El día que me convertí en fan

Así es. La noche del 23 de octubre de 2018 ocurrió algo que me convirtió en un miembro más de esta sociedad adoradora de falsos ídolos (en palabras de la Iglesia) y fanática de otros mortales elevados a la divinidad.

Yo, en el cénit de mi estrés por mi frenético estilo de vida: pluriempleado, desgracias domésticas, insomnio y falta de buena alimentación… Decidí que era buena idea salir con mis amigos de pindongueo a las profundidades de Delirio. Iba a ver el último espectáculo de mi amiga drag Sobredosis González, antes de sus vacaciones de dos semanas. La noche, que entre otras cosas resultó improvisada, se vio beneficiada de nada más y nada menos que de la comopañía de Omar Ayuso y Arón Piper. Sí, los actores de la serie Élite de Netflix.

Nos ponemos en antecedentes. Yo, Juan Camilo, Cam para los amigos, JAMÁS de los JAMÁSES se ha definido como una persona “fan de algo o alguien”. Como mucho, habré disfrutado en demasía de cierto género de película o de ciertos actores/actrices. Me considero conocedor de Harry Potter y lo adoro (J.K. Rowling con 12 años me dijo a través de esta saga que mi sueño era convertirme en escritor) y como tradición en mi familia siempre íbamos a las películas el día del estreno, además de leerme innumerables veces  los libros (sobre todo La Cámara de los Secretos que por alguna razón es mi favorito). Pero nunca hubiera dado la vida por ello o me hubiera puesto nervioso si Daniel Radcliffe (que siempre me ha tenido enamorado como actor) se pusiera delante de mí. Nunca empapelé mi cuarto con los pósters y como mucho tenía el ajedrez que vendían por fascículos. El cual guardé en una caja al cumplir los dieciséis años.

En realidad, nunca ha habido un/a cantante que me haya conquistado el corazón (Britney Spears me hizo gay con Baby One More Time y actualmente me pongo en repetición las canciones de Florence And The Machine) pero ya. Ahí acaba mi interés ante estas celebridades. y como mucho diría que mis favoritas, por decir que tengo cantantes favoritas son: Florence, Camila Cabello, Pink y Ariana Grande. Repito, por decir cuales son las que más escucho, aunque no es del todo cierto.

Nunca me he matado en ninguna cola por ir a un concierto, ni he muerto si veía a algún famoso desde lejos (que estando en Madrid he visto a Will Smith en Callao, a Leticia Dolera en el metro, a Javier Cámara en una gasolinera, a los Tripletz en Cuenca Club como a Andrea Compton, a Mimi, a Yolanda Ramos en Gran Vía, a Nina en Mamma Mía….), ni me importaba lo más mínimo lo que pasara o no a ese famoso del que era “seguidor”. Sin más. De hecho, el fanatismo era algo que no comprendía. Ese empeño febril de las masas de llorar al ver por primera vez a sus artista favorito/a, de ahorrar durante meses para comprarse un disco o hacer maratones mensuales de su saga favorita; incluso el llegar al uso de los cosplays de personajes de ficción, nunca lo entendí. Ni quería empatizar con la innumerable cantidad de personas que se desvivían ante tales fenómenos, ni pretendía caer en las redes de lo que en su día consideraba “una pérdida de tiempo”. Cada vez que a los Little Monsters los escuchaba bramar o lagrimear por ver a Lady Gaga subida en un escenario, o cuando elevaban  a Beyoncé al nivel de una titánide, yo sencillamente miraba a otro lado. No lo entendía. Y sigo sin entenderlo…

Me explico, ¿qué nos pasa? ¿cómo es posible que haya otros seres humanos, tan humanos como nosotros, que sin conocerlos en realidad, provoquen tales sensaciones en nuestros cuerpecitos? O incluso ya no seres humanos, animales de ficción o dibujos animados (véase Pokemon). Os juro que yo tuve una infancia más bien corta por diferentes razones nada traumáticas: nunca fui un niño que se sintiera niño. Siempre estuve metido en libros o escribiendo, nunca toqué mis juguetes (me duchaba con el Action Man ¿eso cuenta?) ni hice ahínco en tocar una playstation y no hablemos de los dibujos animados que no fueran Los Simpson. Sin más. Supongo que nací con un anciano dentro de mí o algo así. Entonces nunca he tenido ni la necesidad, ni la sensación, ni la euforia, ni la emoción de vivir lo que todas las demás personas de mi edad experimentaban. Por ejemplo: los parques de atracciones ni me van ni me vienen; odio las guerras de globos de agua; los botellones en la calle siempre me parecieron peligrosos; el verano siempre me pareció aburrido; me encantaba ir a clase y aprender cosas y desde pequeño ya escuchaba música clásica o leía mitología; la única locura que he realizado en mi vida creo que ha sido la de irme a trabajar a una ciudad desconocida para pagarme la universidad y en general la vida en Madrid (esto con 19 años) (¡MIENTO! algún día os contaré la historia de Valdemorillo con Manhattan ). Nunca he robado algo (copas no cuentan ejem, ejem) o hecho un simpa o colado en el metro. Que diréis: qué tontería. Ya, pero todo el mundo ha hecho algo de esto… yo pues no. Mientras los demás niños de mi edad no sé, se raspaban las rodillas en el parque; o se les enredaba el pelo en los columpios; o madrugaban para ver Megatrix o Art Attack; o iban a conciertos y lloraban con el primer single de Rihanna (por ejemplo) yo pues aprendía a hacer biberones o a cambiar pañales, a mantener mi cuarto impoluto, a aprenderme frases y palabras difíciles, largas y cultas o a sacar las mejores notas posibles… Cosas de las que me siento hoy en día muy orgulloso de saber a tan temprana edad. Bueno ahora que lo pienso, también creaba coreografías con canciones de Britney Spears a escondidas de mis padres porque me daba vergüenza que supieran que me gustaba bailar.

Tampoco digo que el fanatismo o el ser fan de algo o alguien sean sentimientos pueriles o inmaduros, porque creo que es algo que ocurre a todas las edades, tanto en hombres como en mujeres (véase lo forofos con el fútbol). De hecho creo, si quiero darle una respuesta a todo este desorden farragoso de impresiones, inquietudes y dramatizaciones,  te conviertes en fan como por una especie de iluminación divina. El objetivo de tu obsesión aparece en un momento dado de tu vida (normalmente desde pequeño vas construyendo ya esta sensación (yo no, yo nací muerto o algo)) y como si de una revelación inexplicable, pero que de alguna manera da sentido a tu vida y a tu existencia, se tratara, acabas por venerarlo. Todas tus creencias y valores, libertades y mandamientos acaban por materializarse en una sola persona y en aquello que realiza: gracias al cielo suele ser una habilidad artística.  Y claro, ocurre en la mayoría de personas. ¿Qué ocurre en los que no pertenecemos a esa mayoría? que nos volvemos unos aburridos y unos amargados… No. Cuando te llega la revelación, no sabes reaccionar y esto es lo que pasó aquella noche.

Retomamos, vi Élite en dos o tres días porque me enganchó como ninguna serie lo había hecho en mucho tiempo. Me dio desde el principio los ingredientes para hacerme un espectador feliz y adicto: asesinato, misterio, adolescentes, visibilidad G y B además de las relaciones abiertas y un personaje que me representa al mil por mil (hablo de Nadia) aunque mis favoritos sean Carla y Polo (porque Álvaro Rico, es mi prototipo de hombre ideal y adkhskplfenksNDfjsn). Tened en cuenta que yo soy hijo de Mujeres Desesperadas, Gossip Girl, Pequeñas Mentirosas y Física o Química. Además de otras que nunca terminé como Sensación de Vivir o una que echaré de menos siempre: Degrassi. Con deciros que la segunda temporada de Las Chicas del Cable  es mi favorita por la trama de Ángeles. Y bueno que una de mis fdogas favoritas es How To Gwet Away With Murderer. Cuando quise darme cuenta me había vuelto adicto a todo el universo de Élite: Desde las canciones de Danna Paola (Já, Paola, como mi madre) hasta las fotos y el modo de vestir de Álvaro Rico, pasando por las incontables entrevistas que han hecho y visitas de auténtico acosador a sus instagrams. Todo esto de una forma completamente paulatina y sin ser consciente de mi sana enfermedad. Actualmente tengo síndrome de abstinencia (me pasó con Sense8, me pasó con Glee, con Sexo en Nueva York, me pasa con Juego de Tronos…). Pero estoy bien, supero mis problemas de adicción viendo otras series o leyendo libros. Y no tengo ninguna intención de curarme.

Así que anoche, yo, ahora un reconocido fan de Élite, en mitad de una alegría predispuesta y en medio del espectáculo de mi amiga drag que siempre es un manjar para la risa, me encontré con la sonrisa y las ondulaciones del pelo de Arón Piper. Acto seguido unos cómplices, que sin su ayuda no hubiera conseguido la foto, me avisaron de la presencia de Omar Ayuso. Y claro yo morí. Literalmente, algo se rompió dentro de mí de una manera agradable pero estrepitosa. Una sensación de absoluta llenura se me coló en la garganta y me dolió la mandíbula de tanto sonreír. Una felicidad como si del mismo opio proviniera y un latir del corazón que parecía que se me iba a salir del pecho. Me faltaba el aire, los años, la vida. Yo quería desaparecer, hacerme pequeño o introducirme en los poros de las paredes y así desintegrarme de absoluta alegría. O por el contrario, fundirme con ellos en un abrazo. Sí, no sé llamadme raro, pero nunca había tenido una sensación como esa, con algo tan pequeño como la presencia de dos actores en la misma discoteca.  Por supuesto no os quiero describir lo que hubiera sentido si se hubiera tratado de Ester Expósito o Álvaro Rico. (En su día con Ana Guerra me pasó algo similar pero no con tanta intensidad). En fin…

Recuerdo que tenerlos a dos metros suponía un constante temblor y unas ganas inefables de gritar y decirles que los amaba y que me habían salvado las madrugadas de este insomnio que sufro. “Que los amaba” o sea, a dos personas que no conozco de nada (con lo que renegué en su día de Ander por parecerse tanto a uno de mis Imposibles, a Huracán Patronus, cuya entrada está al caer). Incomprensible, de verdad… Incomprensible.

Uno de mis cómplices (José) me decía todo el rato que me tranquilizase. Mis amigos no entendían mi estado de nerviosismo, estaba al borde de un ataque de euforia, ¿Hola, Camilo? ¿Quién eres tú y qué has hecho con el cínico que está muerto por dentro? fueron momentos de tensión. José todo el rato: tranquilo, es mejor que ellos te vean tranquilo.

Y yo pues… ummm no podía. NO PODÍA.

A José le conocí porque en cuanto vi a Ander pedir en la barra grité: ES ANDER. Y claro, como ya habíamos coincidido en la puerta al entrar justo antes de mi grito, se giró y ahí surgió una conexión: me confirmó que en efecto era Ander. Y fue él quien me dijo que también estaba Omar.

Sus amigos Robinson, Anya y una tercera (perdóname cariño, si me lees pero no me acuerdo de tu nombre) gritaron junto a mí y fue un deseo unánime el conseguir la foto.

Así que cuando los vimos a los dos subir escaleras dirección a la calle, con disimulo, salimos detrás de ellos. Ninguno, muertos de nervios y entre temblores, se atrevió a dirigirse a la que parecía su representante o algo así, porque era ella quien decidía si se hacían la foto o no, de hecho fue ella quien nos hizo la foto. Finalmente José tomó las riendas de aquella situación circense y Arón que es más majo que el abrazo de una madre, no se lo pensó dos veces y se alineó con nosotros frente a la cámara y acto seguido se unió Omar.

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Por orden de derecha a izquierda: la chica cuyo nombre no recuerdo 😦 , Anya, Robinson, Arón Piper, José (gracias bello) Omar Ayuso y Yo siendo tocado por Omar Ayuso.

No me lo creía, estaba a punto de ocurrir en mi vida un antes y un después, una transición que solo ocurre tras ver películas como Trance, El Resplandor o Psicosis o cuando terminas La Metamorfosis de Kafka o Asesinato en el Orient Exprés de Agatha Christie: Camilo Cerón, aspirante a escritor, desertor de la escatología, universitario frustrado que dejó la carrera, progresista vestido normalmente como un votante pijo del PP pero que no tiene un duro, maniático del orden y el control, estirado y pedante por naturaleza, estaba siendo por dos segundos en su vida: normal. Se estaba dejando llevar por sus sentimientos más superficiales pero más intensos que cualquier declaración de amor nunca antes confesada, y estaba disfrutando de aquel instante como nunca antes había disfrutado algo parecido.

Sencillamente, genial.

Era el momento de empezar a latir y de volver a crear.
El momento de tener otra vida.
Morfogénesis mental.

-La Casa Azul

Buah, me latía el corazón y lo primero que dije al hacer la foto fue: os abrazaría para agradeceros esto pero creo que es demasiado. A lo que Arón dijo: anda ven pa´ acá. Y sin  pensármelo dos veces, me lancé a sus brazos y dejé que todo mi cuerpo fluyera y dejara recorrer por cada extremidad, esa sensación de plenitud: podía partirme un rayo que yo ardería feliz en el infierno.

Acto seguido, José comenzó a hablar con Omar y yo ni corto ni perezoso me uní a esa conversación y durante veinte minutos o una cosa así, estuve intercambiando una par de frases con Omar. O sea qué tío más majo y maravilloso. Yo solo quería morirme en sus brazos pero simplemente porque yo sabía quién era él aunque él no supiera quién era yo. Y por raro que parezca, estuve enamorado de todo lo que ocurría. Si algún día me preguntan por mis momentos favoritos en la via diré que este fue uno de ellos. Porque descubrí una parte de mí tan humana y tan real y que nunca me había atrevido a iluminar en las tinieblas de mi interior. Nunca algo tan sencillo me había hecho sentir tan profundamente feliz.

Omar nos preguntó por nuestros personajes favoritos. Yo no mentí dije que la Marquesa Carla y su novio Polo me habían robado el corazón desde el minuto uno. Y en mitad de todo este jaleo, hablamos de su activismo LGBT, lo postulado a favor del feminismo que estaba, y un sin fin de causas que defendía… Sin duda, uno de los episodios más fantásticos de mi corta y desgraciada vida.

A lo mejor tengo  una enfermedad no diagnosticada (o que desconozco) y de importancia psicológica que hace que lo viva todo con una intensidad que realmente no tiene (véase el Arenal) También podemos llamarle a eso borrachera, pues durante el tiempo que pasé decidiendo si pedirles las fotos o no, me tomé la copa como si de la sangre de Cristo se tratara y yo fuera San Pedro.

No sé. Tras la foto y esos maravillosos minutos con Omar, Camilo bajó de nuevo a Delirio gritando lo feliz que había sido hablando con ellos. Lo grité tanto que Omar, que estaba ahí también E IMBÉCIL DE MÍ NO LO VI, creo que me escuchó saltar y casi lloriquear como un enamorado. Al darme cuenta de aquel ignominioso suceso, me encerré en la cabina más cercana y meé. Respiré varias veces antes de salir y logré tranquilizarme. El clímax había pasado y nunca un martes en Madrid había sido tan jodidamente mágico.

Luego al volver a casa me encontré veinte euros escondidos en el asiento del taxi y dije: joder, menos mal que decidí salir.

 

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