Sucedió en Madrid pero con Manhattan

Se llama así porque me recuerda a la ilusión que tenemos todos si viviéramos ahí. Una isla llena de luces, velocidad y cantidad de rostros y aventuras. Todo puede pasar ahí. Pues con Manhattan ocurre exactamente lo mismo: con él todo puede ser posible. Desde odiarle con todas tus fuerzas, hasta acabar con él en una piscina a media hora de Madrid un día cualquiera de agosto, en una piscina para nada pública.

O ¿quién sabe? Recibiendo un bombardeo de huevos a la salida de Delirio.

O ¿En un trío?

Sí, Manhattan le viene que ni pintado como nombre a este señor. Claro que con él se hace real aquello de Dios los cría y ellos se juntan. Si yo os contase… porque sí él es un manojo de (im)posibles aventuras, resulta que yo soy un 75% drama.

Imaginaos.

La historia con Manhattan comenzó de una manera muy distinta a como os podéis imaginar. Nuestra amistad no empezó como una amistad casual ni como algo que yo deseara. No, yo odiaba a Manhattan por encima de mis posibilidades y todo porque durante el primer minuto en el que me lo presentaron, supe que el infierno tenía dos tronos: el mío y el suyo. Y como celoso y controlador que soy con mis terrenos, no podía permitir dividir mi reino.

Además, cuidarme a mí de cualquier amenaza externa era fundamental. Por alguna razón, mi esfuerzo por remontar en la inercia de vivir me obligaba a protegerme contra aquello que sintiera como negativo. Supe en el minuto uno en el que intercambiamos una mirada que detrás de él venía algo negativo.

Le conocí un viernes de Cuenca Club, (qué raro ¿verdad?) me dirigía a casa de El Dorado en aquel nefasto intento de mantener viva nuestra amistad, condenada desde hacía varios meses ya toda esa historia que ya sabéis). Iba vestido de rojo (camiseta de manga corta, marcaFitch) y como quiero darle a todo esto una simbología propia del destino, ¿cómo no iba a tomarle como un rival cuando llevaba el color de un líder nato?. Dos mentes dirigentes apenas podrían llevarse bien a menos que llegasen a un acuerdo. Y así lo comprobé. Quizá yo vea en las personas actitudes propias de los personajes que yo mismo creo, pero creedme, si alguien dirigía el cotarro en aquel momento, era él. Todo el círculo que habitaba aquella habitación en torno a la mesita donde descansaba el alcohol, obedecía únicamente a lo que él dijera. Bueno a él y a El Dorado. Como un reino absolutista dirigido por reyes nacidos en el despotismo. Comprendí que poco podía competir con él y que El Dorado a partir de entonces se convertiría en la Primera Dama, en la Reina Consorte, en un invicto de la aristocracia madrileña (¿no sería yo un infantil y un poco fantástico? Pregunto).

Qué absurdo.

Manhattan conocía (y conoce) a todo el mundo. Era (y es) una auténtica celebridad en el ambiente. No hay nadie (o muy pocos) que no le conozcan y no es porque tenga una larga lista de amantes (que también) sino porque además de esos grandes ojos invadidos de primavera y esa sonrisa mefistofélica, posee una personalidad a mi parecer inolvidable y no siempre en el buen sentido. Además de un característico peinado que recuerda mucho a un dibujo anime o alguien muerto por meter la tostadora en la bañera.

Siendo VIP en Cuenca y conociendo a quienes conocía, observando a cada paso que andábamos, como un sinfín de sonrisas y miradas le revestían como a una auténtica figura pública, mientras yo recibía codazos y algún que otro pisotón, comprendí que nada podía hacer. En mitad de la marabunta, él se presentaba como el ojo del huracán, con la mano cogida de la de El Dorado, caminando entre los pasillos que les formaban las personas. Iban escoltados por el resto de sus amigos que caminaban siempre en la dirección que nos indicaban, viendo como le cargaban más las copas y le atendían el primero en la barra. Imaginaba en las miradas suspicaces de quienes observaban a la pareja, un anhelo dormido por ser la pareja del otro o por pertenecer al círculo de acólitos que los perseguía en completa ceguera. Nunca algo tan ficticio y tan inverosímil cobraba vida ante mí con tal contundencia.

Mi cabeza y mi torpe intuición en aquel primer minuto en el que alcé la cabeza para mirarle a la cara, acertó: él sería un Goliat de la noche contra el que no había David.

Durante un tiempo esa fue mi sensación. El Dorado era invitado a conciertos y eventos de otras pequeñas celebridades del ambiente y fotografiado por alguna revista o red social relevante, solo por ser el novio de quien era. (Aún puedo recordar aquella foto preciosa de ellos dos sonriendo mientras la luz del escenario los iluminaba). Miles de likes, decenas de seguidores, todo el mundo quería conquistarlo. Todo el mundo deseaba a El Dorado y solo una persona le tenía realmente en su vida: Manhattan.

Mi odio empezó cuando me dijeron su nombre por primera vez, pero este aumentó a medida que su relación crecía con mi mejor amigo: le estaba perdiendo. Lo notaba. El Dorado ingresó en un ostracismo romántico en el que solo existía Manhattan y su cama. Ya no había tiempo ni espacio para nadie más. Y como yo no disimulaba mi desagrado por Manhattan tampoco era muy bienvenido en sus históricas fiestas.

¿Cómo iba a alegrarme por la primera relación funcional que tenía El Dorado? No podía. Quizá fuera mi envidia patológica de que El Dorado pasase de Cero a Héroe en el tiempo que dura un beso con Manhattan. O sencillamente (como explico en el capítulo de Audrey y Marylin) El Dorado me estaba dejando un vacío gigante en el pecho y era inevitable que me doliera tanto sentir que ya no éramos los mismos.

La sensación de que Manhattan no era buena influencia para mi amigo aumentaba, pero yo no podía hacer nada. No podía interferir de nuevo en su relación. Debía dejar de preocuparme.

Poco después, empezó mi absurda competitividad. Ícaro y yo debíamos ser mucho más felices que ellos y a veces me esforzaba demasiado. Siempre creyendo que mi relación debía ser la mejor. Bree Van de Kamp influyó de manera negativa. Llegaba a clase con una sonrisa de Cheshire y soltaba algo apasionante que me hubiera pasado con él. La dulce arrogancia de El Dorado venía acompañada de un asentimiento condescendiente y cortés y por supuesto, una gran historia sobre el inusual arte que Manhattan tenía entre las piernas. Algo con lo que podía sobrevivir sin saber. Mi competitividad entonces se veía acrecentada, impulsada, llevada al extremo.

Nunca sabré del todo si Ícaro, mi fiel cómplice y seguidor en todos mis intempestivos planes de vida, era del todo consciente de mi imperecedera insatisfacción. Solo puedo asegurar que nunca se rindió conmigo y que por descabellado que fuera alguna de mis ideas, él estaba ahí para hacerlas posibles. como dije en su día, éramos Bonnie & Clyde huyendo haciala muerte. Hacia un destino fatal.

¡Cómo adoro los romances fatales!

Soy así: una cinta de producción de piezas rotas con funcionamiento nefasto y usos al azar. Un ciclón de emociones ásperas dispuestas a arrasar el mundo que le rodea.

“Soy tierra quemada. Peor, soy una puta cerilla y un bidón de gasolina”.

La Casa de Papel

Por ese entonces llegó mi irritación máxima: fuimos Ícaro y yo bendecidos por Manhattan. Adoraba nuestra relación y ellos querían tener lo mismo. Al menos recuerdo que El Dorado me dijo algo similar.

Pero claro, yo llevaba entonces cinco años en una relación más que establecida, y ellos ni siquiera cumplirían los cinco meses. O así lo vaticinaba en mi mente día sí y día también. Conocía a El Dorado tanto como me conocía a mí mismo: me sabía de memoria el esqueleto de sus emociones y la circulación del organismo que formaban todos sus traumas y represiones. Aquella relación iba demasiado bien para ser él y por algún lado debía explotar.

Como todas las cosas grandes, la caída fue estrepitosa.

El Dorado, me comentaba que Manhattan no era tan adorable como parecía. Que tenía un carácter más bien inflexible y que los problemas de cama eran demasiados. Comenzaron los agobios y su extravagante duda de si yo le gustaba. De si podía superar aquella atracción que nos imbuía en silencios incómodos y en el cuidado permanente de no quedarnos a solas. Estando en una relación monógama, que uno de los participantes de dicha relación sienta algo por otro, ya es motivo de ruptura. Al menos eso pensé en su día.

Al tercer mes,yo ya me estaba haciendo a la idea de compartir a mi mejor amigo, el único que me entendía en este mundo. Ya que con Mambo duró dos meses y el primero ya tenían problemas. Y resulta, que él ya se estaba haciendo a la idea de romper con aquello. La Casa Blanca de Cuenca donde eran el matrimonio perfecto, Los Novios por Excelencia, El Reinado de Don Perfecto y su Exitoso Esposo, no estaba hecha para él, y saludar y sonreír como un florero, menos. Porque en eso se había convertido la sensación rubia de mi mejor amigo. En alguien que se esforzaba demasiado por parecer feliz y caer bien al resto de distritos que rodeaban las inescrutables calles de Manhattan. Ser políticamente correcto era su objetivo, pero la política y las buenas apariencias no están hechas para todos, no todo lo que brilla es oro.

Finalmente lo dejaron tras un periodo de discusiones, malentendidos malintecionados, un ataque de ácaros y el simulacro de unos cuernos que nunca ocurrieron porque yo frené cuando debía. (Sí, soy de los que respetan relaciones ajenas a aunque en Cam el Destrozahogares creáis lo contrario).

Todo esto antes de yo darme cuenta del círculo de mierda que aún estaba por caerme aquella fatídica semana de junio de 2017 en Valencia. Quedaban desde entonces tres meses. La cuenta atrás para abandonar a toda la Chupipandi (término acuñado más tarde por Manhattan y yo) había empezado. Las cartas que una vez empecé seguían siendo vestidas de sentimientos entre lágrimas.

Fue cuando volví de todo aquello, pasado el World Pride, que me dio por cotillear la cuenta de Instagram de Manhattan. Todo porque seguía a unos conocidos que resulta que también lo conocían y salían con él de fiesta (qué raro, en el ambiente gay de Madrid nos conocemos todos, ¿cómo no?). Me entró curiosidad. Si yo los conocía del mismo modo que el, es que a lo mejor yo tampoco me quedaba atrás en la escala de popularidad. No obstante, ¿tan popular era aquel muchacho de 24 años con su excéntrico peinado? Ni siquiera me parecía tan guapo. Con todo lo que me contó El Dorado de él, la curiosidad fue en aumento. ¿Cómo alguien que se porta tan mal en un noviazgo puede ser tan tremendamente querido por tanta gente? Me hice muchas preguntas que solo una persona podía contestar: Manhattan.

Nada me impedía corroborar su parte de la historia. Quería conocer el lado de El Dorado que se me privó en su día cuando comencé a perderle del todo. Además, si hay algo que no podía evitar, era un buen salseo. Y vaya Manhattan tampoco podía.

Me lancé al vacío sin paracaídas y le solté un comentario en una de sus historias: Das miedo.

Esas dos palabras abrirían aquel 7 de julio una vereda a un centenar de dramas, aventuras y borracheras.

Quedamos para tomar una cerveza en aquel sitio del que tanto os hablo: el Cosmopolitan Enjoy (que ahora que lo pienso el nombre viene fetén para todo el glamour de esta historia). Actualmente, como empleados y como clientes, nuestro Central Perk.

Tuvo suerte de que me gustase por fin la cerveza. De costumbre, llegué tarde y como darle una primera impresión me la sudaba, decidí legar tarde pero arreglado. Y sabéis que casi nunca salgo a la calle sin arreglarme, como consejito del día, es una manera de estar preparado. Nunca sabes si vas a conocer al amor de tu vida en el metro o si volverás a pisar tu casa esa noche. Me esperaba en una actitud relajada con su metro y medio de piernas cruzadas escuchando música. La música. Si hay algo que pueda materializar a Manhattan una vez se desvanezca como mortal, es la música. Le saludé y no recuerdo si le di dos besos o me senté sin más frente a él. Cuando quise darme cuenta le estaba contando todo cuanto había ocurrido con su ex y él, cínico como es, me escuchó disfrutando de mis estrafalarias situaciones (de alguna manera todos estos textos que hablan de su ex y la Chupipandi ya se tejían en mi cabeza) Me contó, con pruebas y argumentos sólidos, su versión de la historia, su perspectiva de la relación. El lado inhóspito que ocultaba su Reinado Perfecto. Mr. Manhattan y la Primera Dama eran felizmente públicos y algo nefastos en privado. El Dorado quizá no fuera del todo sincero o sencillamente su poderoso carisma y mi corazón en cicatrización quisieron creerle. De cualquier manera, observé, entre sus dientes perfectos y sus enormes ojos, que detrás de Goliat se escondía un ser humano decente , o al menos, divertido.

Aquella velada terminó pronto, pero no sin antes escuchar esta frase de su boca:

-Esta noche saldremos de fiesta. Vente, quiero que seamos amigos. Amigos de verdad.

Mis intenciones eran claras: no. Yo solo buscaba respuestas, no amigos. ¿Quién quiere empezar una nueva relación cuando todas las anteriores te han decepcionado?¿cuando has caído al abismo de una soledad inmerecida en mitad de tantos puñales?

Me pasé el resto de la tarde pensando en su proposición. Delirio y Manhattan. ¿Tenía algo mejor que hacer aquella noche? No. ¿Estaba solo, aburrido, en paro, con un novio fuera del país y toda una ciudad dispuesta a vivirme? Sí.

Una vez más, sin ser la piscina de Valdemorillo (anécdota que ya os contaré) a las seis de la mañana, me lancé.

Para mi suerte, no solo había agua sino toda una fiesta bajo el mar.

Y menuda fiesta.
Sellamos aquella noche con una borrachera de ginebra y un largo beso. Los dos quedamos marcados y atados por un hilo que más adelante nos hizo comprender que quizá el Dorado solo fuera un balsa que uniría nuestras tierras. Que quizá estábamos destinados a conocernos pero que la vida nos había presentado de esta manera solo para hacerlo todo más divertido, extravagante u original. ¿Quién iba a decir que aquel gigante con camiseta roja que conocí en diciembre del 2016 y al que tanto desprecié por su actitud (parecida a la mía) sería hoy siete de septiembre de 2018 un miembro relevante y necesario en el caos que es mi vida?
Después de aquello, el ex de mi ex-mejor amigo, pasó a ser mi amigo. Actualmente, uno de mis mejores amigos, miembro central de nuestra Triada, la Holy Trinity de los Popperpuff Gais junto con Black Winter. Somos como el Ejército Escarlata, Las Totally Spies, Vicenta, Concha y Marisa… Todas juntas. Nos pasamos la vida salvando el mundo del aburrimiento, salvándonos a nosotros de nuestros muros de hormigón y siendo por completo Inolvidables.
Se podría decir que Manhattan no fue una relación Imposible, sino el resultado de otra, al menos en julio. Cuando llegó septiembre supe que algo iba mal cuando no podía decirle que no a nada. Sus propuestas en continua creatividad me parecían sencillamente indeclinables. Estaba él y estaba yo. No necesitaba más que esa mirada de niño eterno y esa sonrisa taimada. Supe que algo, aquel siete de julio, se había roto en el espacio y el tiempo cuando por mi mente se cruzó hablarle. Cuando por su mente se cruzó contestarme. Cuando llegamos al acuerdo de vernos. En septiembre regresaba Ícaro y fingir que Manhattan no siginificaba algo para mí, no era una opción. ¿Volvía a encontrarme en la misma situación que con Satélite? Sí. Pero esta vez el planteamiento era diferente: todos nos atraíamos bajo los mismos matices. En esta ocasión, conocimos Ícaro y yo la serie YouMeHer y todas las teorías sobre el poliamor que un día discutimos resurgían de nuevo. Para casi nadie es un secreto que me lo planteé convencido de que podría funcionar: Ícaro, Manhattan y yo.
Manhattan e Ícaro se entendían. Tenían complicidad. Se atraían y se gustaban. Yo los tenía a los dos. Todo era recíproco. ¿Por qué no?
Por supuesto todo esto pasaba por mi cabeza día tras día creyéndome realmente que yo no tenía ningún problema, que podría poseer el mundo entero teniéndolos a ellos. Los quería. Pero a finales de este mes ya había aparecido el Huracán Patronus que daría fin a todas mis historias. El último de los Imposibles que me impulsaría a hablar de todos los anteriores.
El último día que yo pasaría siendo el novio de Ícaro, cuatro de octubre, pasamos la noche con Manhattan. Los tres emprendimos en harmonía el viaje a nuestras profundidades erógenas. Bailaron nuestras lenguas y nos sometimos a los instintos más básicos de la lascivia. He de admitir que fue un trío con demasiadas pasiones a flor de piel: me entraron celos, me entraron dudas, exploté como un fuego en mitad de aquel tango de tres y los quemé durante algunos minutos. Pero la carne es débil y el que acabó sucumbiendo al placer de aquellos dos héroes, fui yo. Héroes porque ambos llegaron a salvarme en momentos que ni yo mismo era consciente de mis peligros.
A partir de aquí, Manhattan y yo nos despedimos esa mañana del cinco de octubre de 2017 de Ícaro que regresaba a Escocia. Lo que ninguno de los tres sabía era que ese adiós sería para siempre. Pues nuestra relación, nuestro tripartito idílico, nuestras posibilidades de enamorarnos los unos de los otros y de saber qué pasaría si… se fueron a la puta semanas más tarde. Ninguno avistó la tormenta que se nos venía encima y que cayó, en primer grado, sobre mí.
Hoy, Manhattan y yo mantenemos una relación Posible. El único final feliz de todas estas historias y al que no tengo intención de renunciar. Él y Black Winter, mis editores asociados (pues me revisan cada texto que publico) son mi tabla de salvación ante tanto desastre emocional, tanto romance fallido y tantos océanos de Imposibles. Hoy puedo decir que esta entrada se implanta como un híbrido entre los Imposibles y los Inolvidables. Es el puente para entender que la vida tiene bifurcaciones que no siempre llevan a los abismos, a veces te llevan a un bar donde la música lleva los pelos de punta y la ironía, sombra de ojos.
¿Qué sería yo sin ellos?

12 comentarios sobre “Sucedió en Madrid pero con Manhattan

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