Camdisea: El Arenal

El Arenal, desde cualquier perspectiva, ha sido inolvidable. Un experimento y el enfrentamiento a mi propia supervivencia.

Todo empezó con la sencilla pregunta de ¿por qué no? Total, en mi actual situación de estabilidad laboral, soltería y algo cansado de la monotonía, asistir a uno de esos eventos masificados del que tanto había oído hablar y que tan de moda estaba entre mis coétaneos y quizá algunos no tan jóvenes, no era tan descabellado.

El experimento constaría de un viaje hacia todo aquello que menos me gusta. Sí, soy un masoquista. Es decir, a convivir en un estado muy alejado de muchos de los privilegios de los que tanto disfruto: el aire acondicionado, la higiene y el aspecto de pulcritud continua, la tecnología, dormir bien… Vamos: una auténtica salvajada (sabéis que soy un apasionado de la exageración y del drama y para mí, tantas carencias era como lanzarme a la aventura de El último Superviviente).

¿Conciertos? ¿Playa? ¿Convivir tantos días seguidos con las mismas personas que nunca me habían visto un pelo fuera de su sitio? ¿Conocer gente que vete tú a saber qué pensarían de mí? Desde el día uno que decidí aceptar lanzarme al vacío de la expectativa, supe que mi estabilidad emocional ahí correría peligro.

La Troya de  mi indecisión estaba ya arrasada: no había vuelta atrás y el viaje a aquellos lares completamente desconocidos, eran más que inminentes.

Atestado de mis bártulos y creyendo asistir con todos los utensilios necesarios para mi supervivencia, me embarqué en un trayecto de tres horas hasta las inhóspitas tierras de Burriana (Castellón).

LA ESTAMPIDA.

Las primeras horas de espera resultaron agradables. Uno de mis compañeros de viaje (Richi) y yo intimamos con la que días después sería una personaje recurrente. Una camarera de un chiringuito que se abrió como un libro a contarnos sus experiencias amorosas fallidas. Conversación en la que intervine más bien poco. Hablar de mis Imposibles con aquella inocente gitana quizá hubiera supuesto la entrada a las profundidades de mi Hades (al que descendí más tarde). Y el viaje acababa de empezar, con lo cual, no era plan.

Tras un delicioso bocadillo de calamares, el primer litro de sangría y un necesario y refrescante chapuzón en el Mediterráneo, regresé a lo que sería una larga espera.

Caí en un profundo sueño, ahí en mitad del suelo, frente un centenar de personas, sobre mi toalla. Un día largo que aún no había terminado. Fue Richi quien me despertó y de un brinco, observé el panorama: decenas de ineptos corrían inspirados por la euforia y la estupidez hacia la puerta. Llegando desde los últimos puestos hasta los primeros con el descaro y la poca vergüenza de ponerse los primeros en una fila en la que llevábamos esperando mil horas (porque otra cosa no, pero en el Arenal el tiempo no tenía sentido, no pasaba o de repente corría, Cronos aquí nos devoraba o nos regurgitaba a placer). Bien, pues ahí estábamos unidos a la estampida de la multitud intentando mantener nuestro lugar, bajo la completa oscuridad, haciendo músculos con todas nuestras pertenencias en cada brazo. Extenuados en mitad de la madrugada en el núcleo de una vorágine de flujos humanos y torsos desnudos (y no, para nada erótico), nos robaron una silla con una desfachatez inefable. Ahí, en nuestra cara, con los primeros con los que habíamos fraternizado durante la larga espera. Y repito: larga espera, porque fue tan larga que repetirla varias veces no hará que vuestra imaginación se acerque a lo larga que fue.

A todo esto, mi entrada comprada en reventa me mantenía en la inopia y en la expectación punzante de: ¿Y si no entro? No fue el caso.

La estampida se convirtió en una masificación pausada de personas que se pisaban, se empujaban, cantaban y se enfadaban y todo al unísono. El mosqueo generalizado podría haber terminado de mala manera. Por suerte o por desgracia (sino tendría más que contaros) no fue así.

Finalmente entramos, y un grupo de trabajadores de buen ver tocaron mi muñeca para ponerme la pulsera que dejaría marca de bronceado el resto de esta experiencia, que me resultó de primeras, chocante.

 

LA TRIPULACIÓN

Tras aquella hecatombe estival de bienvenida y en mitad de la oscuridad, al fin montamos nuestras tiendas y atracamos en el que sería nuestro puerto de una semana. Empezamos la jornada con una buena Desperados y caímos en los brazos de Morfeo (al menos yo) mecidos ya por el cansancio, el hastío de la espera y el consuelo de estar al fin dentro del camping.

Nos despertamos con todo el sueño acumulado rodeado de varias tiendas más que, sin sospecharlo, guarecían a nuestros acompañantes. La travesía a la unión de nuestros lazos empezaría, tal y como yo lo viví, con el rumor andaluz de Raúl. Un joven heterosexual que poseía el océano en sus ojos y la bondad en su sonrisa. Con toda la educación y el acercamiento propio de Cádiz, nos preguntó si la sala de estar que había montada ahí en medio, nos molestaba. Porque sí, amigos, bajo aquel techado que fingía dar sombra en aquella estepa infernal, todos los que aparecen en esta historia montamos lo que muchas veces llamé: Nuestro Salón o Nuestra Sala de Juntas (como en Aquí No Hay Quien Viva). Poco después hicieron su aparición el resto de personajes y fui poniendo caras, que no nombres, a los que serían miembros de nuestra vecindad festivalera.

Hasta ahí mi relación con ellos. Primer desayuno a primera hora de la mañana, bajo un abrasador calor para despertarnos, aunque creo que nunca llegamos a dormirnos del todo. Y como entrada a aquel viaje, una Poolparty con el acompañamiento musical de Percebes y Grelos.

Empezamos bien.

He de decir que incluso riendo y acompañado de mis amigos yo me seguía sintiendo reacio. Había ido con la firme intención de no buscar nada, ni relacionarme con nadie. No estaba en mi salsa. Aquello era solo un experimento más de mi colección. Algo que debía hacer por el simple hecho de decidir si me gustaba o no. Y la decisión, bajo aquel sofocante sol, con las manos arrugadas por toda la humedad, andar con el mínimo de ropa y estar pegajoso, no estaba siendo favorecedora. Estaba cansado y la primera reacción  que tuve al llegar a nuestro Salón y encontrarlos a todos sentados en distintas sillas conversando fue la siguiente: me marcho a dormir. Y así lo hice.

Al despertar como una bestia durmiente que fui durante varios días, entre todas las variables incluidas en lo imposible, mis amigos y los vecinos habían entrado en el dinamismo que más tarde yo llamaría: fraternidad.

Una fraternidad que no me pertenecía porque acababa de llegar de la siesta. Tenía que conocer nombres nuevos, caras nuevas, hablar de mí en un momento de mi vida en el que ya no sé ni quién soy y en un lugar y en una situación de la que no me sentía partícipe.

Supongo que todas las primeras veces de nuestra existencia siempre están embadurnadas de incertidumbre y de eso se trataba, de despegarnos de la duda y explorar.

Seguía siendo de día y el calor nos azotaba en aquella primera charla comunitaria. Yo ya me había quedado prendado de Miguel, por su forma de hablar y esa mirada pícara, además de su hercúleo cuerpo, para qué nos vamos a engañar. Por supuesto todo desde la broma y el cachondeo que en aquella tribu de jóvenes de adolescencia perenne, se respiraba. 

Cuando quisimos darnos cuenta, ya era tarde. Ya nos habíamos prometido el primer botellón conjunto, creando un círculo de borrachos cómplices. Richi ya le había pedido a Juanpi (la persona con más magia para despertarse que he visto nunca) que le tiñera el pelo de verde. Yo ya había bautizado a Candela como el esbozo cercano de Lana del Rey, y había encontrado en José Carlos, un blanco fácil de guerra civil porque, ¿qué sería yo sin picarme con alguien? Raquel me había destapado todo su atractivo física e intelectualmente y Marina, en su silencio taciturno y sus intervenciones oportunas, con el tiempo sería el personaje que Manhattan y yo deberíamos rescatar del hastío madrileño. El mundo se había ocultado tras el ocaso en cuestión de horas y solo estábamos nosotros: un grupo de desconocidos dispuestos a conocerse con la mente abierta y el corazón expuesto.

El monólogo de Richi (con mejor acento latinoamericano que el mío o el de John)  selló entre risas los lazos y en mitad de la madrugada, fluimos.

Y así se pasaron los días. Nos hacíamos con la política en el desayuno. Queríamos cambiar el mundo a la hora de comer. Fuimos amigos, enamorados y filósofos cuando cayó la luna y al amanecer éramos familia.

Dani posee una mirada de infinita ternura y una leyenda que nos demostraba que los grandes amores se encuentran en los rincones más insospechados. Descubrí con Fran que poseo un gran respeto por los grandes atractivos y que desaprovecho mucho las grandes oportunidades: seguiré sin besarte aunque nunca te apartes. Descubrí que Talavera, la ciudad de donde provengo, tenía encanto en la brillante mirada de Cris. Reencontré mi gusto por los atardeceres al observar el pelo de Eva. Ana me salvó de la incomunicación total y aun me río con su mensaje: vayas donde vayas, hagas lo que hagas, cuida mi cargador. Mejor que acabar el mensaje con un quítate las bragas sí era.

La semana transcurría y ya formábamos parte de una dinámica magnética. Una rutina que nos encantaba, conocernos cada día con elementos tan simples como las erecciones mañaneras o dormir boquiabiertos en posiciones de contorsionistas en sillas de playa, y no pasar vergüenza. Era tal la comodidad que todo era de todos y entre todos nos salvamos de la deshidratación y de morir de hambre. Pusimos a prueba nuestras generosidad y nuestra preocupación mutua. De hecho Inés, Irene, Vega, Celia y Carla, en su infinita misericordia salvaron a Manhattan de morir de inanición, con su tortilla de patatas fría.

Cuidábamos unos de otros.

Las carcajadas siempre estaban a flor de piel aunque fueran mudas, como es el caso de Julia que perdió la voz en algún punto de este maremágnum emocional y etílico. Hablando de emociones, Sandra e Irene, mis vecinas adoradas, guardianas de mi tienda cuando yo no estaba, se volvieron cómplices de mis dramas cada día mientras cargábamos los teléfonos en el lugar gratuito y no tan secreto. Cuando nos dimos cuenta de que el último desayuno iba a ser el último, sólo les faltó llorar ahí mismo. Por cierto, besan como nadie. Me pasé la vida bailando. Me acusaron de ser un inquieto, incapaz de estarme sentado, y era verdad. Sino que se lo digan a la belleza inflanqueable de Paula que no recuerdo una sola vez que no nos viéramos sin mover las caderas.

Todas las mujeres fueron Calypsos etéreas en cuyos brazos nos atraparon en más de una ocasión. Con sus anécdotas, con su naturalidad, su espontaneidad, sus personalidades. ¿Cómo íbamos a querer escapar de tanta maravilla junta? ¿Cómo os voy a olvidar?

No sé cuántas cosas habrá visto y oído Pablo, el Romeo de nuestro Romeo favorito, John. Pero estoy seguro de que él y Lucía no se habrán sorprendido de lo que estos cinco locos (Manhattan, Iván, Richi, por supuesto John y yo) apasionados, beodos, fiesteros y de carácter huracanado les hemos desvelado. En todo caso se lo habrán pasado en grande.

Cinco días dan para mucho.

La vida no tiene repetición […] Estamos bien.

-Bad Bunny.

 

LOS LOTÓFAGOS Y LA CONCIERTOMAQUIA.

En la auténtica Odisea y no esta aberración que estoy relatando, los lotófagos eran habitantes de una isla que se alimentaban de loto. Al llegar la nave de Odiseo, estos ofrecieron loto a toda su tripulación y pronto todos olvidaron su patria y sus verdaderas intenciones de volver a Ítaca. Bien, no pienso hacer mención del loto que nuestro amigo Iván y nuestro amigo Manhattan decidieron ofrecer a todo el inocente vecindario. Loto que Richi apoyó ciegamente a su consumo en el cual yo también participé. Sólo puedo decir que en más de una ocasión todos fuimos partícipes de un subidón generalizado en el que el calor ya no fue un problema; la sangre bombeaba como si el amor palpable y denso corriera por nuestras venas y la música nos penetraba en parches de nuestra piel que no conocíamos. Aquel círculo endorfinado y de tintes amnésicos, impulsados por el alcohol y el tabaco, en el que todos los prejuicios y miedos fueron olvidados, nos acompañó durante todo el viaje y muchos lo llevaron a su lugar de origen. Olvidamos de dónde veníamos y simplemente fuimos juntos. 

Fue así como algunos disfrutamos de la Revolución Sexual de La Casa Azul. Sometidos a la sensibilidad extrema de nuestros sentidos. Concierto en el que nos podía haber matado una lipotimia de no ser la música nuestra salvación. Fue así como concebimos que ser Reinas con Jedet, resultaba mucho más que un concepto. The Tripletz me hipnotizaron al ponerme I Want It That Way  de los Backstreet Boys y ahí los efectos del loto se habían pasado. Pero yo lo di igualmente todo, incluso recibiendo miradas de desaprobación de los que estaban a mi alrededor. Y aunque con Beret y Maldita Nerea no lo tomé, he decir que no me hizo falta. Lo que corría por mis venas escuchando las letras de ambos, no se puede describir. Ni yo, aficionado a las hipérboles y a los entresijos más rebuscados de la lengua para expresarme, he encontrado forma de explicar lo que las canciones de ambos han engendrado en mí. No hay cuerpo que soporte tanta emoción junta. Alcancé la recta final de Rozalén en Comiéndote a besos, canción que desde aquí pido que sea escuchada y analizada porque lo que esa canción reclama y pide es tan importante y necesario que se convierte en vital. Activismos aparte, Dimitri Vegas consiguió que me interesara por una noche en un tipo de música que en un estado sobrio y formal, jamás aceptaría. Y durante varios minutos lo soporté incluso dándolo todo. Aunque ya sabéis que yo os bailo hasta las baladas de Nino BravoCon Bad Bunny, Latinoamérica se convirtió, una vez más, en la progenitora de grandiosidad. No es que el trap sea la revolución del solemne arte de la música, pero lo que aquel Conejo transmitía, era digno de respeto. El buen rollo que transmitió, su humildad y sus optimismo. La cercanía con el público, su arrollador carisma consiguiendo hacer que heterosexuales básicos de todas partes de España lloraran, gimieran y bramaran sus canciones con la misma pasión con la que yo me emociono escuchando a Florence and The Machine; haciendo a esos miles de personas partícipes de un solo movimiento; dirigiendo a todas las nacionalidades ahí presentes en una misma dirección, etc. Así fue, aquel cantante me liberó de mis prejuicios y me llevó a observar que existe una pluralidad de fascinanción tan amplia, que no soy capaz de concebir. Todo lo contrario a Bad Gyal. A ver, mi opinión con ella se encuentra en una doble moral. A diferencia que Bad Bunny, ella me gustaba de antes y me esperaba muchísimo más. He de decir que las condiciones en las que presencié su concierto no fueron las más adecuadas: En aquellas horas intempestivas bajo un sol genocida ávido de víctimas, yo era un charco que caminaba y todo dependía de bailar o morir y finalmente, uno de mis Imposibles. Estaba ahí, sin voz y con los ojos más rojos que mi roto corazón. Pero En Fiebre todo dio igual, esa canción significa mucho para mí, por absurdo que parezca. Siempre que la escucho recuerdo a Manhattan y a mí en la cabina de Cuenca Club dándolo todo, cuando él pinchó ahí el año pasado. Así que nunca dejaré de bailarla. De hecho olvidé que mi Imposible se encontraba ahí.

Hubo infinidad de conciertos que me perdí porque el sueño y la pereza me pudo, pero de eso va el festival: una celebración de todos los pecados capitales. Aunque no todos se hayan cumplido de la manera que esperáis: hay detalles que pienso llevarme a la tumba.

Déjame gritar […] hasta que ya no quede nada, nada más que los restos y deshechos de la eternidad.

-La Casa Azul

 

EL DESCENSO AL HADES

Toda leyenda que se precie debe tener un giro, una catarsis, un nudo, una caída  de su protagonista para que logre llegar a un final digno e inesperado. En el Viaje del Héroe o Monomito (tema que puse en conocimiento de la Tripulación en una de nuestras múltiples conversaciones) se habla del Abismo (muerte y renacimiento) del héroe que lleva a su posterior transformación (véase Cristo como  un ejemplo universal). Bien, pues el Arenal, tal y como yo lo viví fue eso: un viaje, un periplo. Un momento para descubrir partes de mí mismo; una prueba arrebatada a Hércules para demostrarme que puedo sobrevivir al chico que habita al otro lado del espejo.

Así fue.

Me tomé el viaje como un periodo de transición entre una temporada y otra de mi vida. Estaba en un momento en el que creer en el amor verdadero solo era posible en mis novelas; creer en mí mismo solo era posible cuando soñaba despierto; luchar contra mis manías supondría un reto que me llevaría a la neurósis y donde abandonar mi aspecto físico significaría la muerte de mi Narciso interior. ¿Quién era yo sin todo esto? Un mosquedado desconocido que hablaba con frases interminables con un léxico propenso a la pedantería. Un terrible anciano en el cuerpo de un veinteañero con ínfulas de antisocial que no creía en la eternidad efímera y que no tenía motivos para ser feliz. Con estos pensamientos y esta despiadada justicia con la que me defino, llegué a aquella celebración que duraría cinco días (o diez años, como lo queramos ver).

Estos pensamientos me estuvieron persiguiendo durante toda la travesía hasta las orillas de aquella playa, no os voy a engañar. Alejarme de mis demonios es como querer quitarme este moreno hindú que he obtenido, a tiras: doloroso.

Sin embargo, el Arenal me devolvió ciertas piezas que creía extraviadas.

En primer lugar, la magia. Beret y Maldita Nerea me recordaron, dentro de sus letras y sus canciones, que yo podía ser feliz. Y aunque quise cortarme las venas y entregarme al descanso eterno con Por el miedo a Equivocarnos y Vuelve , comprendí que tras esas dos canciones siempre venían canciones de puro optimismo.

Tengo el aire que respiro, recuerdos en el camino y un amigo con el que pueda hablar.

-Beret

Probablemente no encontremos el camino, pero nos sobrarán las ganas de volar.

-Maldita Nerea

Volví a creer en el amor o al menos, creer que quizá yo sea merecedor de encontrarlo, al ver las disferentes formas que adoptaba en aquel enorme círculo que era nuestra Vecindad.

Pablo y John, por supuesto, son el ejemplo más evidente. Como se miraban, como permanecían cogidos de la mano a pesar de que estábamos viviendo a dos metros del sol, porque con ese calor o éramos Mercurio o me mato. Pero luego, estuvo la historia, el mito, la leyenda que nos conmovió a todos de Dani y su romance. Una historia que no me corresponde contar pero que de ser mía, iría en la sección de Imposibles y sería sin duda de las mejores historias que nunca escribiría. Con ella, la de Richi, que aunque más breve, llegó a rincones de mi marchito corazón que creía no iluminados. Los ojos, aunque nadie lo vio porque Cam nunca llora en público, tuvieron su momento de humanidad. Se ahogaron en un determinado momento viéndose reflejado sino en la historias, en los sentimientos que en ellas se expresaban.

Por otro lado, sufrí un encuentro con mi frági autoestima en el concierto de Maldita Nerea al despertar interés en un desconocido que cantó conmigo cuantas canciones se sabía. Javier es su nombre y creo que si las circunstancias hubieran sido otras, si yo me hubiera mostrado más receptivo y si hubiera tenido un teléfono en condiciones, no se habría quedado solo en una anécdota. En un beso que nunca nos dimos y en ese abrazo que podría haber arreglado conflictos de Estados. Repito, si las circunstancias hubieran sido otras, hoy os estaría contando algo más interesante. Pero hay historias que no están hechas para ser vividas.

Descubrí en el concierto de Bad Gyal, que ser fuerte y despedirme de quien debo despedirme resulta mucho más fácil de lo que creemos. De Huracán Patronus aún no os he hablado, pero es el Imposible más doloroso, después de Ícaro, y su historia será contada más pronto de lo que creéis.

En cuanto a no verme en ningún espejo durante varios días fue algo que quise evitar porque en e momento que descubrí mi rostro, que ya no era latino sino paquistaní, en mi reflejo, os puedo prometer que el descenso a los infiernos se hizo inminente. El estar rodeado de tantos cuerpos normativos y de gente que se levantaba más guapa que en una serie de televisión, se me vino encima una ola de auténtica culpabilidad. Me di cuenta de que si yo me exigía el doble para mostrar la mitad ya no era por simple vanidad, sino que lo hacía de manera completamente enfermiza. Me obsesiona tanto mi aspecto, lo que piensen los demás, las primeras impresiones, el control absoluto de mí mismo de una manera compulsiva, que al descubrirme de nuevo sin afeitar, ojeroso y sin el rosa tan icónico de mis labios, sentí que debía escapar. No lo hago porque sea un creído, sino porque me satisface saber que hago todo lo posible por salir a la calle con la mejor versión de mí mismo: mis mejores palabras aprendidas, mis conocimientos al pie del cañón, mi sarcasmo ácido, mi educación y caballerosidad, mis planchadas y preciosas camisas… todo cuanto al mundo le da igual, pero que para mí son tan importantes como un equipo de fútbol para unos o comer para otros. No reconocerme en perfectas condiciones, era no encontrarme a mí mismo. A esto debía sumarle el exceso de tiempo libre que tenía. Odio con todas mis fuerzas estar tan desocupado. Rodeado de tanta basura. En el campo. Con calor. Estar todo el día medio desnudo. Repito, desocupado. Acepto un par de días de completa procrastinación, pero ¿una semana entera dedicada al ocio y al abandono completo del mundo real? No. Por suerte la lectura, la escritura y los interminables debates sobre política, educación y relaciones, me salvaron en numerosas ocasiones de pegarme un tiro.  Eso, la cerveza y la ginebra y los innumerables bailes y palmadas que dí al ritmo de Thalia y Natti Natasha junto a mi Vecindario.

Así que dentro del limbo de mis evidentes manías, no dejé de intentar pasármelo bien.

Los chicos hoy saltarán a la pista y arrasarán porque ya no tienen miedo a gritar

-La Casa Azul.

 

PENÉLOPE

Penélope era la esposa de Odiseo que tejía y destejía todas las noches el mismo sudario, esperando fiel el regreso de su marido de la guerra de Troya.

Amanecí el último día del festival con todas estas reflexiones en la cabeza. Con las ganas locas de volver a Madrid. Escuchaba comentarios de todos mis vecinos diciendo lo mucho que nos echarían de menos. Que deseaban volver el año que viene. Preguntándose si volveríamos a coincidir. Invitándonos los unos a los otros a nuestras ciudades. Esperando a que todos los algoritmos del azar que nos habían reunido en aquella estepa, se repitieran.

Me subí en el coche y volví  a mi casa, donde el amor de mi vida (mi gata Abril) me esperaba hilando y deshilando mis cojines. Y hasta que no me puse a escribir esta entrada no me había dado cuenta de lo significativo que ha podido ser este experimento.

Entonces si me preguntáis qué tal el Arenal solo os puedo contestar de la única manera que sé: con oraciones interminables construidas con un léxico con tendencia a la pedantería.

El Arenal es un ecosistema perfecto. Una sociedad paralela dentro de todas las realidades de quienes ahí asisten, apoyada por un sinfín de símbolos propios del ocio y la diversión: La playa, el verano, la juventud, el acohol… Por supuesto, es un llamado a la libertad y a la expulsión de los complejos y las inseguridades. Es un mundo completamente distinto, con distintas normas, similares a las ya conocidas pero con matices entre el bien el mal (y a veces entre lo legal e ilegal). Las reglas las poníamos nosotros y el tiempo se corría y se descorría a placer. No había horas, solo intervalos a lo largo del día. No había sueños porque ya vivíamos en una fantasía constante. Convertíamos a simples mortales en dioses que poseídos por las musas, nos llenaban de color los tímpanos. Nos empapamos de la belleza de cuerpos desnudos, de hombres y mujeres, que no se paraban a pensar en la vergüenza, porque ese concepto ya no existía. Una amalgama entre la generosidad y la solidaridad permitía que el caleidoscópico panorama de habitantes, convivieran en perfecta armonía. La sexualidad se reducía algo circunstancial, a una realidad que existía, pero que no afligía. Aprendimos a enamorarnos de grupos de desconocidos y a ser correspondidos. Les pusimos bandas sonoras a todos los momentos que nos arrancaron sonrisas y lágrimas y gritos de euforia. Sobrevivimos a multitudes pletóricas… de eso va El Arenal Sound: de vosotros, de mí. Habla de pasiones comunes y de miradas cómplices. De hallar inspiración en quien te rodea y de encontrar a Cupido en ojos ajenos, en poemas cantados y en historias no contadas o no encontradas; pero tácitas.

Habla de mí, un equivocado adicto a los abismos imposibles que encontró en Beret formas de sangrar que no manchan. Que no matan. Que brilló con los Tripletz. Que rompió prejuicios con Bad Bunny y que se asó escuchando a Bad Gyal. De alguien que no se reconoció en el espejo y que se arrugó bajo el agua. Que descubrió un crush entre las letras de Maldita Nerea y un numeroso conjunto de amistades migratorias bajo las luces mortecinas de las linternas de un camping donde se quedó una parte de nosotros. 

Nosotros: lotófagos aficionados a la armonía , tripulantes de la fraternidad y adictos a la eternidad efímera que duró cinco días.

Así que ya no sé si Penélope era mi Abril que me esperaba o si sois vosotros, esperándome el año que viene para más aventuras, reflexiones y debates.

De cualquier manera, fuistéis, como esta experiencia, inolvidables.

Fluid, amad y sed libres.

@riccrdo_ 

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Foto: @JohnIn_

2 comentarios sobre “Camdisea: El Arenal

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