El debut de la joven Jenny Humphrey

Hace ya varios meses realicé este Momento una madrugada de puro aburrimietno haciendo un pequeño análisis de los personajes de Gossip Girl comparándolos con la vida del ambiente gay en el que me muevo cada viernes por la noche. Me viene genial traerlo a colación, con la explicación de mi punto de vista de lo que es ser una Jenny Humphrey:

Ya de paso me hago autobombo para que os paséis por mi Twitter que no es más que el reflejo de mi patetismo.

Bien, todos conocemos la historia de El Dorado que en resumidas cuentas se trata de un relato cargado de toxicidad, competiciones absurdas y dramas de noches de fiesta. A él volveremos más adelante. En esta ocasión os voy a presentar a otros personajes que contribuyeron a la época más oscura por la que he pasado.

(Un año ya de esta….)

Conocí a Mambo un jueves de marzo, si no recuerdo mal. Era previo a la Semana Santa y Madrid se presentaba inhóspito, frío y oscuro. La primavera aún no se había presentado y mi humor lo estaba notando. Las pocas amistades que tenía en aquel 2016 viajaban a ver a sus familias y yo me quedaba aquí: sin planes.

Mambo y yo conectamos al momento. Le conocí en una de las tantas redes de contactos que existen y quedamos frente a El Ejército de Aire, en la Calle Princesa. He de decir que yo fui muy desganado porque en fotos el chico tampoco es que me gustara demasiado, pero oye, no todo es sexo. Al verle persona me dije: ah pues no está tan mal. Recorrimos Moncloa hasta acabar sin querer pasando por donde trabajaba Ícaro. Por supuesto entré a saludarlo y le di un beso. El uniforme que llevaba lo convertía en alguien completamente irresistible para mí. Supongo que aquella escena perturbó a Mambo, pues quedar conmigo y que yo le presentara a mi novio a los cinco minutos, quizá no fuera muy justo por mi parte. A mí me pareció gracioso. Finalmente seguimos caminando hasta dar con un lugar que nos llamó la atención. Esa fue la primera vez que entré al que ahora es mi actual puesto de trabajo Cosmopolitan Enjoy. Ahí, supongo que el destino se estaba encargando de atar cabos y unir hilos para traerme a mi vida actual.

Mambo era espontáneo, directo y divertido. Tenía unos enormes ojos oscuros que transmitían esa bondad propia de quien está hecho de puro amor. A la vez, tenía una fórmula de picardía y descaro que me recordaba a alguien. La barba, la estatura, su forma de moverse y de caminar. Todo me traía el recuerdo de alguien anterior y no sabía muy bien a quién.

Nos perdimos en los entresijos de Chueca, borrachos como no, hasta acabar en un pub al que no he regresado. Bailamos y nos cansamos hasta caer rendidos el uno en la boca del otro. Mi relación abierta me permitió transmitirle a Ícaro mis conclusiones de aquella noche. Mambo me caía genial y habíamos congeniado de una manera que no creía posible. Empatizábamos el uno con el buen rollo del otro. Nos reíamos muchísimo y era como si de repente, nos conociéramos de toda la vida. O de otra vida. Finalmente Ícaro me despejó mis dudas: Mambo era la versión madrileña de Satélite. En ese momento de revelación tenía que haberme dado cuenta de que me traería problemas haberme fijado en alguien que se parecía tanto a un Imposible anterior. Pero no lo hice. de hecho insistí aún más en mantenerle en mi vida.

Mambo y yo continuamos nuestro flirteo durante días pero no llegaba nunca a pasar nada. Nos encontramos en Cuenca Club en un par de ocasiones y bailábamos en esa tónica sabrosona de quien disfruta el reggaetón como si fuera su último baile. Algo que con El Dorado no podía terminar de vivir: él era demasiado blanco para moverse como yo. Mambo por el contrario, estudiaba Arte Dramático y Musical, si no recuerdo mal y se notaba su talento. Con el tiempo a Mambo y a mí, con nuestra conexión y lo cercano que nos habíamos vuelto, nos pareció una gran idea unirnos en un grupo. Él también tenía un mejor amigo del mismo modo en que yo tenía a El Dorado. Así que un viernes noche decidimos que los cuatros podríamos ser los siguientes Hombres Desesperados. (Título que ahora que lo pienso hubiera cuadrado muy bien en esta entrada).

Así llegó a mi vida Meyer. No hay que ser muy listo para saber de dónde viene su psedónimo. Susan Meyer en Mujeres Desesperadas (mi serie favorita de aquí al fin de los tiempos junto con Friends (que irónico todo)) es el personaje torpe y pizpireta al que le va mal en el amor. Bueno pues Meyer de torpe y pizpireta poco, más bien solo le iba mal con los tíos (bienvenido al club le diría ahora). Meyer era bastante estirado para mi gusto, distante y emocionalmente innaccesible. Al menos conmigo nunca terminó de encajar. Existía una pared invisible en la que las aristas de su personalidad y los vértices de la mía, no cuadraban. No queríamos encontrar un amigo el uno en el otro, por mucho que lo intentásemos. Es como si los dos supiéramos que nuestra relación estaba destinada al fracaso absoluto. Sin embargo él y El Dorado congeniaron como si de dos gotas de agua se tratara. A mí me pareció bien, yo tenía a Mambo y al final los cuatro sabíamos convivir entre nosotros. Tampoco es que le viéramos demasiado. Era un alumno de sobresalientes (y matrículas) que trabajaba en Zara Home. Era el amigo más ausente de los cuatro, con lo que se unía muy pocas veces a los guateques.

Fue divertido.

Creí que al final tendría mi grupo de amigos gais con el que conquistaría el mundo. Con el que quedar para tomar vino y charlar hasta que la lengua cayera rendida sobre nuestros maridos o nuestro futuro. Al fin un grupo de personas con las que ser yo, con mis inquietudes intelectuales y culturales. Personas con las que amanecer entre risas y decir orgullosamente: Mamá, mira estos son mis amigos.

Pues no. Los cuentos de hadas nos lo podemos meter por…

El caso es que debo dejar claros algunos puntos:

El Dorado y Meyer encajaron en gran parte porque el primero quería liarse con el segundo de la misma manera en la que yo, fugazmente, me había enredado en los brazos de Mambo. Pero al final entre ellos nunca ocurrió nada porque entra en juego un quinto en discordia: Chuck Brown.

Chuck Brown, compañero de piso de El Dorado y del que ya os hablé en la entrada anterior a esta. Chuck Brown era el típico romántico empedernido, con tendencias a la introversión y al autorrechazo. Incapaz de ver sus puntos fuertes recalcando así los débiles. Un joven al que su madre le seguía vistiendo y que no había roto un plato en su vida, literalmente. Todo lo que fuera saltarse las normas, era un rechazo absoluto para él. Quizá por eso no terminé de caerle bien o quizá El Dorado nunca permitió que nos llegásemos a caer de alguna manera. Chuck Brown y yo tuvimos nuestros momentos de confianza, de charlas íntimas y de borracheras conjuntas. Bailes en Cuenca y hasta fotos juntos, pero en el fondo de mi pecho, consumido como un susurro de inseguridad, sabía que él y yo nunca seríamos amigos.

Él y el Dorado mantenían una atracción dormida. Una complicidad tácita. Un romance Imposible del que no puedo hablar más por respeto que desconocimiento. Solo puedo decir que si uno se enamoraba de otra persona, el otro sufría de alguna manera que nadie sabría explicar. Y todo porque, tal y como yo lo viví, ninguno era capaz de ser honesto y expresar abiertamente lo que sentían. Bueno, no todos podían ser como yo (primer problema en toda esta amalgama).

Chuck Brown cayó rendido a los pies de Meyer. A la vez que El Dorado deseaba que Meyer cayera a los suyos. Creándose ahí una situación insostenible en la que El Dorado, digno como nadie, se retiró y aceptó que Meyer y Chuck Brown debían ser solo sus amigos. Lo que pasara entre ellos, les concernía solo a ellos.

Final inesperado: nunca pasó nada (que yo sepa).

Una retirada a tiempo es una victoria.

Napoleón Bonaparte.

(Mira me viene bien esta frase. Pues El Dorado estaba obsesionado con la vida francesa y con Francia en general. Además de que el francés era una lengua en la que se defendían muy bien él, Meyer y Mambo).

El caso, en este caldo de cultivo de enredos amistosos y tensiones sexuales no resueltas, Mambo y yo acabamos acostándonos por fin una noche fría de lluvia. Fue ahí cuando comencé a ver que Mambo me gustaba mucho. Me ponía, tenía buena confianza con él. Formaba parte de mi círculo íntimo. Congeniábamos. No me estaba colgando de él ni buscaba enamorarme. Pero oye, teniendo un amigo con el podía saciar mis ávidas necesidades vitales y con el que además, compartía otras muchas cosas, no me parecía mal. Aunque ya Ícaro me advertía que eso de acostarme con mis amigos no traería nada bueno y que a la larga sería un problema…

27 de abril de 2016.

Un año después de que Mambo y yo nos conociéramos y muchos meses después de que creásemos Hombres Desesperados como concepto de vida.

Ícaro y yo nos habíamos mudado. Ya no vivíamos con la Ladrona de Corazones. Esa misma mañana, él marcharía a Escocia y comenzaría su propia odisea de cinco meses. Cinco meses separados. La última prueba que nos quedaba por superar. En casi cinco años que llevábamos nunca nos habíamos separado tanto tiempo. Metidos en una relación abierta en países distintos. Él prácticamente incomunicado (por el lugar en el que trabajaba) y yo aquí sin saber mucho de lo que le esperaba. Todo un estudio (nuestra primera caja de zapatos) para mí solo. Recuerdo que aquella mañana yo volví a ese apartamento y me prometí no llorar. Pero lloré. Lloré muchísimo porque sentía que acababan de arrancarme un brazo. ¿Qué iba a ser de mí sin él tanto tiempo? Dormir solo en nuestro sofá cama, cocinar para uno, nuestras series (verlas por separado)… Yo no sabía ser sin él. Y aunque creáis que cinco meses no es tanto tiempo, en esta entrada veréis el daño que se puede causar en cinco meses.

Aquella noche quedé con mis amigos para despejarme. Recuerdo que entonces había empezado a correr para mantener mi mente ocupada y empezar a cuidarme, que ya sabéis que mi aspecto es primordial. Así que después de correr, un miércoles, El Dorado, Mambo y yo quedamos para tomarnos unas copas de vino. Meyer, como siempre, estaba estudiando o tenía que madrugar o algo de eso. Sin más. Asistimos al Más K Copas de Gran Vía donde nos tomamos varias copas de Chardonnay. Fue en mitad de esta tertulia en la que recibí la primera llamada de Ícaro anunciándome que el vuelo había ido bien. Que había llegado sano y salvo a su destino y que no me preocupara. Fue una llamada breve, pero a mí de devolvió el ánimo. Cuando quise darme cuenta estaba contento, no borracho, pero sí entonado. Fue en ese instante cuando a El Dorado y a Mambo les pareció muy buena idea que la fiesta continuara, así que acabamos en casa del primero.

Ya os dije que en la Calle Princesa se han vivido más acontecimientos de los que quisiera no hacer mención.

Nos acabamos todas las botellas de vino y cerveza que en esa casa de innumerables estudiantes había. Nos hicimos cuantas fotos nos permitió la cámara de Mambo. Salimos a la calle con albornoces y chaquetas pero sin pantalones, a bailar en mitad de la calle. A gritar. A hacer el tonto. Estábamos embriagados de alcohol y de felicidad. Nos teníamos los tres en ese momento. Yo los tenía a ellos. Sin vergüenza y sin tapujos, lograron sacarme de mi amargura temporal. Fue tal el punto de mi olvido y de mi borrachera que borré por completo el día en el que vivía: 28 de abril, cumpleaños de Ícaro.

En vez de felicitarle, o si quiera acordarme, volví con ellos al piso. Nos metimos en el cuarto de El Dorado. Jugamos hasta el primer bostezo del amanecer, hasta acabar los tres metidos en la cama. En lugar de ser el novio que debía ser, yo estaba borracho y sometido a una euforia general. Excitado por la atracción que existía entre ellos y yo. Siendo el esclavo una vez más de la lujuria y la inmortalidad efímera que proporciona hacer lo que todos saben que no está bien. Para más inri, aquel ménage a troi fue retransmitido desde los tres teléfonos por el entonces popular Snapchat.

Aquella noche no solo expuse nuestra vida sexual en público, no solo me olvidé del cumpleaños de mi novio, no solo me acosté con dos de mis mejores amigos. Aquella noche rompí normas que Ícaro y yo habíamos impuesto como obligatorias en nuestra relación abierta:

-No haremos tríos, ni cuartetos, ni orgías, ni cumpliremos fantasías por separado. Siempre estaremos los dos.

Muy bien Cam, muy bien.

Pero la gravedad del asunto no se quedaba solo aquí. Yo no solo fui partícipe, ni protagonista de aquel intercambio tentacular de afecto, fui el director de una unión completamente inimaginable.

Aquella noche caí en brazos terribles. Uní bocas certeras. Armé el puzzle prohibido donde la pieza que sobraba era yo. El maestro de ceremonias de las bacanales, perdía autoridad en su propio juego y a la hora de separar miembros, fue el mismo dios el desmembrado.
Las reglas cambiaron, y en aquella cama solo había dos almohadas, dos sábanas, tres cuerpos y solo dos de ellos libres.
¿Por qué oponerme?

-Texto escrito semanas después de lo ocurrido.

El Dorado y yo, hicimos frente a las publicaciones del trío con completa impunidad. Nos reímos, borramos las publicaciones y nos emborrachamos en ese San Cemento tan bonito en el que pasamos de asistir a clase. Cam necesitaba más alcohol y no había nadie que le impidiera emborracharse.

Con el tiempo pude comprobar que sabía convivir sin Ícaro. Por supuesto estaba muy pendiente de él. Constantemente le contaba mis novedades, y le ponía al día de mis dramas y mis borracheras. Era como si estuviera. Le enviaba mis textos y a veces le comentaba que Anatomía de Gray me estaba matando por dentro. En aquella ocasión el romance entre Cristina y Owen me recordaba tanto al de Ícaro y yo que llorar no era una opción, era una necesidad.

La época de exámenes la pasamos con éxito. El Dorado y yo seguíamos con nuestra vida de alcohol, Lucky Strike mentolados y vino, algún polvo esporádico, etc.

Mambo y yo seguíamos viéndonos. Durmiendo en alguna ocasión y riendo como siempre. Besos robados, pero nada de sexo.

Pasaron semanas hasta que noté en la mirada de El Dorado un brillo especial. Estaba muy pendiente del móvil de muy buen humor. Apenas tonteaba conmigo y el proponer vernos ya no le nacía con tanta asiduidad como antes. Comencé a tener sospechas de que quizá le gustara alguien.

Mambo nos pidió a él y a mí que posáramos para un sesión que tenía que llevar a clase. Nos había elegido a nosotros por ser inmediatamente opuestos. Porque El Dorado y yo salíamos bien en cámara. Porque hacía mucho que no estábamos los tres juntos…

Las fotos me parecieron divertidas. Pero en aquella habitación (en la Calle Princesa, ¿dónde sino?) algo había cambiado. Demasiados silencios, demasiadas pausas entre los comentarios. Casi parecía que no se me escuchara. Algo turbio se mascaba y yo, tonto no era.

Fue una tarde en la que salimos a correr el Dorado y yo cuando tuvo su gran debut, como yo lo llamo, como el alumno que superaba al maestro.

¿Por qué?

El Dorado se caracterizaba por ser alguien digno, con cierta superioridad moral, que no actuaba por espontaneidad. Que buscaba un pretendiente con buena posición, inteligente, con cierta cultura y cierta educación. Nuestra amistad se basaba en la completa honestidad y continua comunicación. Existía además una regla no escrita: los ligues de los amigos no se tocaban. Hicimos esto porque siempre acabábamos peleándonos por el mismo chico y en realidad era una tontería.

Él era la joven Jenny Humphrey que con el tiempo sería la Reina Jota.

Cam, siempre había sido el manipulador. El rey de lo prohibido. Hijo de la oscuridad que no pensaba, actuaba. El mal novio de la relación abierta que se liaba con quien quisiera y con quien pudiera. El mismo que había llevado a El Dorado a comportarse como él, a hablar como él, a pensar como él. Mucha gente veía en mí un maestro del mal y en El Dorado, un alumno de inocencia arrebatada. El Dorado en alguna ocasión me confesó incluso que a veces le daba miedo mi reacción ante ciertas cosas que pudiera contarme. Mi mal genio y mi mal carácter conllevaba a que me ocultara cosas por temor a mi respuesta.

Así era yo, una fuerza de la naturaleza imbatible y temida.

Yo era Blair Waldorf reina todopoderosa que desconocía su próximo destronamiento.

Aquella tarde, después de las clases, salimos a correr. Llevaba unos chupetones como estigmas en el cuello que yo le había realizado el día anterior. Tenía la mosca rondándome la oreja y necesitaba forzar la situación. Averiguar lo que estaba pasando. ¿Qué era lo que me ocultaba mi mejor amigo?

-¿Te ha dicho alguien algo por los chupetones?-dije yo.

-Bueno, sí…-contestó.

-¿Qué te han dicho?

-Pues me preguntaron quién me los había hecho. Dije que fuiste tú.

-Bueno, después del trío y de todo lo que han visto, ya no les sorprenden nada.

-Desde luego. Mucha gente me preguntó por Mambo.

-¿Ah sí? Anda.-mis sospechas comenzaban a punzarme.

-Me dijeron que era muy mono…

-Es que Mambo lo es. A mí me encanta. Ya sabes que a mí siempre me he gustado.

-Ya, lo sé.

Estaba siendo cortante. Recuerdo la conversación sino con exactitud en las palabras sí en intensidad. Cada vez corríamos más rápido y yo tenía el cerebro a punto de explotarme.

-¿Y a ti?

-Y sabes que a mí me gustaba más Meyer.

-Bueno pero eso era antes. ¿Ahora qué te parece Mambo?

-Cam, no quiero opinar. Sé cómo te pondrías si…

-No me importa que te guste Mambo.- Mentí-Ya hemos hecho un trío con él.

En ese momento, El Dorado frenó en seco y me miró con unos ojos que nunca había reconocido. Incluso le vi más adulto. Más seguro de sí mismo. Más alto y eso que me sacaba una cabeza. Su rubio brillaba con intensidad bajo el sol y varias gotas de sudor le caían en la frente. Yo tenía el corazón dividido y un fuego interior quemándome el pecho. No sabía a quién tenía delante.

Yo, Cam, propenso a las sorpresas, a los giros argumentales inesperados, a buscar finales insospechados, a jugar con las palabras, Rey del Drama, estaba ahí, indefenso. Porque aunque uno sospeche algo, el efecto de la verdad siempre resultará impredecible.

-Está bien. Mambo y yo llevamos quedando varios días. Un par de noches hemos dormido juntos y nos hemos liado.

El mundo se apagó a mis espaldas. El sudor dejó de molestarme. El Dorado, el guapo, el privilegiado joven de la Calle Princesa, digno de todo cuanto tenía acababa de darme en la cara con todo su poder. Ya no solo tenía el respeto de Meyer, la atención de Chuck Brown, ni mi profunda admiración sino que además, se había ganado el corazón de Mambo, el único de todos ellos que jamás me juzgó. Por alguna razón, aunque ya lo sabía, todo acababa de explotar frente a mí y lo único que pude hacer es bajarme de mi trono y reírme. Reírme mucho. Ahí, mirando a El Dorado.

-Vaya y yo creyendo que no matabas una mosca.

-Cam, por favor..

-No estoy enfadado, solo que… vaya. Se te ve siempre tan correcto, tan perfecto. Te has acostado con los dos a la vez y por separado. Tenías sexo por partida doble. Tienes chupetones míos en el cuello y aún así, él te sigue hablando mientras a mí lleva días sin responderme. ¿Qué se siente ahora que te pareces un poco más a mí?

Mis celos y mi envidia no podían actuar de otra manera más que así. Sabía que tratar a El Dorado como la mayoría de la gente me veía a mí, le resultaría tan hiriente que no volvería a caer en el mismo juego.

(O eso pensé).

Volvimos en silencio a mi casa.

-Cariño, tranquilo. Me lo he tomado al principio un poco mal. Ya sabes que soy un controlador. Esta noche quedamos todos y verás que no pasa nada.-Dije fingiendo comprensión.

-¿De verdad estás bien?-me preguntó

-Sí. Además puede resultar divertido.

Yo le dibujé una de esas sonrisas que con el tiempo tuve que aprenderme de memoria. Él me abrazó en uno de esos actos completamente impredecibles pero que nacían del fondo de su corazón.

Algo se había roto entre nosotros y ninguno de los dos quiso escuchar el crujido.

Los siguientes meses resultaron a partir de ahí completamente perturbadores.


Mambo fue el primero al que descarté de mi vida en noviembre de aquel mismo año. Nada más empezar el segundo curso de carrera. Era un viernes previo a Cuenca y en mitad de un botellón, le dije que él y yo nunca volveríamos a ser amigos.

Y nunca más volvimos a saludarnos.

Pero aún me quedaban cuatro personas más de las qué deshacerme.

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Foto realizada por Mambo a El Dorado y a mí.

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