El día que dije adiós

Con estas páginas desprendí cuantas inseguridades habían despertado estas cinco amistades en dos años.

El principio del fin seguramente comenzó el día que conocí a El Dorado  o quizá el día en el que le presenté a Mambo y a Meyer  o sencillamente son cosas que ocurren porque las relaciones siempre son complicadas. El caso, que una vez las fisuras de nuestra amistad fueron lo suficientemente notorias, hubo un final. Un final que supuso una liberación inenarrable para mí. Aunque parezca extraño, cortar, en este caso no fue un trauma. Todos sabemos que las rupturas siempre acaban por dañar alguna parte de nosotros, rompen tejidos que nunca se recuperan o acaban por carcomerse partes de nuestro corazón tan nuestros y tan profundos que es imposible olvidar que un día fuimos con otros; y nos es más imposible aún, recuperarnos y ser nosotros sin ellos.

Y ojalá nunca te abracen por última vez, hay tantos con quien estar pero no con quien ser.

-Beret.

La Sombra, El Dorado y yo decidimos que era super buena idea irnos de vacaciones juntos. Yo ya ni me hablaba con Meyer ni con Mambo y para mí no existían. Con Chuck Brown según el día y la ocasión intercambiábamos alguna palabra. Y en este periodo en el que La Sombra y yo intimábamos, descubrí su apego y amistad hacia el resto de miembros de este círculo del que yo ya no formaba parte.

Un ejemplo de esta dinámica dañina, fue mi presencia en el cumpleaños de Chuck Brown. Me presenté por invitación de El Dorado, ya que Chuck Brown no tuvo ocasión de avisarme que era su cumpleaños y de que, para variar, hacían fiesta en su casa. Me sentía como Maléfica acudiendo a un evento sin invitación y condenándolos a todos. Fue un noche rara en la que todos aparecemos en las fotografías perteneciendo al mismo presente, en el mismo espacio, pero sin pertenecernos. Era extraño. Meyer, Mambo y yo no nos dirigíamos la palabra pero cantábamos el cumpleaños feliz al unísono. Recuerdo  que en un momento dado yo me quedé en la cocina hablando con otros invitados que no conocía, ya que los cinco amigos (Dorado, Chuck, Sombra, Meyer y Mambo) decidieron mantener una conversación en la habitación del primero. Una conversación entre risas y complicidad de la que yo no podía participar, obviamente.

Aún con todo esto, decidí que El Dorado y La Sombra no debían desaparecer de mi vida. Una relación no debería romperse en casi ningún aspecto si se lucha, si se cuida, si se intenta. La amistad y el amor a veces se erige en segundas y terceras oportunidades. Y una familia logra sobrevivir unida a cualquier adversidad. Este era mi mantra: todo saldrá bien.

Me lo repetía cada vez que elegía qué ponerme para que no tuvieran nada qué comentar. Me lo repetía cuando no entendía una broma que solo les concernía a ellos.
Me lo repetí cuando sellé el sobre en el que las cartas de despedida acudían a sus destinatarios.

Con todo esto, nos fuimos a Valencia. Yo compré los billetes, había conseguido hospicio gracias a mis amistades, había logrado que nos subieran a las carrozas del Orgullo de ahí. No es por darme méritos pero quería que mis primeras vacaciones con amigos fueran perfectas y maravillosas. Nunca lo había hecho y estaba tan ilusionado que no cabía en mí. Además esto suponía volver a Valencia con mi actual vida en Madrid. Unirlo todo de alguna manera parecía un crossover entre lo que dejé atrás y lo que tenía ahora. Una oportunidad de comparar y ver que quizá yo había cambiado y mejorado.

Viajamos durante seis horas en un regional. Yo les había llevado algunas cosillas por si querían desayunar o picar algo en el camino. Nos bajamos en la Estación Norte de Valencia para la hora de comer. Recorrí aquellas calles recordando todo lo que había vivido ahí con Ícaro que por aquellas fechas estaba por segunda vez en Escocia. Anduvimos bajo el sol abrasador mientras yo no dejaba de hablar emocionado sobre algunas anécdotas y enseñándoles una ciudad que había significado tanto para mí. Ellos se limitaban a estar detrás de mí y a  responder con monosílabos…
Nos instalamos, después de morir de sed en el piso de un conocido mío. Y cuando llevábamos diez minutos de relajación Sombra recordó que había perdido la mochila en el autobús que nos había llevado hasta ahí. Con toda la esperanza depositada en la bondad de la gente, esperamos en la parada hasta que el bus diera la vuelta completa y volviera a pasar por ahí. Con suerte y emoción recuperó su mochila y al verle tan contento, después del mal trago, recuerdo que le di un abrazo al grandullón. Era más alto que yo y a veces le llamaba así.  De esta manera empezó aquella semana que sería la última que pasaríamos juntos: perdiendo alguien algo.

Durante los días siguientes conocieron a mi antigua compañera de trabajo, a Satélite, la playa nudista. Comimos una auténtica paella valenciana y nos tomamos chupitos de estos que solo ves en las películas, además de beber de un pene de plástico… Fueron días que vistos así parecían divertidos… Pero no lo fueron.

La primera noche debimos disputarnos el sofá o dormir en la cama de matrimonio los tres. El sofá acabé quedándomelo yo, por estar todos más cómodos. Con lo que ellos marchaban a dormir juntos  y yo dormía solo en el salón, puesto que siempre me entraba sueño después.

El día que conocieron a Satélite, El Dorado no supo integrarse. Todos bailábamos según él “demasiado bien y no sabía cómo intervenir”. Así que estaba siempre callado o hablaba solo con La Sombra. El cual solo le escuchaba a él.

Con los días, todas la mañanas se basaban en ir a comprar la comida y en preguntar: ¿qué hacemos hoy? a lo que La Sombra decía: no sé, ¿qué quieres hacer tú?. Aquella pregunta empezó a escocerme porque solo se dirigía a El Dorado. Así que siempre se hacía lo que a El Dorado le apeteciera, puesto que eran mayoría en aquella democracia de tres. Pero no me importaba, yo solo quería estar con ellos. El día que fuimos a la playa nudista a reírnos, ellos querían tomar el sol y mientras se dormían en su proceso de bronceado, yo leía. Algo completamente normal (por cierto, aquí descubrí a Sandra Barneda, su libro Reír al Viento, que comienza con una despedida y trata sobre su búsqueda interior, ya parecía una señal muy clara de mi futuro). El problema venía cuando ellos decidían grabar sus stories a dos metros de mí, sin que yo saliera. Sí, como lo leéis. Yo estaba ahí quieto observando en un incomprensible silencio, carente de personalidad para protestar, minado de mi capacidad para hablar, observando como ellos dos se grababan y hacían el tonto, sin contar conmigo. Os parecerá masoquismo, pero a veces solo pensaba que quizá no querían molestar a Meyer o a Mambo con mi presencia, así que les concedía ese capricho o cómo lo queráis llamar. Luego los tres salíamos felices y contentos en mi Instagram y a mí me bastaba.

Llegó la casualidad de que el Trono de Hierro llegó con Vodafone a la Estación Norte y decidimos que debíamos hacernos la foto. Por supuesto iba por turnos. Hacía un calor sofocante y había cola. Cuando me tocó a mí, fue la sombra quien me fotografió. Hizo tres fotos casi obligado, sin atención, sin tener en cuenta si yo estaba listo o no, si estaba posando. Con El Dorado en cambio, se tomó su tiempo y su respiro para que saliera perfecto y El Dorado con él, igual. Intenté no molestarme con aquel gesto porque entendí el contexto de todo, estábamos sudando, teníamos hambre, demasiada presión, etc. Sin embargo, yo ya no estaba a gusto y aún así recorrimos el casco antiguo. Hicimos otras fotos y El Dorado comentó algunos datos que conocía sobre la historia de la ciudad. Bueno, se lo comentaba a La Sombra puesto que yo en todo aquel recorrido llegó un momento en el que dejé de existir. También me culpé pues yo ya estaba rayado con lo de la foto del trono y me metí en mis propios pensamientos.

Estando en Valencia, quise ver a mis primos y a mi compañera.  Ponerme al día con los chismes y estar enterado del estado de mi familia. Fue bonito recordar cómo era mi vida ahí antes de que todo se torciera como se torció. Cuando volví a casa ninguno de ellos estaba. Les avisé que los esperaba para cenar y no obtuve respuesta. Me contestaron en un tiempo indeterminado y prolongado (ponedle una hora o así), diciéndome que ellos ya habían cenado por ahí al volver de la playa y que acababan de leerme. Bien, podría ser verdad que ninguno de los dos mirase el móvil cuando yo escribí. O bien simplemente estaban demasiado a gusto sin mí. Tras inclinarme por la primera opción hicimos sesión de películas y jo, fue de las pocas veces que los tres estuvimos en consonancia.

A lo largo de aquella semana  La Sombra durmió fuera con un conocido suyo. Dorado y yo permanecimos y dormimos solos. Fue de las pocas veces que al fin conectábamos como hacía tanto tiempo que no conectábamos. Hablamos y reímos mientras hacíamos mimosas. Porque los mimosas no faltaron en todo aquel asueto. Llegó el punto incluso en el que nos líamos y nos metimos mano, pero nunca llegamos a completar el acto. Cuando volvió La Sombra, todo esto acabó por desvanecerse. Y en mi cabeza, siempre pensé que estaban liados y que no querían comentarlo. Sé que no es el caso, porque entre cielo y tierra no hay nada oculto y yo suelo pillar ese tipo de secretos. Además no me venía bien que estando de vacaciones me diera de nuevo por las indagaciones, la sospecha o el suspense que viví con Meyer. Estuvieran o no liados, yo sobraba por todas partes.

Llegó entonces la última noche. El día anterior al orgullo de ahí, y nuestro penúltimo día en tierras valencianas. Conocerían Deseo 54, discoteca que recuerdo inolvidable en mi retina y a la que pienso seguir asistiendo siempre que vaya a esta zona levantina. Hicimos unos ocho litros de agua de valencia y caminamos durante casi una hora atravesando el barrio de Ruzafa; pasando por el Puente de Serranos; cargando con los ocho litros de agua de valencia por turnos y caminando por calles que yo ya conocía. Finalmente llegamos al parque que existe junto a la discoteca y donde hacer botellón es algo completamente normal. Aquí, mis dos amigos y yo nos sentamos a beber como condenados y en mitad de nuestra reunión etílica dos sujetos se acercaron a pedirnos vasos. Cuando quise darme cuenta los dos sujetos se habían quedado con nosotros pero no por los vasos sino porque tanto El Dorado como La Sombra, habían llamado su atención. Y ya sabemos cómo funciona esto del cortejo homosexual entre twinks: en la guerra y el ligoteo todo vale. Al rededor de sus objetivos reconstruyeron Las Vegas, por la de fichas que les lanzaban. Habían levantado muros de halagos tan insondables como patéticos. Entraron con nosotros a la discoteca y en mitad de aquella multitud, de las luces y la música, mis amigos, los cuales habían salido conmigo, los cuales habían pasado de mí toda la noche por alimentar sus egos permitiendo que aquellos dos sujetos de entrada directa, les inundaran de babas sin llegar nunca a rechazarlos abiertamente, ya no estaban conmigo. A la vista estaba que no querían nada con ellos, pero eso no impedía que se los hubieran repartido y que mantuvieran conversaciones de fingido flirteo que nunca llegaban a nada. Y mira que los dos polizontes lo intentaban. Yo, pues bueno, sujeto al presión de ser un tocaviolines en aquella cita a cuatro, decidí que un chupito de tequila no me mataría. Nadie se percató de mi ausencia. Cuando volví El Dorado estaba en una punta de risitas con uno de los sujetos y La Sombra, bailaba con el otro en otra punta. ¿Cómo debía sentirme? Nadie preguntaba por mí. Mis amigos habían decidido que sus pretendientes eran mejor compañía. ¿Y yo? Me daba igual que no hubieran ido a por mí, o que ellos hubieran ligado (ya veis, estaba muy acostumbrado a vivir a la sombra de ambos) pero hacerme el vacío (que es como yo lo sentía) pues no me pareció cómodo, llamadme loco. Tras dos canciones de absoluta soledad en mitad de la pista, me despedí de los dos antes de ir al baño. Fue entonces cuando corrieron tras de mí y me preguntaron si me pasaba algo.

-Que me estáis dejando de lado. Como siempre. Preferís a dos aparecidos de la nada a estar conmigo, así que me marcho a casa.-contesté sabiendo que ya no hablaba de los dos sujetos.

Toda la ponzoña, la soledad, los miedos y las inseguridades que se habían arraigado a mi pecho durante toda mi amistad con ellos, estaban siendo conducidas por el alcohol hasta lo más superficial de mi memoria.

-Cam, no te vayas. Siempre te preferiremos a ti a cualquier otra persona. No seas tonto. -Me decía El Dorado cogiéndome de un brazo.

-Sí. Sentimos mucho si te hemos hecho sentir así…-Se disculpó La Sombra.

-No sé. No os creo. De ser así, no estariáis con esos… o con Mambo o con Meyer… mirad da igual. Nos vemos en casa.

Huí de aquel enfrentamiento a la verdad a toda velocidad. Me tomé el último chupito de tequila, intentando ahogar los recuerdos tan hirientes de todos su desaires y sus indiferencias, pero el efecto fue otro. Cada acto de humillación con sus bromas fuera de lugar sobre mí o mi estilo de vida, cada acto interpretado como una traición, cada crítica, cada vez que me marginaban, el ninguneo constante, cada vez que me miraba en el espejo sintiéndome culpable, mis pensamientos suicidas, cada vacío emocional que había supuesto el estar con ellos, explotó en mí como bomba. Una batería de imágenes diluidas pasaron a toda velocidad por mi cabeza y se hincaron en mi esternón y se extendieron al tórax y al corazón. Dolía. Quererlos me estaba doliendo más que a nada en aquel momento. Salí de la discoteca en un mar de lágrimas con un nudo de desprecios en la garganta que acto seguido expulsé en un audio de cuatro minutos. El cual eliminé de mi teléfono al día siguiente.

Anduve durante horas, perdido en la madrugada de aquel jueves veintiocho de julio de 2017. Cuando llegué al lugar donde nos hospedábamos, el audio había sido escuchado. Los dos dormían ahora con el colchón en el salón y yo no tuve otro remedio que dormir en el sofá, dándoles la espalda. En lo que me parecieron segundos, me despertaron horas después. Los dos estaban vestidos y el colchón ya no estaba.

-Cam, nos vamos. -fueron las primeras palabras pronunciadas por El Dorado.

-Creemos que tienes cosas…-La Sombra no tardó en corregirse al ver mi expresión.-…Tenemos cosas en qué pensar. En Madrid volvemos a hablar de todo esto…

-Yo no tengo nada que hablar con vosotros. Si os queréis ir, idos.- comenté dándome la vuelta de nuevo y dándoles la espalda.

Marcharon a la cocina y después de un par de minutos me levanté y fui hasta ellos.

-¿Pensáis marcharos así? ¿Adónde? ¿Sin despediros de nuestro anfitrión (no digo su nombre así que pongo “nuestro ainfitrión)?

-Cam, no lo pongas más difícil. Nos vamos donde mi primo. Dejaremos las maletas ahí y desde ahí nos iremos a la estación. -Contestó El Dorado con esa calma suya tan diplomática.

-¿Tenéis los billetes entonces?-Pregunté. Yo los tenía guardados en mi maleta.

El Dorado asintió. La Sombra solo le miraba a él. La casa estaba en completo silencio y yo ya no sabía qué decir. Nuestra amistad estaba tan rota y afilada, que solo unos trozos de cortesía y saber estar nos mantenía con calma unos frente a otros.

-Pues dejad las llaves en la entrada. Voy a seguir durmiendo.

A nuestro anfitrión nunca le di explicaciones cómo mis dos amigos habían desaparecido aquella mañana del viernes. Pero un comentario suyo me bastó para reflexionar:

-No sé qué les pasa a las maricas de Madrid, que sois todas tan sectarias.

Pensé que quizá no estuviera tan mal encaminado. Ellos habían formado su familia a mi costa y yo no tenía cabida. Solo era el amigo bastardo de un pasado ajeno a su presente.

Las cartas descansaban en el interior del libro de Sandra Barneda. Las había empezado un año antes porque necesitaba ordenar mis pensamientos. Ahora lo que necesitaba era despedirme.

Aún recuerdo que me temblaban las manos, el corazón y la vida en cada sílaba. Cometí innumerables errores gramaticales y ortográficos que se pueden apreciar perfectamente en aquellos folios. No derramé ni una lágrima puesto que mi procesión se manifestaba a través de la tinta. No me costó tampoco encontrar las palabras porque estas ya habían nacido de manera tácita durante todo ese tiempo en el que me empeñaba en luchar por ellos. No me dio miedo llevarlas a la estación de tren ni decirles que junto al desayuno que les había llevado (porque sí, les llevé el desayuno) habían unas cartas para ellos.

Yo iba vestido con mi peto blanco, me pareció el atuendo perfecto para una despedida. Un detalle nimio, pero una buena metáfora: el blanco como final. Subimos al tren. Ellos en un vagón y yo en otro lo más lejano posible. Saqué mi teléfono y me encargué uno por uno de que aquellas cinco personas, aquellas cinco razones de mi deterioro emocional, no volvieran a aparecer en mi vida.


El 28 de Julio de 2017, llegué a mi apartamento en la calle Antonio Salvador, siendo completamente libre de todo. Tenía mi piso para mí y a nadie con quien sufrir. Me sentía liberado y extrañamente feliz. Ya no tendría que volver a lidiar con ellos. Le dije adiós a El Dorado, a La Sombra, a Mambo, a Meyer y a Chuck Brown y me di cuenta de que era como empezar de cero. Mi misión era volver a formar una familia y encontrar un lugar en el que ser para poder estar.

 Don´t rain on my parade.

-Barbra Streisand

En cuanto a por qué guardé fotos de las cartas, bueno, me gusta revivir el pasado, saber dónde he fallado y saber qué he dejado atrás. Simple capricho.

2 comentarios sobre “El día que dije adiós

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s