Huracán Patronus II: París y Londres

Previousley on Dramas de Cam, también conocidos como Dramáticams:

– Era Octubre de 2017.

– Seguía con novio en una relación abierta de casi seis años ( con Ícaro).

– Me había hecho íntimo e inseparable amigo de Manhattan (el ex de El Dorado, mi mejor amigo de la universidad).

-Me había visto a escondidas con Huracán Patronus.


Parte II

Octubre 2017.

Huracán y yo comenzamos a ver Harry Potter. Y para sorpresa de todos vosotros acabamos la primera completa y sin interrupciones. La segunda ya sí se quedó a medias…

Nos pasamos la noche, desnudos. Introducido el uno en el otro, con la pasión propia de dos cuerpos magnetizados. Teniendo ese tipo de sexo húmedo y ardiente, pero no sucio. Sino del que te quedas plenamente satisfecho. Jugando con el humo de una cachimba cuyo sabor he olvidado al diseminarse en el sabor de sus besos. Gastando botellas de vino. Dejando que todos los espejos de aquella casa reflejásen las ganas que teníamos de devorarnos como hacía mucho tiempo que nadie lo hacía. Incansables. Fieros. Mordiéndonos los secretos y quemando los misterios que se escondían en nuestra piel. Poseídos por una conexión con la que ninguno de los dos contaba. Porque puedo poner las manos en el fuego de aquel recuerdo, que lo que yo sentí fue mutuo.

Dormimos abrazados y rendidos lo que quedaba de noche. Él (que por entonces aún vivía con sus padres) debía estar antes de las 12 del mediodía en su casa. Lo que siempre me repateó.

Tras aquel primer encuentro desgarrador, de intensas dosis de placer, yo solo podía mantener en mi mente el ansia de más.

Al día siguiente volvimos a vernos, fugazmente, pero con el mismo hambre.

Si una persona a la que deseo logra envolverme en una apetencia plenamente transparente e indudablemente recíproca, tened por seguro que mi organismo caerá preso del suyo. Y eso ocurría con él.

Cada viernes en Cuenca, en secreto. Evitando las miradas de quien no debía vernos, siendo él tan popular, siendo yo amigo de quien era, nuestras bocas y nuestras manos se unían al cien por cien en una danza ceremoniosa de sentimientos sin nombre. Prohibidos en su mayoría. elaboraban una composición de violines que penetraba mi corazón con una melodía de absoluto desasosiego, emoción y lujuria. Cada vez que se acercaba, en mitad de la multitud, tocándome en una complicidad clandestina cuando nadie observaba pero todos estaban, germinaba en mí un sin fin de palpitaciones que punzaban mi pecho de una manera que jamás podré explicar. De una manera que con Ícaro ya no recordaba… De una manera que me pasaría factura.

Noviembre.

Lo supe en un segundo, él cambiaría mi mundo. 

-Camila Cabello

Havana, una canción de mi tocaya que acababa de llegar a mi vida como lluvia en el desierto, fue una de esas canciones que bailamos una mañana en mi salón. Patronus no tenía vergüenza ni desconocimiento a la hora de mover sus caderas junto a las mías. Aunque fuera a solas. Aunque fuera por hacer el tonto. Aunque fuera por complacerme en ese momento y alimentar el vínculo, sino emocional, físico, que se creaba entre ambos.

Estaba siendo un otoño en el que todos los hits que oía día tras día hablaban de él: Perro fiel de Shakira, Mayores de Becky G, Mi Nuevo Vicio de Paulina Rubio y Havana por supuesto. Entre otros muchos.

Luego estaba OT que contribuía de buena gana con muchas de sus canciones a que no me lo sacara de la cabeza. Pero a esto llegaremos más adelante.

Fue por estas fechas cuando la vida, siempre tan amable conmigo, me puso varias tesituras en las que pensar, en las que concentrar mis energías, en tres de los ámbitos importantes de todo estudiante urbanita con tendencia al drama: Cambiar de piso; cambiar de carrera; cambiar de pareja.

Sí, todo a la vez.

La universidad no me estaba proporcionando en mi tercer año, esa plenitud a la que yo aspiraba con la carrera. Y descubrí que lo que quizá yo querría estudiar de verdad, se encontraba en otra universidad.

Mi piso de espejos estaba muy bien, era un estudio la verdad que admirable. Mi segundo piso con Ícaro, amueblado por nosotros. Un lugar donde Abril disponía de toda libertad. Pero claro, en Usera. Un piso en Princesa fue encontrado por mi amiga Musa (anteriormente mencionada) y una propuesta muy deseable se me presentó : compartir piso con ella y Manhattan. Nada más y nada menos. Con la que tenía yo montada a sus espaldas. Qué guay, ¿eh?

Finalmente, mis sentimientos por Patronus se confundían. Mientras que a Ícaro… Bueno, apenas Le echaba de menos. Huracán como bien dice su nombre, había desatado en mí un sinfín de emociones que creía olvidadas. Encima los dos tan opuestos.

Ícaro, el arquetipo de novio perfecto: atento, tranquilo, abstemio, educado, con esa pulcritud digna de sus gigantes ojos verdes refulgentes de bondad. Esos movimientos felinos, y ese saber estar. Su infinita paciencia y su poderosa resolución para mejorar mi vida. Poseedor de una belleza aristocrática: la eterna juventud.

Huracán Patronus, el objeto de deseo de innumerables tuitteros: Alguien que arrebataba miradas y suspiros. Alguien directo y sin miedo a los precipicios. Con ese ímpetu propio de los que hemos nacido para crear emociones. Con esa habilidad para el análisis y la reflexión, pero también para la dominación de sus sentimientos y el autoconocimiento.

Uno por calmado y el otro por inquieto. Uno por darme paz y el otro por darme guerra. Uno por amarme en silencio y el otro por desearme a gritos.

Estoy confuso porque el chico que me gusta tiene una gata, una cama que se esconde en la pared y… tiene novio.

– Huracán Patronus

La vuelta de Ícaro se hacía inminente. Yo permanecía indeciso con todas las dudas en mi cabeza. Y lo único que tenía seguro era mi trabajo. Pero me acuciaba un indescriptible desasosiego porque sabía que en mí muchas cosas se estaban rompiendo. Tejidos a los que no sabría ponerle nombre. Partes adheridas a mis sentimientos y a los cimientos de mi propia vida que desconocía pudieran tambalearse.

¿Tantos cambios puede causar una sola persona en otra?

Mis actos estaban afectando a otras tres personas diferentes y un movimiento en falso y los perdería a todos. A mi mejor amigo en Madrid de cinco meses, a mi novio de casi seis años y a mi amante de casi dos meses. Quizá en tiempo no fuera todo muy equitativo, pero los tres ocupaban un lugar en este corazón timbartiano de habitaciones picassianas. Y a los tres les debía cierta justicia…

Con Manhattan tuve una pequeña conversación en mitad de su declive emocional, pidiéndole permiso para liarme con Huracán Patronus, por supuesto sin contarle que ya lo estaba haciendo. Al tener una respuesta afirmativa, pude respirar. Mostrarnos finalmente en público y no vivir escondidos como Chenoa y Bisbal, me proporcionaba cierto relajo. Él ya había superado su malestar con Huracán. Yo ya tenía algo menos de lo que peocuparme.

Pero todos esto intensificaba las cosas, como no. Pues al no tener limitaciones, yo ya no me cortaba en expresar físicamente lo que sentía por Patronus. Manifestaba cuanto nacía en mí, lo que por él sentía y no lo disimulaba. Sencillamente ocurría. Florecía en mi boca, en mi mirada o en mi cuerpo y no había marcha atrás… así soy yo y así os lo cuento.

Y así nos fue…

Patronus y yo nos dimos cierta distancia. Él necesitaba pensar y centrarse. Se sentía distendido de sus obligaciones en su casa y sus estudios. Y además debía irse a París de escapada educativa.

Al mismo tiempo, Ícaro ya se preparaba para volver pero antes recorrería Inglaterra coincidiendo al mismo tiempo en Londres.

Y yo estaba aquí en Madrid, trabajando en un lugar llamado Cosmopolitan, sopesando con Manhattan qué hacer con mi relación. Claro que él no sospechaba que el chico del que yo estuviera enamorado fuera Patronus. Por alguna razón, fingí delante de mi amigo que lo que ocurrió con Patronus era solo un lío… pero no.

Todo le cuadró muchos meses después de esto cuando se lo conté. (Meses que acaban por entremezclarse con entradas anteriores. Pero a esto llegaremos más adelante).

Tenía al que había sido el amor de vida en Londres. Y tenía al tío del que me estaba enamorando en París. Ahora más que una cuestión emocional parecía una cuestión de nacionalidad o fronteras. Una guerra de Estados se ejecutaba en mi pecho. Para mí los tres teníamos algo que perder y poco que ganar. Siendo yo apátrida y teniendo que elegir entre las ciudades que concibieron a Víctor Hugo o Lord Byron; elegir entre Mouline Rouge o aceptar mi papel como Bridget Jones, era todo un desafío. Esta vez no se trataba de Satélite y una posible relación a tres. Esa opción no existía. Ni para Patronus ni para Ícaro que ni siquiera sospechaba de lo que estaba ocurriendo con su novio.

De nuevo un conflicto me marcaba la conciencia como un hierro incandescente que deja cicatriz de por vida. De nuevo las normas rotas en una relación abierta y esta vez, yo, rebelde sin causa, Cam Fatale al estilo de Escarlet O’hara, estaba dispuesto a lanzarme al precipicio: días antes de que llegara Ícaro tuve que confesarme.

Patronus me había traído una postal de la Mona Lisa, de París. Unas palabras escritas en el dorso de la misma, donde sin él saberlo se auto bautizó como Huracán. Una postal que descansa hoy en día entre las páginas de Antígona (no sería yo sino me gustara la tragedia griega). En ella, me expresa que espera que yo no olvide su paso por mi vida… y me temo que se cumplió.

La postal vino casualmente con un intercambio, pues yo le escribí una carta, cuyo borrador aun conservo, en el que le expreso que nuestra relación era como una canción interrumpida de Malú, una escena ficticia de una película que nunca se llegó a rodar; era una relación invisible; éramos dos mundos a parte… Éramos una historia no contada.

Tengo la teoría de que hay personas que como el arte o la literatura están para hacernos sentir. Demostrarnos que somos algo más que personas con nombres, apellidos y etiquetas. Personas que están para conquistarnos con toda su paleta de expresiones y emociones; para invadirnos intelectualmente de una riqueza única e inolvidable.

– Estracto de la carta que le escribí

Aquella madrugada lloviznaba. Volvíamos de Cuenca Club y digamos que discutíamos o más bien intercambiábamos opiniones contrarias sobre su presencia en mi vida. Él me afirmaba que lo mejor para mí era que desapareciera en cuanto volviera Ícaro. Que no podía dejar toda una vida por alguien que acababa de aparecer. Pero ya era tarde: ya estaba perdidamente enamorado de él. Ya no había remedio, no podía perderle, no podía imaginarme despidiéndome de él. Decirle adiós a su perfume, su visión en mi cabeza vestido con mi mandil cocinando en mi cocina, a su voz estando enfermo tumbado en mi sofá, a nuestros vídeos y sus luces parpadeando por toda la habitación… Todos aquellos momentos que habíamos vivido hasta esa madrugada, no podían desaparecer. Me negaba. Recuerdo que para entonces, yo vivía en una constante desazón hasta que lograba verle aunque fueran cinco minutos. Así que dejar de verle hubiera causado en mí un herida incurable.

Era el portal 13 de Jaime el Conquistador (irónicamente yo le llamé una vez conquistador por su nombre (el real) pues tiene el nombre de unos de los mayores conquistadores de la historia). Estaba amaneciendo y la llovizna mojaba las aceras, hacía frío y comenzaba a amanecer. Y ahí con los ojos llorosos le aseguré que no le dejaría irse. No todavía.

La canción de Invisible de Malú me venía como anillo al dedo en aquellos días. Era todo lo que quería: desaparecer.


17 de noviembre 2017.

Ícaro había llegado a Madrid dos días antes por la mañana. Algo le había comentado con respecto a que teníamos que hablar. Nada más entró por la puerta se deshizo en lágrimas y a mí me faltó tiempo para querer morirme. Para desear morirme. ¿Cómo podía estar pensando en hacer lo que iba a hacer? Estaba matando no a una persona, sino toda una vida, casi seis años de innumerables recuerdos. Estaba a punto de apuñalar por la espalda lo que hasta entonces era la demostración de amor más real y válida que había conocido. Todo cuanto habíamos vivido juntos estaba a punto de dejarlo atrás para precipitarme al vacío. Todo lo que un día significamos estaba a punto de arder en un fuego encendido para otro.

La mañana del 17 de noviembre, le confesé todo cuanto ocurría. Todo cuanto ocurrió en su ausencia desde que se marchó el 5 de octubre. Le expliqué de la mejor manera que mis sentimientos habían cambiado de rumbo y que nuestra relación ya pertenecía a otras playas. El barco de mi corazón buscaba nuevos horizontes, nuevas tormentas a las que enfrentarse y en nuestro cielo despejado ya apenas volaban pájaros. No había norte, porque fuimos en direcciones distintas. Como dije en su entrada El Ícaro que escapó de mi sol: habíamos aprendido a vivir el uno sin el otro.

Se nos rompió el amor […] se nos quedó en las manos un buen día.

Rocío Jurado

La mañana del 17 de noviembre Ícaro y yo cortamos. Sin lágrimas, sin odio. Como dos amigos ya lejanos que se deseaban lo mejor. A sabiendas que nunca volveríamos a estar juntos. Siendo conscientes de que una relación como la nuestra, por suerte o por desgracia, jamás volveríamos a vivirla.

Así acabó toda una vida de altibajos. De relaciones abiertas y prácticas de amor libre; de experimentos  á troi; de celos absurdos y de juegos propios de la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont. Ya no éramos Drácula y Vanessa Yves. Ya no éramos Bonnie y Clyde. Ahora solo éramos él y yo, por separado. Viajando en coches distintos en carreteras distintas. Lanzándonos a precipicios opuestos y observando el mismo cielo, con otros ojos. Éramos dos conocidos que durmieron en la misma cama hasta que la mudanza y la separación fueron completamente inminentes.


Se nos rompió el amor de tan grandioso. Jamás pudo existir tanta belleza. Las cosas tan hermosas duran poco. Se nos rompió el amor.

Rocío Jurado

Y llegaría diciembre… y qué mes más terrible.

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