Todo aquello que destruye siempre de manera natural

He dormido en más bocas de las que puedo recordar. He recorrido las sendas fantásticas que produce un sueño lúcido y he tragado los afilados trozos de un corazón que se quiebra. He sentido como la unión de todo lo que soy pedalea los engranajes de mi ser y patalea contra corriente buscando un equilibrio entre estar y apostar. He movido mares de lágrimas en pos del amor verdadero y lo he encontrado en quienes no me corresponden; o en quienes no son correspondidos. La reciprocidad es un juego de azar tan nefasto que se han escrito tragedias y se han grabado genocidios en su nombre; en su consecuencia. El amor se cobra más muertes que vidas produce y todo porque el que muere en vida, muere más que un cadáver comido por las moscas del tiempo. El estado romántico de un mismo hombre palidece según avanza el tiempo y solo se ruboriza, se sonroja, se emociona cuando cree encontrar el sol alrededor del que girar. ¡Cómo engañan los crepúsculos! Ese anhelo efímero de dos entes que nunca se encuentran pero que siempre están ahí, buscándose en una ilusión horizontal a la vista de todos. Y qué hermoso resulta a los ojos de un enamorado compartir esta aleación de colores, esta paleta de cálidos y fríos por los que transita el cielo, vistiéndose por minuto de un tono distinto para darle a nuestra cabeza un memorándum de la cromática de unos ojos que nunca nos miraron igual. Que pestañearon en el momento inoportuno.Que no llegaron a brillar como esperábamos. En los que nos ahogamos tantas veces nos permitió la distancia hacerlo. Porque cuanto más cerca están las personas de las que decidimos ser presos, más posibilidades hay de devastar nuestro organismo.

He agarrado, mordido, arañado, apretado contra mí más cinturas que ojos he mirado y que bocas he deseado. He besado con la fuerza que mis dientes y lengua me permiten para no quedarme con las ganas de sentir la carne y la dureza del hueso de la persona a la que componen. Y aquellas a las que nunca llegué a morder, a agarrar y a arañar lo suficiente son las únicas con las sueño cada noche. Bueno, con las que pesadillo cada noche. Son aquellas, curvas de un cuerpo humano, instrumento de composiciones oníricas y sonidos de intimidad ocasional e inseguridades hogareñas, ante las que muchas veces aún me sigo arrodillando en el silencio de una cama trasnochada y de una noche que se enfurece. Mis pulmones ya no son los mismos desde que mi olfato diferencia sus olores entre la peste de los desconocidos. Mi saliva posee mezclas inverosímiles de quienes la han probado, pero cuando muerdo mis labios poseído por los recuerdos atroces de nuestros finales felices, encuentro sus sabores: besos de día, de te quiero, de deseo, de noche…. Sobre todo el beso con sabor a noche. A madrugada robada, cuando nadie estaba atento a lo que hacíamos frente a los espejos o sobre el sofá; o sencillamente a las risas ocultas que mordían nuestras orejas…

He convivido con tormentas interiores que aún no han cesado. El sol no calienta mis órganos y mi sangre son ríos de palabras muertas que pudren mi corazón, que lo cortan, lo devoran y lo regurgitan. Lo acribillan a preguntas y a soluciones irresolubles. Mi cuerpo se sostiene por inercia. Se mueve hacia delante porque al pasado es imposible regresar, al menos de cuerpo presente. Los recuerdos son como revólveres jugando a la ruleta rusa, pero en el tambor siempre hay balas. He tenido auténticos tornados golpeando mis sienes y he manifestado lágrimas ácidas que morían en mi mentón como un suicida que se lanza al precipicio. En mi rostro han muerto sentimientos. Sentimientos que se quedaron huérfanos y anónimos cuando dejaron de luchar por mí. Cuando dejé de luchar por ellos. Cuando dejamos de luchar…

En definitiva, nos dejamos arrastrar por las tormentas, los huracanes, los terremotos, los precipicios y tornados… todo aquello que destruye siempre de manera natural.

He estado tantas veces solo con mi soledad que olvido que me tengo a mí. Olvido que llegastéis y el cómo y me olvido de mí con vosotros del mismo modo que ya vosotros no me recordáis. Al menos no de un modo bueno. He sido tantas veces el antagonista de nuestras relaciones que acabé siendo víctima de todo cuanto por vosotros sentí. Comprendí que algunos deseos son como vuestros perfumes: pasajeros, volátiles, vacíos… memorables. Comprendí que la generosidad de mi corazón es una fábrica de emociones anónimas que se dilatan ante una ínfima reciprocidad y que del mismo modo me sentencio a rasgarme y a romperme por dentro, permitiendo que todo el polvo de mis poemas fallecidos se desvanezca en el aire. Permitiendo que entréis, desordenéis el complejo dédalo que tengo por morada en mi pecho, y me despojéis del poco mobiliario que se mantiene en pie frente a la chimenea. Una chimenea donde el fuego azul, distinto al de los otros seres humanos, tenga frío. Sienta el invierno. Padezca de soledad. He estado tantas veces enfermo de amor que se me olvida que al otro lado del espejo estoy yo. Se me olvida, en el olvido de mi soledad, que tengo las flaquezas propias de un imperfecto que merecen ser amadas por quien las posee y no por quien decide que un día ya no te quiere o que quizá nunca te quiso. Se me olvida en el olvido de mi soledad, que no todo ha de ser de fuera hacia entro, sino de ti hacia fuera. Se me olvida en el olvido de mi soledad que no debo olvidarme, aunque me despiste en el pronunciar de vuestros nombres que se encajaron en mis costillas como incómodos cartílagos, que primero estuve yo en mi vida. Una vida quemada por una juventud ajetreada; inundada por lo sentimientos derretidos en cada precipicio y cada mentón desesperado; acuciada por los porvenires y la reciprocidad asesina, por la velocidad de varias balas perdidas; una vida aplastada por la rotundidad de unas manos que teclean instrumentos de carne atados a personas que se olvidan de sonar o que no están bien afinadas. Una vida rota por los pedazos que va dejando un corazón en su paso por la garganta cuando salta a un pecho en el que no es bienvenido. Un vida que en el olvido de la soledad, aprende a estar acompañada por la única persona capaz de sobrevivir a cuanto dolor se cierne sobre ella, a la única persona a la que realmente pertenece y que se encuentra en cada espejo, en cada brillo no correspondido, en cada introspección, en cada una de estas palabras, en cada sangrar de nariz. La única persona que se duerme en innumerables bocas y que se muerde la suya cuando fantasea con la herida abierta…

He escrito todo cuanto tenía que escribir en este momento, en este día, en este año. He sentido todo cuanto debía sentir mientras emanaba por mi piel la inspiración para decirme a mí mismo, que mi vida no es víctima de todo aquello que destruye siempre de manera natural, sino que naturalmente siempre puede acabar por reconstruirse. Al pasado no se puede regresar. Y en el presente solo sabemos caminar hacia delante con lo que el futuro, añade a mi inercia y a mi costumbre obstinada de levantarme, cierta esperanza.

*Mivida  ha dado like a esto*.

Dog Days Are Over

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