Dafne

En deseo ardías desde que por primera vez la viste:
Etérea. Llamativa. Virginal.
Su hermano. Su sangre. Su íntimo confesor.
Vestía una falda corta. Un escote discreto.
La consideraste vulgar, ramera, motivo de castigo. Indecente.
La odiaste por no ser tuya. La deseaste por la misma razón.
Enfermo.

Tu mano pesaba  y pasaba demasiadas veces por la cara de quien una vez te amó por encima de tu bestialidad.
Tu mano era inquieta.
Tu corazón era un músculo insano que convertía lo que tocaba en muerte
De acuerdo con el mundo, hacías bien ¿verdad? Justificabas el golpe con amor, el castigo con la norma.
Al hombre como rey y a la mujer como escabel
donde posar tus pies.
Te creías el dios de la luz y la virtud por poseer más fuerza.
El más bello por despertar pasiones en muchachas,
acosadas como un muro por la hiedra.

Te veías laureado por poseer un “cetro” entre las piernas…
Era de noche.
Ya no distinguías el bien del mal. Ya no sabías ni quién eras.
Solo tú erección, tu “flecha dorada”, dirigía tu mentalidad.
Patético. Demencial.

Ella se prometió crecer. Ser alguien. Ser mujer por encima de todo: libre.
Pero esa noche dejó de ser hermana, dejó de ser alguien, y se convirtió en víctima. En tu presa.
Era inteligente. Era fuerte. Era valiente.
Para ti, tu recompensa.
Ardía en ti la fragilidad del ego, la falta de coraje.
Tenías un miedo intransigente a ser sustituido por alguien mejor.
Por alguien con auténtico valor.

Ella decidió no repudiarte por ser un asesino, quererte en tu atrocidad.
Tú  decidiste vejarla por encima de su humanidad.
La observaste mientras dormía enredada en sus sábanas.
Te dejabas llevar por tus ganas.
Por tu afán de varón.
Por tu privilegio como opresor.

Tronaba, relampagueaba: Había tormenta.

La observabas con tu inquieta mano jugueteando con la herramienta erecta de tu mediocridad.
Quedar en lo alto, en la cima, era tu necesidad.
Dar a tu hermana una lección varonil.
¿Una mujer libre, heredera del respeto familiar? No.
Era inconcebible para ti.
Ella era una provocadora ¿verdad?
Una insubordinada a las órdenes del hombre de la familia ¿no es así?
Decepción sinfín.

Pasaste tus dedos por sus muslos y su boca callaste con tu mano.
Con la misma mano asesina de tus anteriores relaciones.
Ya no eras su hermano.
Decidiste demostrar quién tenía el poder.
Y sin bondad alguna te introdujiste en ella.
La peor de todas tus acciones: quemarla sin arder.
Ella luchó.
Tu cara arañó.
Con su cabeza, tu nariz rompió.
De su habitación hacia el bosque huyó.
Tenía el camisón manchado;
el corazón en miedo ahogado.
El trauma de la decepción;
la vida rota en una turbación.

La perseguiste con la camisa desabrochada y sin pantalones.
Se te secaba la saliva, las heridas te relamías.
No pensabas parar, tus obsesiones te consumían.
Tu maldad te poseía.

Repugnante sátiro tratando de demostrar su razón,
como si fuera una aceptable justificación.

Ella siguió corriendo.
Los arbustos desgarraban la piel de sus tobillos,
a sus cabellos las ramas se pegaron.
Cayó.A algunas enredaderas a sus brazos, a sus manos se enzararon,
a su compungido rostro, a su cuerpo denigrado.

Tú la llamabas.
Ladrabas que la amabas.
Te convencías que por su bien lo hacías.
Eras despiadado, cruel. Sin alma. Tu furia impía.
Ella lloraba, agotada, temerosa.
Observaba el reflejo de la luna en un charco trepidante
y en silencio suplicó despertarse.
Lo consideraba un sueño de mal gusto.
Una pesadilla; un susto.

El cielo se quebraba y el infierno se abría.
Un intransigente Apolo en lascivia ardía.
Ya no era un juego, era el débil ego de un hombre cargado de prejuicios y resentimientos, que estallaba.

Ella un matojo de hojas mojadas.
La naturaleza adherida a su cuerpo lastimado.
Por el bosque herida.

Tus ojos vacíos se encontraron con los suyos y con un golpe seco decidiste su destino.
A tus retorcidos instintos fuiste fiel.
Sus labios sabían a sangre y a miel.
Y ya no había miedo.
Ni vida.
El cuerpo aún estaba caliente.

Te moviste triunfante.
Entre embestida y embestida llegaste a sonreír
Y algunos insultos pronunciaste.
Ya no eras ni animal, ni humano.
Ella era inocente y tú eras vil.

Tu victoria olímpica como el macho que eras,tuvo un final muy habitual.
Sabías que nadie diría nada.
Sabías que le echarían la culpa a ella si la encontraban.
Tú saldrías ileso, triunfal.

Ella había dejado de ser persona mucho antes de morir.
Ella había sido forzada a convertirse en un objeto de reprimenda.
Había sido perseguida, vejada, insultada, herida y violada.
Ella se llamaba Dafne fue enterrada y a la tierra arraigada.
La inmerecida y silenciosa gloria de un hombre; un secreto del que ya no se hablaría.

Un suspiro atragantado florece hoy entre las violetas que esconden hoy su cuerpo.
Un deseo que se hace eco a través de la tierra: ni una más.
Dafne murió sin voz pero nunca en paz.

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