La Sombra de El Dorado

He de admitir que el título de esta entrada es demasiado bueno para la historia que trae detrás.

Tras cortar con Mambo y Meyer y que su amistad siguiera su extraño e incierto rumbo con El Dorado, yo no supe nada más ni quise saber nada más de ellos. Con lo que El Dorado pasamos de nuevo a ser uno: nosotros y nadie más.

Fue un día de diciembre cuando el destino entretejía mi actual presente. El Dorado que había ligado con un relaciones públicas de Cuenca Club. Un muchacho de aspecto bobalicón y de dos metros de altura (Mínimos) que babeaba por la sensación rubia del que era entonces mi amigo. Fue en este contexto en el que se presentó una elección que yo sentiría como un puñal y que, por pequeña que fuera, cambiaría el rumbo de la vida de varias personas. Era sencillo: El Dorado tenía dos entradas vips: una para él y otra para quién eligiera. ¿Sabéis a quién llevó? A mí no. Ese viernes, antes de avisarme a mí, su mejor amigo, se llevó a Mambo, su ex. Sí, por aquel entonces mi evidente apatía y amargura (acuciada día a día por la tortura que me suponía mantenerme vivo), le llevaba cada vez a inclinarse por quienes en vez de absorber su energía, se la revolvían. Supongo que una persona que es como un dementor, no es bienvenido en ninguna parte. Porque sí amigos, el enérgico, ameno y charlatán de Cam por estas fechas estaba sumido en un hundimiento emocional tan pesimista que era incapaz de sonreír de manera sincera. Cada vez dormía menos pensando en todo lo que me estaba saliendo mal. La carrera me aburría. Trabajar me aburría. Dejé de escribir. Dejé de ir al gimnasio. Y en mis días libres, dejé de levantarme de la cama. Aún no le quería poner nombre a lo que me pasaba, solo podía definir mis sensaciones: abrir los ojos cada mañana era para mí doloroso. Era una tortura saber que tenía que pisar el suelo, arreglarme y enfrentarme a todas las obligaciones. Ver a todo el mundo y verme forzado a sonreír para evitar la inquietante pregunta de “¿Qué te pasa?”. A veces es muy duro desacostumbrar a la gente a tu nuevo estado de ánimo. Además, la radicalidad de mi metamorfosis de alegre y colorida mariposa a gusano borde e introvertido, resultaba imposible. Increíble.

¡La peor soledad es vivir entre tanta gente amable que lo único que te piden es que finjas!

Edith Wharton

También todo esto venía aliñado por lo poco deseado que me sentía por el amor de mi vida. Ícaro no es (o no era) una persona especialmente sexual. Poco líbido y deseos muy limitados de buscar contacto sexual (al menos conmigo que me tenía siempre al lado, tirado como un cojín abandonado). También puedo entender que yo, rey de la pulcritud, me abandonase. Sí, dejé de peinarme y me pasaba el día en un albornoz que con las semanas pasó de blanco a un color amarillento repugnante. Devoraba chocolate industrial, de este de un euro de El Día, y siempre que podía me metía cuantos kebabs y hamburguesas soportara el vacío emocional que intentaba llenar. Repito, no me atrevía a ponerle nombre a lo que me pasaba pero era más que evidente que algo no estaba funcionando en mí de un modo saludable.

Volvamos. En mitad toda esta triste historia que era yo, El Dorado decidió llevarse a Mambo aquel viernes de diciembre a Cuenca Club. Bailaron y se rieron como yo ya no sabía bailar ni reír. Mis imaginaciones aquella noche me llevaban a sentirme cada vez más repudiado porque ahora ellos tenían todo lo que un día fue mío: felicidad. Lo que jamás imaginé es que aquella noche El Dorado saldría con un príncipe azul. Sí amigos, aquella noche, el destino de manera indirecta, trajo a mi vida por primera vez al ya mencionado y conocido Manhattan.

Historia que detallo mejor en su entrada.

Manhattan supuso la pérdida absoluta de mi mejor amigo. Su noviazgo lo arrancó por completo de mi lado porque El Dorado comprendió que lo tenía todo sin mí. Todo lo que cualquier ser humano, siervo de esta sociedad, pudiera desear. Todo a lo que nos enseñan que debemos aspirar: Un novio perfecto, de buena posición, en un puesto de trabajo más que respetable y por qué no decirlo si todos pensáis lo mismo: guapo. Alguien que dan ganas de mostrar a tus padres. Además, El Dorado disfrutaba de una vida privilegiada y esto le permitía asistir con sus mejores amigos también privilegiados a escapadas y planes donde el ensombrecido Cam apenas tenía lugar. El Dorado estaba sacando la carrera con éxito y su desarrollo personal estaba llegando a su cénit. Se había convertido en el pupilo perfecto de Olivia Pope. Invencible, popular y arrollador. Ese era mi amigo. Y así lo veía yo, un ser carcomido por una envidia enfermiza e inevitable; una ira contenida y una tristeza y culpabilidad por todo lo anterior inabarcable para mi entonces frágil personalidad. ¿Dónde estaba Cam? estaba completamente perdido, sin aspiraciones, sin ganas de abrir los ojos al siguiente.

Quizá el dramatismo que tanto me caracteriza estuviera dándome una visión exagerada de la realidad. Lo escribo aquí fiel a mi visión en primera persona de todo cuanto viví por aquellos meses. Pero indiscutiblemente, fuera exagerada o no mi visión de los hechos, las emociones que todo aquello me producía eran auténticas. Eran tan reales y pesadas como si cargara yunques de tristeza que no podía expulsar. Era un afán constante de cansancio y de pereza. Una pereza contra la que no quería lidiar. Estaba siempre deseando llegar a casa solo para tirarme en el sofá. Ni siquiera me ponía al día con los apuntes, ni hacía los trabajos en condiciones. Fumaba cada vez más. Alguna que otra botella de vino me bebía yo solo. Pero al ver que nada mejoraba mis tenaces sensaciones de absoluta oquedad, dejé de buscar esperanzas. Dejé de intentar hallar maneras de sentirme bien. Asumí mi dolor y mi tristeza como parte de mí. No era la primera vez que tenía sensaciones como aquellas. A los catorce años hallé una solución más que clara a tanto dolor incorregible. Encontré en el abismo desde mi balcón la respuesta para terminar con todo aquello que me dolía y que no podía sacar. Mi existencia, con catorce años, ya la había visto como innecesaria y me la cuestionaba constantemente. Salí de aquellos intentos infértiles de bajarme del tren de la vida y creí que todo se curaría con el tiempo. Hasta aquel abril de 2017. Me encontré sin trabajo, porque se me había acabado el contrato, sin amigos y un novio que apenas se encontraba en casa por su trabajo. Harto de mi piso (una caja de zapatos). Harto de mí, de mi reflejo diario en el espejo, de las grietas esteparias que formaban cada uno de los continentes de la geografía de mi piel; de tanto dolor; de tanta culpa… me vi envuelto en mi albornoz amalgamado de migajas y de una enfermedad que solo se vive en la mente de quien la padece, y comprendí que nada tenía sentido. ¿Por qué seguir? ¿Por qué continuar respirando y sintiendo si eres como una herida abierta que sangra y escuece con la mínima brisa? ¿De dónde sacaba yo fuerzas para continuar con la tortuosa pesadez que me suponía salir de la cama? En mi soledad, en aquella caja de zapatos, todas estas preguntas cobraban vida una y otra vez en mi cabeza. Y con ellas, mis conspiraciones con Mambo y El Dorado; mi envidia; las múltiples etiquetas peyorativas que sufría por simplemente existir; el daño causado por ser como era; la intolerancia hacia mi carácter ya extinto en aquellos días y la incansable sensación de estar haciéndolo todo mal, que me acompañaba a cada paso que daba. ¿Qué me impedía acallar todo aquello? ¿Mi madre contándome los avances de mi prima recién nacida que llegó como una bendición a nuestra familia? ¿Mi hermano que entrado en la adolescencia buscaba salvación y consejo en mí? ¿Ícaro que ya no hallaba forma de curar mis heridas más que queriéndome por encima de sus posibilidades? ¿Mi mejores amigos en Talavera, Benidorm y Salamanca (porque sí todos están dispersos) que darían un brazo por verme feliz? ¿Mi novela inacabada? ¿Los memes de Twitter a los que me aferraba para eliminar pensamientos negativos? ¿Las metas que nunca cumpliría? No. Nada me parecía suficiente. A veces, por mucho que intentes luchar contra la oscuridad que habita en ti, contra cada cielo ceniciento que techa el hogar de tu alma o cada jaula de fuego que encierra tu conciencia y tu razón, sencillamente es imposible. Ya estás roto y tu funcionamiento es diferente. Los engranajes cambian de dirección y tu organismo y tu cuerpo solo se mueven rumbo hacia un único objetivo: el final de tu historia.

Recibí un mensaje de El Dorado aquella misma tarde. Quería que saliéramos a Cuenca. Ya no estaba con Manhattan, pues habían cortado un mes antes, y solo quería verme a mí. Ícaro llegó y se tumbó conmigo en el sofá, acomodando su esbelta figura al apoltronado cuerpo de su novio que ni siquiera se había duchado aún. Había traído napolitanas de chocolate para merendar. Mi madre me había enviado una foto de mi tío con mi prima haciendo el tonto y mi mejor amiga de Benidorm me había dado las cuentas para Netflix. Al fin habíamos visto un piso mucho más grande que tenía mejor pinta que en el que vivíamos y había aprobado uno de los dos exámenes a los que me presenté completamente desganado. Fue un día en el que la salvación se presentó de golpe y porrazo. O al menos, uniéndolo todo en conjunto algo bueno tenía el seguir vivo. Al menos en parte debía aceptar que había motivos para despertarse cada lunes o al menos una fuerza incorregible tan propia de mí: la curiosidad.

Sentía curiosidad por ver qué más me esperaba en mi día a día, ¿de verdad iba a perderme todas las aventuras, sensaciones y anécdotas que aún podía experimentar?

Pues no.

Acepté la invitación de El Dorado y asistí al botellón al que vendrían dos personas. Una más importante que la otra. Era la fiesta en Cuenca de Rebelde VS Rebelde Way. El Crush, El Dorado y yo, acordamos ir vestidicos acorde con la fiesta. Yo crecí con Rebelde y actualmente me considero fan de la versión mexicana #Sorrynotsorry.

Aquí hago un inciso y os explico quién es este señor denominado El Crush ya mencionado en No Habrá Paz Para Los Malvados.

El Crush, es un chico que conocimos en el Orgullo, El Dorado y yo. Por entonces él y Mambo estaban emparejados con lo que no podía decir abiertamente lo prendado que se había quedado de El Crush. Incluso después de cortar con Mambo y posteriormente con Manhattan, El Dorado jamás se atrevió a confesarle sus sentimientos. Es un muchacho tan jodidamente encantador, tan guapo y con tanta clase que a mí me resultaba completamente inaccesible y desde un principio me privé de verle como algo más que una persona que me caía bien. Una posible amistad.

Y así fue. Salía de vez en cuando con nosotros y aquella noche nos acompañó. Se vistió como nosotros aunque no tenía ni idea de las series por las que se hacía la fiesta y vino dispuesto a pasárselo bien.

Fue esta noche donde entró el quinto miembro de la Chupipandi: La Sombra.

Yo le llamaba Cejitas en un tono cariñoso, por lo obvio, pero Manhattan me inspiró para denominarlo así y unos párrafos más abajo lo entenderéis.

La Sombra, apareció en la vida de El Dorado en una de las multitudinarias fiestas de Manhattan. Al cortar ellos, La Sombra y el Dorado continuaron su amistad y la hicieron oficial este viernes de Rebelde VS Rebelde Way.

Ahora El Dorado tenía dos Crushes secretos del que solo yo tenía constancia: La Sombra y El Crush.

Y, ¿qué es lo peor que le puede ocurrir a una persona a la que le gustan dos personas a la vez. Dos personas, que acaban de conocerse y que, sin lugar a dudas, eran la una el tipo de la otra?

Exacto: culebrón. La Sombra ni corto ni perezoso se lanzó al cortejo certero de El Crush. El Dorado se pasó toda la velada fingiendo que no pasaba nada con una palidez propia de las uvas. Yo le conocía y me sentía fatal que estuviera metido en aquella situación. ¿Qué podía hacer yo? Proteger a mi mejor amigo.

Me puse como un muro entre Píramo y Tisbe. El Crush que es un tipo cortadillo no se percataba mucho de la innumerables fichas que La Sombra le lanzaba. Claro que ahí estaba yo, cogiéndolas al vuelo y desviándolas. Esa noche no iba a follar nadie como que me llamaba Cam (Já, pobre crédulo de mí). El Dorado, perspicaz me retiró a la cocina y me advirtió:

-Cam, no hagas nada. No pasa nada, estoy bien. Si se gustan y se quieren liar que lo hagan.

-No. No estás bien. Y si puedo evitar hacerte pasar un mal trago lo haré. Odio cuando traes alguien nuevo a casa y se convierte siempre en un devorahombres.-Me lo estaba tomando ya como algo personal: Yo y mi afán de revolución.

-Gracias Cam, pero no hace falta.

No le prometí que no haría nada. Pero a lo largo de la noche apenas hice un esfuerzo para evitar aquello: la cosa se torció solita.

Ya en la discoteca, La Sombra (bailarín por afición pero de los buenos) y yo hicimos buenas migas porque el retorcer nuestro cuerpo al ritmo de la música se nos daba bien. Cuando veía que intentaba perrearle a El Crush yo intervenía y El Dorado simplemente lo miraba todo con cierta melancolía.

Fue en la barra cuando toda la historia giró dramatiCamente.

El Crush que tonto no es, se percataba de que algo pasaba.

-¿Qué le pasa a Dorado. Ha estado toda la noche sin hablarme… ¿Le gusta Sombra?

-Algo así.

-¿Por eso está molesto conmigo? Yo con Sombra sin más, es guapo pero vamos que no quiero que Dorado esté mal.

– A ver, Crush, cariño le gustáis los dos y se siente confundido. No debería decírtelo pero es que está situación parece de Sitcom.

-Vaya.. ¿yo a él? Ya me parecía que me miraba mucho. Pues no es mi tipo. Lo siento.

-Ya ya nos hemos dado cuenta, por eso te tenemos como amigui. De todas formas creo que eres complicado con los tíos… No sé cómo te gustan en verdad.

-Pues mira hasta hoy, de todos los que me habéis presentado solo me había llamado la atención uno.

-Ay, ¿Aparte de Sombra? ¿Quién? -pregunté yo curioso, echando el redbull en el ron (cuándo bebía ron)

-Tú.

Tuve que beber después de aquella respuestas un trago tan largo como me fuera posible.

-¿Perdón?

-Sí. Siempre has sido el que más posibilidades ha tenido…

Sus ojos avellanados se clavaron en los míos con todo un montón de expectativas haciendo destellos entre ambos. Dos rostros demasiado cerca en mitad de aquella multitud, escudriñándose en una reciprocidad con la que no contaba. Llevaba una mala racha, había invertido demasiado tiempo en competir contra El Dorado en innumerables ocasiones, la falta de sexo, el exceso de alcohol… Bebí otro trago largo y volví a mirarlo en un silencio demasiado largo. El Dorado no estaba, fumaba fuera junto con La Sombra… Un beso no significaría nada. Un beso de aquel caballero de brillante armadura que me había elegido en aquella paleta de colores como el adecuado. Un beso que mejoraría mi malestar general, un pequeño triunfo ante El Dorado y ante el mundo. Un beso transformado en un capricho, para matar el gusanillo.

Le besé. Le besé como si se me hubiera olvidado besar y él me lo hubiera recordado todo en ese momento. Todo su perfume se quedó en mi nariz el resto de la noche e hicimos como si no hubiera pasado nada.

Aquella noche entre un robo, la borrachera indecible de El Dorado y un montón de casualidades, El Crush y yo nos acostamos. En casa de El Dorado. En su cama. Sí. El karma de alguna manera se había puesto de mi parte y había hilado aquella oportunidad para devolverle a El Dorado lo que me había hecho con Mambo. Porque sí, al terminar, cuando encendimos la luz y fuimos conscientes de lo que acabábamos de hacer supe que quizá ahora me tocaba a mí empezar a resurgir. Aunque también sopesé que quizá me estaba metiendo de nuevo en berenjenal.

La Sombra boicoteó , sin saberlo, todas sus oportunidades con El Crush, pues nunca llegaron a congeniar. Sin embargo, su amistad con El Dorado se hizo cada vez más fuerte una vez se enteraron por mi parte de lo ocurrido aquella noche.

La imagen que tantos problemas causaba en mi cabeza, enfatizada en una noche absurda de viernes. En el momento no lo vi, pero cuando los tres comenzamos a pasar más tiempo juntos pude notar que las cosas iban enrareciéndose.

La Sombra dejó de tener opinión propia, pues sus decisiones y respuestas giraban en torno a lo que El Dorado dispusiera: dónde ir, cuándo ir, esperaba siempre a ser invitado por él. Nuestras conversaciones casi siempre estaban mediadas con El Dorado de por medio y yo lo notaba, pero pensé que algún día tanta tontería se acabaría.

Pues no.

Lo que me llevó ya a la incomodidad absoluta fue el día de su festival. La Sombra baila y el día que celebraba su final de curso, haciendo la muestra en un escenario con su clase, asistimos El Dorado y yo. ¿A que no adivináis quienes más asistían? Sí, ahí me encontré con Meyer y Mambo. ¿Desde cuándo eran ellos también amigos suyos? Me rechinó tanto.

Algo no me cuadraba y con el tiempo comencé a notar cosas raras que se esclarecieron cuando viajamos a Valencia de vacaciones La Sombra, El Dorado y yo.

Aquellas vacaciones marcarían el fin de toda esta laberíntica historia, de relaciones perpendiculares y nefastas, de toxicidad indeseada y la liberación absoluta de la prisión formada con barrotes llamados en aquella época, amigos.

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