mismo. Una vez más Camilo se había lanzado a una desconocida y trepidante aventura sentimental de la que no saldría bien parado.

Deambulé por la Calle Hortaleza, encontrándome amantes de prepago y a una pareja que cortaba, ahogada en llantos. Me vi iluminado por  el cartel de Schweppes, bajando Gran Vía, azotado por un inesperado frío de marzo en una madrugada que me había parecido muy larga. Una vez más que creo equivocarme, un tío más que me hace sentir tonto…

Los tíos que me gustan me lo ponen difícil o no me corresponden. Los tíos a los que les gusto por alguna jodida extraña razón no son correspondidos al mismo nivel por mí. Las relaciones de pareja de mi entorno no son precisamente un ejemplo sano a seguir, ni la de mis padres, ni la de mis amigos, ni ninguna de las mías anteriores. Siento con estas pequeñas cosas, que quizá es culpa mía. ¿En eso me estoy convirtiendo? ¿En un Grinch del amor? No acepto mi soltería como algo duradero, porque somos seres sociales y está en nuestra genética dar y recibir amor; además escribo sobre él. No sé escribir sobre otra cosa que no sea sobre grandes amores, sobre relaciones turbulentas que encuentran la forma de ser felices contra la adversidad, no soy capaz de concebir un mundo donde haya ausencia de amor, tenga la forma que tenga. Y aunque considero que primero debemos amarnos a nosotros mismos para saber amar a otros, cuesta asumir la posibilidad de que no haya un “a otros”.

A veces me pregunto si una persona está destinada a vivir el amor una limitada cantidad de veces y que si una vez las vives, se te acaba y si es así ¿ A dónde va el resto del tiempo?
Se supone que la juventud está para vivir estas cosas, para poder darlo todo en un te quiero y morir en vida al suspirar en la oreja del otro u otros.

Hace unos días me desperté dándome cuenta de lo afortunado que soy. Tengo un amplio círculo de amigos que no cambiaría, una estabilidad laboral con la que muchos sueñan, unas metas por cumplir pero que en camino van. Unos privilegios intelectuales que la mitad del mundo no se llega a imaginar. Una familia que me espera siempre con el plato en la mesa. Un piso en un buen barrio en lo que es para mí la mejor ciudad de mi mundo. Un desarrollo personal en ciernes que cada día va a mejor. Una novela terminada y todo un año para intentar publicarla. Una cultura casi privilegiada metida en esta cabecita. Y, ¿por qué no decirlo?, un físico con el que no estoy a disgusto. No soy un irresistible imán para los hombres, pero mirarte al espejo y que te guste lo que ves, no lo tiene tampoco todo el mundo. Tengo todo cuanto soñaba el Camilo de 11 años que una vez se sentó a escribir imitando a J.K. Rowling… ¿Por qué no es suficiente? ¿Sigo acaso con la pesada sombra de mi ex a la espalda? ¿Por qué sigo echando de menos lo que sentía por todos los chicos de los que mi corazón se ha encaprichado? ¿Tan maravilloso es ilusionarse por alguien y vivir con la incertidumbre de saber cómo acabará todo? ¿Tan adicto soy a las historias románticas? ¿Me ha trastornado tanto leer a Zafón y a Béquer?

Todo esto metido a presión en mi cabeza, extrayendo reflexiones mientras cogía el metro en Callao con dirección a Argüelles, mi actual casa. Mientras le explicaba al chico de esa noche que no era culpa suya, sino mía. Que me había sentido vulnerable y ridículo al exponerme con un desconocido y todos sus amigos en una situación completamente impredecible. Soy un controlador con tendencia a equivocarse. Por supuesto me ha pedido perdón y he sentido que no se merecía sentirse así. No era culpa suya que yo me hubiera decepcionado… No era culpa suya que yo traiga esta mochila* de un sinfín de relaciones fallidas y situaciones ridículas, en las que yo mismo me meto. Me considero una persona prudente y consecuente con lo que hago, y sin embargo, de todos mis amigos soy el que siempre está metido en líos, al que le pasa todo y el único supongo que lo expone de manera pública. La conversación ha finalizado con una pregunta:

¿Vas a querer que nos veamos más?

¿Sinceramente? No lo sé. Me da miedo. Me da miedo volver a verle, comprobar que en efecto me gusta y que sea de nuevo una patada en el estómago. Yo estaba muy bien sin darle vueltas a nada, sin volver a la pubertad, sin sentir toda esa presión en mi pecho de no saber qué se le pasa por la cabeza. De no saber a dónde van las cosas, de no saber si actúo bien o mal. De si voy a sufrir o no. Me da miedo ilusionarme, aunque me apetezca, porque no sé hasta qué punto puedo soportar más emociones, más nombres cosidos a los parches de mi corazón o a los resquicios entreabiertos de un cerebro como el mío.

Sin embargo, apetecer, me apetece.

¿Soy un cínico con buena cara y tendencia al alcoholismo que en el fondo espera que se lo pongan en bandeja?

Aún sigo esperando que alguien en quien estoy interesado me busque, me hable en la madrugada para decirme cualquier mierda; alguien que sea capaz de demostrar realmente su interés en mí no solo a ratos, no solo cuando estamos en la cama. No solo cuando le recuerdo que existo.

¿Es acaso un problema social que seamos incapaces de apostar por nadie aunque sea un poquito? ¿Tan egoístas somos de rendirnos al primer no? ¿Tanto miedo nos produce la pequeña posibilidad de sentir algo, por complicado que sea, por alguien? A esto último ya he contestado y sí, da pánico. Porque de todas las cosas buenas que vivimos, o que nos ocurren, se nos construye un mundo de expectativas y posibilidades y de no alcanzar unos mínimos, nos decepcionamos a la primera de cambio. Se nos forma una oquedad cercana a a ilusión y esta comienza a verterse ahí formando una sopa fría de soledad y miedo… Y nos encontramos un viernes a las 8:00 de la mañana sin pegar ojo, reflexionando sobre un chico con el que no ha pasado nada y con el que no sabes qué va a pasar.

¿Voy a querer que nos veamos más, chico bobo al otro lado de la pantalla? Quizá no tengo que responder yo a esa pregunta. Quizá deba reformulártela yo a ti, ¿Quieres tú realmente volver a verme?


I need you to believe in my word
I feel like a broken record

Shakira

*(traer mochila es una expresión acuñada por gran amigo mío cuya visión cínica del mundo me hace relfexionar más de lo que él cree).

2 comentarios sobre “¿Vas a querer que nos veamos más?

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