Vivo enamorado

Sí. Así es: vivo enamorado.

No en el sentido bonito y edulcorado que muchos conocemos, por el que otros tantos se mueren por conocer y uno pocos intentan mantener.

Vivo enamorado porque constantemente, en algún punto entre mi cuello y mi ombligo, me topo con el nombre de alguien de quien estoy perdidamente enamorado.

Así funciona mi organismo: se engancha a todo ser viviente con nombre y apellido que me demuestra, a través de un delicado gesto, una armónica mirada, cortando el viento entre sus dedos o congelando el tiempo en una acertada palabra, que merece la pena conocerle.

Albergo entre lo tráquea y mis costillas, los nombres de hombres y mujeres que han sido capaces de volverme sensible, de hacerme y verme llorar, de hacerme ver mi humanidad desde prismas inusitados. Hacerme caleidoscopio de un solo otear y transformarme en una orgiástica masa de sentimientos inauditos y sin nombre.

Por supuesto, no hablo de estar enamorado en el sentido sexo-afectivo que todos nos acostumbramos a tratar. No hablo del amor verdadero, del final de cuento, ni de amor en la acepción limitada de la palabra.

Hablo de que cada persona que aparece de nuevo en mi vida, es susceptible de despertar en mí, sentimientos que acaban por atraparme, poseerme del mismo modo en que un pulmón se llena de oxígeno o un corazón de sangre.

He vuelto a mi antiguo trabajo, del que me despedí en noviembre, cuando creía que la vida no podía darme más lecciones. Y he descubierto que lo que me gustaba no era mi trabajo en sí, sino las personas con las que lo compartía. Entre las mesas que forman pasillos por los que la clientela pasa y se sienta, el suelo y el techo que se alumbraba de luces donde más tarde todo el mundo bailaba, se ocultan los recuerdos, las risas y las lágrimas de cuantos ahí estuvimos. Bueno… estuvieron, que yo sigo.

Y a medida que estas primeras semanas han ido pasando en las que me voy acostumbrando poco a poco al nuevo sistema de trabajo, puedo sentir aún la presencia de quienes no están.

Que sí, que comparto mi rutina con ellos; que me esfuerzo por verlos una vez por semana, que son mis amigos y que van a mi casa cada vez que la oportunidad aparece… pero no son todos, no son los de siempre, no es como siempre.

Este es un solo ejemplo de mi reflexión.

Vivo enamorado, porque en efecto creo que me apego en demasía a las personas. Ya sea mi encargada del trabajo, la cual ya no quiere saber de mí por lo turbio de los acontecimientos en este; o seas mi compañera de piso, la cual es un pilar fundamental en mi vida y mi superación personal; estoy enamorado de lo que siento por todas las personas que hay entre ambas y las separa diametralmente.

El problema no es la plenitud que siento al sentirme fervientemente atraído por las personalidades de cuantos me rodean, ni por la admiración que siento hacia sus decisiones valientes; ni el aprendizaje que extraigo de sus errores y confusiones. El problema no está en lo inspirador que me resultan sus anécdotas o en lo bonito o extraño de sus cabellos y sus miradas… El problema está cuando se van. Cuando, irremediablemente, muchos acaban por abandonar mis círculos cotidianos y me dejan con la sencillez de un recuerdo que muy a pesar, revivo con intensidad.

A mis mejores amigos, los de la infancia, los que me hicieron tal y como soy desde el instituto, los abandoné yo debido a la fuerza de las circunstancias. Y es inevitable no sentirme mínimamente triste cada vez que les digo adiós en el autobús de regreso a Madrid o cuando los veo marcharse. Y mi último pensamiento, fugaz y a la vez perpetuo, es el de: ojalá volver a verlos. Así siempre.

El instituto, esa amplia y memorable etapa de mi vida, terminaba. Y yo, ávido de aventuras, cogí mi maleta y marché a nuevos horizontes, sin saber lo que me esperaba: nuevos aprendizajes… Nuevas personas a las que introducir en el dédalo de mi corazón. Nuevas personas a la que echar de menos.

Así conocí a Satélite, a El Dorado y bueno… a todo ese sin fin de personas que poco a poco he ido dejando atrás (o no) y de las que tanto he aprendido.

De las que tanto me enamoré.

El problema está en los huecos que se quedan entre los detalles, los vértices, las palabras compartidas y los sonidos de las sílabas que hemos pronunciado dirigiéndonos a sus orejas y por ende, a sus raciocinios. ¿A dónde van a parar? ¿De qué nos sirve saber que alguien que ya no está, que detesta el olor de los caramelos de plátano o usa la colonia de Nenuco para fregar el suelo? Con lo diferentes que somos todos, conocer tan a fondo como conocemos a alguien que acaba por marcharse, ¿nos alimenta realmente? Claro, si es tu pareja, acabas por actuar en muchas ocasiones como él. Los dos os imitáis por ósmosis y acabáis por volveros uno (en muchos contextos). Se convierte en un proceso natural, invisible y apenas perceptible, pero de una fuerza absoluta. Tanto que cuando esta te abandona o tú la abandonas, te desconoces. Te vacías. Te sientes insistentemente solo.

Pues este sentimiento de absoluta soledad, de absoluto vacío de dolor entre pecho y espalda, y de falta de aire, lo tengo yo constantemente. Aunque diga que no. Y no solo por mis traumáticos romances fallidos, ni las amistades rotas, sino porque una vez te extraen todo el relleno sentimental que con tanto cuidado tu has colocado en tu interior como si de un toc se tratase, no hay nada el mundo con la forma ni el tamaño exacto que quepa ahí. No hay forma de rellenarlo, ni de cerrarlo. Una vez se van de tu lado, se llevan la llave de esa cerradura con ellos y tienes un cofre dentro de ti, sin tesoro que proteger.

En la actualidad, soy feliz. No me puedo quejar de mi estresante día a día, porque en el fondo es lo que me gusta: permanecer ocupado tanto como para que mi cabeza no eche en falta a nadie y solo aprecie el tiempo que comparto con los que sí están.

Pero asusta cada vez que llega alguien. Te levantas un lunes, y recibes una multitud incansable de saludos de personas que te alegran la mañana. Y esa noche, en mitad de la gente, descubres una mirada que creías olvidada y se vierten en ti todos los recuerdos, como una lluvia torrencial de empapa molestamente lo que llevas puesto. Descubres que es otra persona, parecida, viste de otro color y su pelo no es liso, es rizado, pero camina, sonríe y tiene hasta el mismo tono de voz de aquel o aquella al que un día metiste en tu cofre. Le reconoces por encima de quien es, sin ser él o ella… y el vacío es un hachazo frío que te dice: vete de esta persona desconocida.

Y así estoy, siendo un tanto cínico con las relaciones que no me aportan nada. Examinando las que si me aportan poniéndolas en constante prueba. Renegando de las que quieren entrar. Siendo fuerte ante las que no pueden ser. Tragándome emociones que se secan como las migas de pan en la garganta, para no malgastar mi tiempo regurgitándolas, etc.

Superando la soledad que solo viene cuando dejamos a nuestra mente pensar.

Dicen que a veces el corazón no entiende de razón en cuestiones del amor. Pero, en cuestiones de olvido ¿entiende la razón que es importante trabajar con el corazón?

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