Como Marilyn Monroe y Audrey Hepburn, pero al revés.

Como Marilyn Monroe y Audrey Hepburn, pero al revés.

Esas dos mujeres podrían haber definido muy bien a El Dorado y a mí. Al menos al principio.

<< Éramos distintos, imposibles […] Fuimos dos equivocados >>.

Maldita Nerea.

Y esta canción, tiene fragmentos que hablan muy bien de nuestra destrucción.

Podría haber elegido un sinfín de personajes completamente opuestos y con personalidades casi antagónicas para esta entrada, que ejemplificaban muy bien la relación Imposible que hoy os traigo. Personajes como podrían ser ser Charlotte York y Samantha Jones, en Sexo En nueva York. O Blair Waldorf y Serena Van Der Woodsen en Gossip Girl. O Bree Van de Kamp y Gabrielle Solis en Mujeres Desesperadas. U Olivia Pope y Mellie Grant en Scandal. O Laurel Castillo y Michaela Pratt en Cómo Defender A Un Asesino. O Sookie Stackhouse y Tara Horton en True Blood. O Peggy Olson y Joan Holoway en Mad Men. O Elena Gilbert y Caroline Forbes en Crónicas Vampíricas. O Brian Kinney y Michael Novotny en Qeer As Folk. O Charlie y Sebastian en Those People. O Allen Gingsberg Y Lucien Carr en Killin Your Darlings. O Lydia Martin y Alison Argent en Teen Wolf. O Fiona Goode y Marie Laveau en AHS: Coven. O, mis favoritas y más acertadas que ninguna, Quinn Fabray y Santana Lopez en Glee.

Pero creo que es más pertinente hablar de dos personalidades que nunca tuvieron una estrecha relación ni eran inventadas. Dos mujeres opuestas que nunca fueron amigas, que existieron y cuyos finales son completamente distintos.


Decidí llamarle El Dorado, porque cuando quise darme cuenta se había convertido en el destino deseado de todo el mundo, sin importar a quien arrollaban a su paso. Sin importar que yo lo había encontrado antes. Que nos pertenecíamos antes. Se convirtió en el objeto de valor más preciado de todos a nuestro al rededor. Decidí llamarle El Dorado porque su brillo, el propio y el de su pelo, provocaría la colonización, la esclavización y la eliminación de un tercero: de mí.
Como los europeos con el Nuevo Mundo.

El Dorado y yo nos conocimos un día de septiembre de 2015. El primer día de clase de una carrera que más tarde yo abandonaría, pero que sin duda empezarla fue una experiencia inolvidable. De esas que guardas para siempre en un rincón de tu mente y a la que regresas cuando crees que nunca fuiste feliz.
Nuestra amistad empezó el primer momento en el que él y yo nos sentamos juntos en clase y de ahí todo vino rodado. Rompimos la norma. Esa que dice que el primer día te sientas con alguien y luego nunca volvéis a hablaros… bueno, pensándolo mejor, quizá no la rompimos del todo, sólo que llegamos tarde a cumplirla.
Él era (y es, porque sigue vivo) rubio, delgado, imberbe. Lo que algunos gais calificamos o reconocemos como el prototipo de Twink. Si lo veis, sería el crush de muchos de vosotros, panda de superficiales. Pero no siempre fue solo físico, aunque yo me empeñara en deducir que su vida era más fácil por ser guapo, blanco y económicamente un privilegiado. Alguien que encajaba perfectamente en la vida que la noche madrileña y conquense, muchas veces exigía. Porque sí amigos, a golpes yo he tenido que esforzarme (y me esfuerzo) por tener un lugar donde lo que prima es el físico, el estatus social y a veces la nacionalidad. Pero que él encajase a la primera y yo no, no me importaba porque desde el primer momento en el que El Dorado y yo compartimos una cerveza (descubrimos el gusto de esta, juntos) supe que tenía un poderoso potencial para convertirse en quien él quisiera y no en lo que los demás esperaban. Y así fue.

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He de dejar de claro que no me acerqué a él porque me sintiera atraído. No me gustaba. Tenía cara de niño, era más alto que yo y encima rubio. Le sacaba un año y tenía esa actitud de estirado y redicho tan opuesta a mí. Y encima, repito, rubio. En mi caso, este caballero no las prefiere rubias. Si hubiera tenido los ojos azules o verdes o miel, otro gallo cantaría. Los ojos de una persona pueden guardar la soga por la que yo me colgaría, pero los de El Dorado, sin duda no son así.
A su lado, yo me veía como un experto en la vida. Yo venía de Valencia ya con un currículo de experiencias. Sabía desenvolverme en grandes círculos, defenderme de lo que algunos conocemos como “maricas malas” y en general, de chicos y relaciones se puede decir que entendía bastante. Otra cosa no, pero ligar aunque no siempre tenga los resultados que yo desee, es un arte que no desconozco. Al fin y al cabo quiero ser escritor, y elegir las palabras con las que llegar a los corazones (y las camas) de otros, es algo que puedo decir que no se me da tan mal. Si de algo puedo estar orgulloso es de conseguir mis objetivos en base a mi oratoria.

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Él venía de un pueblo de La Mancha. El típico joven acabado de salir de la Selectividad que viene a la “Gran Ciudad” (vamos a decir Gran, por darle magnificencia al asunto), a estudiar una carrera con la que triunfaría en la vida. Lo que viene siendo la típica historia americana, pero en España y conmigo, que manda cojones. ¿Drama, dónde? ¿Comedia de Telecinco de domingo? Apenas había tenido nada con los chicos y la situación en su casa, con un padre restrictivo y una madre que callaba, con respecto a su homosexualidad, era complicada. Tampoco indagué demasiado hasta qué punto le afectaba eso a él mismo, porque si había algo que caracterizaba a El Dorado y a mí, es que hablar de sentimientos era más difícil que acabarnos una botella de vino y un paquete de Lucky Strike mentolado. Así que apenas tocábamos la superficie de nuestros corazones distantes y callados. Tampoco hacía falta más. Habíamos aprendido el lenguaje de las miradas y los silencios y a contar botellas de tempranillos en vez de sentimientos. Pero a día de hoy puedo decir que le conocía bien, tan bien que llegó un momento en el que dejé de reconocerle.
Quizá no fuera la amistad perfecta, pero era nuestra. Y durante dos agitados años, nos salvó de la soledad que a veces abunda en Madrid. Y sobre todo, fue divertido. Inolvidable.
El Dorado vio en mí alguien del que aprender o a esa conclusión llegué después. Me pedía consejos o consideraba que mis decisiones, por impulsivas que fueran algunas, eran las más certeras. Y yo vi en él, alguien a quien enseñar, con quien desarrollarme como persona. Alguien que entendía que yo no era normal, llevadero ni estable. Y eso me bastaba. Podía ser completamente sincero en mi comportamiento con alguien que no me juzgaría. Por alguna razón yo vi en él lo que Lord Henry Wotton vio en Dorian Gray: la posibilidad de hacer de sus teorías una práctica. Claro que sin darme cuenta, el precio a pagar fue enorme.

“Tienes una costumbre muy rara de transformar a los demás en aquello que crees que son. Sacas lo que tú llamas su potencial a la luz. Coleccionas monstruitos en tu circo emocional y luego te arrepientes de dejarlos sueltos y que te atropellen en estampida.”

Eso me dijo Ícaro en una conversación no muy lejana. Y que más tarde entenderéis.

Así crecimos El Dorado y yo. Sumergidos en una burbuja de humo, alcohol y risas. Soñando con conquistar el mundo tal y como lo había hecho Olivia Pope en Scandal. Él admirando Los niños En la Playa de Sorolla mientras yo me empeñaba en encontrarme en el Baco de Caravaggio. Discutíamos de arte, porque él encontraba en Los Nenúfares de Monet una perfecta armonía de tranquilidad y sosiego mientras yo admiraba el Incendio del Parlamento de Londres de Turner. Él buscaba la forma de vivir su vida en el mundo tal y como estaba, cumpliendo las normas viviendo y dejando vivir. Nunca al margen de lo que se pedía en el armario de las normas sociales. Yo en cambio soñaba con verlo arder. Me encantaba (y me encanta) provocar. Yo perfectamente le cantaría el Happy Birthday al Presidente delante de su mujer, aunque todo el mundo supiera nuestro idilio. (Ya sabéis que mi fama de Destrozahogares, sigue vigente) Mientras él moriría siendo alguien admirable, respetado y sobre todo, cubierto por un halo de dignidad e inspiración absoluta.

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Y así nos pasábamos la vida hasta que veíamos amanecer en su terraza con vistas a la Calle Princesa. Delirando, riendo, debatiendo. Incluso enseñándonos. Él me explicaba su visión del mundo desde la política y la economía. Y yo, como no, explayaba mis reflexiones cual Sócrates en el Banquete. Navegábamos en el océano de conversaciones de cierto nivel cultural, construyendo nuestras mentes y nuestras personalidades. Descubriendo el uno en el otro que nuestras diferencias nos hacían más iguales. Porque estaba claro que nuestras cunas, en extremos completamente opuestos, nos habían llevado a ser quienes éramos, pero sin salirnos de nuestras distancias.

No fue hasta la tercera semana de conocernos que nos dimos el primer beso.

Tenía la presión de todo el mundo (Ícaro incluido), afirmando que entre nosotros tenía que haber algo más que una simple amistad. Nadie se creía que nuestra química se debía a ese afán de elitismo intelectual que los dos ansiábamos e insistimos que en efecto era así: Entre él y yo no existía más que el respeto y el cariño mutuo que nos profesábamos.
Pero claro, Cam, con su historial, ¿cómo se iba a resistir a liarse con un chico tan guapo como El Dorado? Tantos prejuicios…

Luego estaban los comentarios opuestos que creían que si no nos habíamos liado, era porque no estábamos uno (yo) a la altura del otro (él). En fin…

Por Zeus, él era tan refinado, tan recatado y pocas veces se dejaba llevar por la espontaneidad (al principio). Tenía muchos artificios y se esforzaba mucho por cumplir con lo establecido. El protocolo y las normas las había aprendido antes que a gatear. Al menos yo siempre le vi de esa manera. Yo, en cambio era puro fuego. Me armaba de pasotismo y revolución a cada paso que daba. Instaba a la gente a pecar en las fiestas jugando al hielo, organizaba orgías de besos (y el fácil contagio de la mononucleosis) y promovía el descubrimiento de la bisexualidad de hombres y mujeres. Éramos tan inmediatamente opuestos y ninguno encajaba en los gustos del otro. Además yo estaba con Ícaro y ni él ni El Dorado, tenían nada en común.

No, definitivamente no nos gustábamos.

Pero por alguna razón el roce hace el cariño y mientras bailábamos en un local llamado Mona Lisa (el cual os recomiendo, es maravilloso) hubo una mirada y un toque de caderas que provocó chispas en algo que creíamos inexistente. Ambos lo notamos pero antes de que el magnetismo incontrolado de nuestros cuerpos hiciera su inercia, nos apartamos. No volvimos hablar del tema hasta la semana siguiente mientras fumábamos una cachimba, escuchando el álbum 1989 de Taylor Swift, cuando juntamos nuestros labios.

Ahí rompimos toda la burbuja y la convertimos en una jaula de lujuria e inseguridades.
A partir de ahí, era costumbre encontrarnos en los rincones de la facultad comiéndonos la boca como adolescentes hormonalmente efervescentes.

Cuando quisimos darnos cuenta, nuestros cuerpos se pasaban más tiempo desnudos que vestidos y nuestras conversaciones no salían de sus sábanas.

Con los meses, fuimos creando un vínculo sin nombre, sin amor. Era mera atracción y mero cariño. Éramos una relación del siglo XXI, de esas que no encajan en los libros ni en ninguna etiqueta establecida. Yo estaba con Ícaro en una relación abierta que me permitía seguir mi amistad con él tal y como la habíamos elaborado. Y él seguía abriéndole paso a otras relaciones cortas y vacías. Vivíamos mucho por separado pero siempre acabábamos juntándonos para ponernos al día y cachondos, claro.
Era divertido.

 


Cuenca Club se convirtió en nuestro hogar y su casa, en el centro de operaciones de todas nuestras reuniones etílicas. Si su piso hablase… eso sí, sus compañeros con los que también mantenía una relación muy estrecha, no tenían nada que ver conmigo, y no fue hasta avanzados los meses cuando le pregunté el motivo de tanta diferencia.

Nuestra conversación fue algo parecido a esto:

-No es por nada, pero tú eres tan tú… y me da cosa. –dijo él.
-¿Te da cosa que se asusten o algo? -Pregunté yo.
-No, pero no sé. A lo mejor no te caen bien. -Afirmó.
-Vale, no pasa nada. -Concedí.

Yo lo entendí. Él quería su espacio con ellos. Especialmente con uno de ellos (Chuck Brown, aparecerá más adelante). Se gustaban y ninguno de los dos tenía la valentía de confesarlo. Ambos temían que pudiera estropear una relación que a día de hoy continúa. Poco a poco fui comprendiendo que lo que El Dorado no se atrevía a decirme, era que temía que Chuck Brown y yo llegásemos a caernos bien.
Porque claro, Cam era demasiado… Cam.

(Más prejuicios)

Extraje esa conclusión porque poco a poco nuestras vidas se fueron diferenciando cada vez más. Yo estaba adquiriendo poco a poco cierta popularidad y de cada vez en Cuenca conocía a más personas. A veces, simplemente de charlar con ellas en la cola en las discotecas (cuando yo hacía cola, qué tiempos aquellos). Y él pasó a ser el “El chico rubio amigo de Cam” o “ese que es tan mono, amigo tuyo”. Y aunque nadie supiera su nombre como tal, no había persona en nuestros círculos que no quisieran averiguarlo. Poco a poco el color de su pelo, pajizo como el primer rayo de un amanecer, se convirtió en algo más importante que lo que yo pudiera decir. Me vi tantas veces interrumpido en mis conversaciones cuando él entraba en escena, que poco a poco aprendí a callar.
Ahí nos alejamos emocionalmente un poco. De alguna manera yo siempre era el devora- hombres y el de la fama cuestionable. Siempre vestido en colores oscuros y ropa más bien ceñida y con un carácter insostenible. A veces es más fácil darle a la gente lo que ya presupone que eres que intentar convencerlos de que eres mucho más que un largo historial de amantes. Por eso aprendí a no hablar, total, pocos quedaban que quisieran escucharme.

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Mientras, él vestía con colores claros, lo poco que comunicaba resultaba ser todo una catilinaria, su mera presencia casi parecía una bendición. La gente (hombres y mujeres) se veían embelesados ante su sonrisa elegante y ensayada. Llevarse a un chico a su cama era todo un acontecimiento insólito. Él era correcto, más tranquilo, más casto, cuando no estaba desnudo frente a mí, claro.

“Tú lo tienes más fácil. Conoces a más gente. Llamas mucho la atención y tienes esa labia de latin lover. Normal que a mí apenas me presten atención”.

Me dijo un día volviendo a su casa después de una noche de fiesta.

“Eres tú al que miran todos. Todos me preguntan por ti. Eres el prototipo de belleza exigida en sitios como este. Yo me lo tengo que currar. Debo sacar todas las armas que mi personalidad me concede. Si no ligas es porque no quieres”.

Le contesté yo, bastante ofendido.
Por aquel entonces creíamos que uno era víctima y sombra del otro. Y supongo que sin darnos cuenta, decidimos superarnos (el uno al otro). Y entramos en una absurda y dañina competencia. Audrey se convertiría a su modo en la Holy Golighly que admiro. Mientras Marilyn, el icono sexual que permitía al viento levantar su vestido, comenzaba a entrar en una depresión que la llevaría al suicidio. Y nadie se estaba dando cuenta de lo peligroso que era permitir que nuestro personaje se comiera a nuestro verdadero ser.
A pesar de todo esto, nuestro mundo era nuestro y todo daba igual cuando estábamos a solas. Éramos adictos a nuestros encuentros tórridos y ardientes. Adictos a nuestra relación sin amor ni responsabilidades con sabor a Lucky Strike mentolado y a tempranillo.

(Toxicidad)

Tener una relación de apoyo mutuo y sinceridad absoluto al estilo de Cristina y Meredith (Anatomía de Grey) es algo que en nuestro ambiente, por desgracia, es complicado. Algunos gais vivimos eternamente en la casualidad y compartimos un largo historial de amores comunes, gustos coincidentes y mentiras absurdas. Aprendemos del egoísmo y olvidamos la empatía. El drama nunca ayuda cuando quieres salir de él. Sin querer, aceptas una amistad porque no concibes que haya otra para ti. Crees que nadie te comprenderá de la misma manera. Que has encontrado el amigo de tu vida con el que seguirás contando cuando te cases o con el que acabarás la carrera y os graduaréis juntos. Algunas relaciones tiene fecha de caducidad y algunas personas no queremos verlo.
Las amistades son relaciones y hay que cuidarlas y nunca supe si él o yo nos cuidamos de verdad, si de verdad nos quisimos o si solo fuimos el ideal farandulero el uno del otro. Yo por impresionarle con mi arrolladora forma de ser y presentarme ante el mundo como un terremoto, una sensación vertiginosa de rebeldía y soberbia; o él por conquistarme siendo todo aquella calma, elegancia y saber estar que yo siempre deseé. El motivo de nuestra superación personal. Los protagonistas de dos mundos que jamás debieron converger. El Madrid dividido. Él de la Calle Princesa y yo de una calle que ni recuerdo. Anónima.

Sexo. Fumar. Beber. Música clásica. Más sexo.

(Círculo vicioso)

Todo se fue a la mierda el día que nos metimos en un trío (historia que contaré más adelante). Un trío que todo el mundo vio porque lo emitimos públicamente con nuestros teléfonos cuando el Snapchat tenía su apogeo. El alcohol y los móviles no son amigos de nadie. Fue la comidilla entre los compañeros de clase, pero ya nadie se sorprendía. Éramos nosotros y todo lo que viniera detrás era de esperar. Sobre todo era de esperar de mí, claro: el centro de todo escándalo sexual.  La Marilyn definida más por los hombres con los que estaba que por ser ella misma.

Después de aquello creo que no volvimos a ser los mismos. En un trío, a veces puedes ser participante o espectador, bueno pues yo fui el director, pero sin reconocimiento ninguno, sin aplausos durante los créditos. Aquella noche dos corazones se unieron y un tercero se fue marchitando (el mío).
Tras un breve receso de dos meses sin apenas hablar ni vernos, yo debía superar aquella traición (la que sabréis más adelante). Decidí volver a su lado y nos dimos otra oportunidad de crecer y de mejorar.
Empezamos el segundo curso, tras un verano de intermitencias, secretos y miedos compartidos: definitivamente no éramos los mismos.
Intentamos recuperar todo lo que habíamos perdido en tanto tiempo de ausencias. Madrid, Cuenca Club y algunas amistades nos facilitaron el camino (temporalmente). Pero entonces llegó Manhattan. (Personaje importante y que conoceréis más adelante).
Su primer novio oficialísimo que tras tres meses, quiso dejar. No sin antes tropezar conmigo.

Yo viajaba a Roma por mi quinto aniversario, en febrero de 2017. Y la noche de antes fue de lo más turbia. Y en la que comprendí que me estaba metiendo en un agujero lleno de mierda cuyo excavador estaba siendo yo.
Estábamos borrachos. El Dorado, un amigo mío, un chico con el que me había acostado y yo. Bien, pues el chico con el que me había acostado y El Dorado, entablaron una conexión insólita. Una relación que se basó en aislarme y marginarme en una conversación interminable sobre las razas y la colonización; así como las miles de formas en las que un colombiano podía vivir en la Amazonia. Fue una conversación en la que una o dos bromas podían haberse aceptado. Ser el centro de la burla constante fue ya pasarse. Pero no intervine. En aquellos meses mi férreo genio ya se había visto debilitado.
Luego llegó el tonteo. Yo lo observaba todo con minuciosa atención. El Dorado sonreía, gesticulaba, miraba de una manera que se me hacía familiar. Tocaba temas que solo dominaba él haciendo la conversación suya: un truco que yo conocía a la perfección. Arrastraba las miradas y la atención de todos los presentes sin perder el hilo de sus largos discursos. Conseguía emocionar con palabras y argumentos logrados. Demostraba una cultura y un saber estar dignos de la aristocracia. Sus ojos brillaban directos y atentos en los ojos de su receptor. Tal y como yo lo hacía. Me sentí extraño al observarme a mí en él. Se mostraba directo y transparente: El Dorado se había convertido en una versión mejorada de mí mismo. Y temí. Como un yunque cayendo en las profundidades de mis inseguridades rasgando cada una de ellas permitiendo que se extendieran como un nido de cucarachas por todo mi organismo. Así me sentí.
Prácticamente era yo. Mis trucos, mi labia, la exacerbada confianza en sí mismo, la soberbia y el trabajado carisma… una personalidad arrolladora con un físico que ayudaba de todas a todas. Se había convertido, en aquellos minutos, en el casanova que describía Paulina Rubio.

Y temí sin saber aún a qué. El aprendiz convertido en maestro: ahí se convirtió en El Dorado.

Decidí que era producto del alcohol y seguí adelante con la noche hasta que él y yo coincidimos en el ascensor. No cabíamos todos, pero nos apretamos y su cara y la mía quedaron a escasos centímetros del pecado.

-Tienes novio, antes de hacer nada, corta con él. -Dije luchando contra la inercia de mi cuerpo.
-No puedo hacer eso. –Me contestó sin dejar de mirarme a la boca.
-Si te gusta, está claro que yo no. Dejemos las cosas como están. -Quizá aquí hubo cierta manipulación por mi parte.

Manhattan no me caía bien y quizá inconscientemente quería que cortasen.

-Nunca dejarás de gustarme, Cam. -contestó él tras un breve silencio.

Tras oír aquello me bajé del ascensor y supe que había hecho lo correcto. El simulacro de cuernos, fue aprobado y yo pude dormir el resto de los días, sabiendo que había cuidado de mi mejor amigo no correspondiéndole.
Manhattan y él cortaron la semana siguiente. No me atribuyo el mérito. Ni siquiera digo que yo haya tenido algo que ver. Nunca sabré si lo que las malas lenguas decían de El Dorado acerca de que estaba encaprichado de mí, era real. No era el primer novio que dejaba sólo para estar conmigo. Pero nunca quise relacionar tales sucesos. El Dorado y yo jamás podríamos habernos enamorado el uno del otro. Al menos en mi caso, nunca sentí por él más que lealtad y aprecio. Solo sé que se quedó soltero y que el sexo y yo volvimos a su cama junto con los Lucky Strike mentolados. Tampoco niego que me alegré, esa relación me estaba causando ciertos pinchazos en el estómago. En otro post, lo entenderéis todo mejor.
Nuestra relación y la consecuente enfermedad que estaba acabando conmigo, continuaron hasta el 24 de julio de 2017. La destrucción a la que me había sometido por mantenerle a él en mi vida pasaría factura y la frase de Ícaro tendría todo el sentido del mundo:

“Me gustaba coleccionar monstruitos en mi circo emocional”.

 

Pero él no sería el único. Y aunque en julio terminó la función, el espectáculo de mi hundimiento tuvo lugar en todos los meses que aquí no aparecen con otras personas que aquí tampoco menciono, pero que llegarán.

El Dorado se convirtió en un Imposible porque nos aprovechamos el uno del otro, porque abusamos de nuestra confianza y porque mientras uno se hacía eternamente joven como Audrey, el otro comenzaba a ver su final como un día lo hizo Marilyn.

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La fotografía fue realizada por Ícaro en una sesión mutua que nos hicimos.

<< Y aunque ahora somos como extraños, yo jamás te olvidaré>> .

-Madita Nerea.

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