Crónica de un arrastrado.

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Con esta frase de mi amigo Manhattan, se resumiría toda esta historia que pensáis tragaros igual 🙂

Febrero:

Mi amigo Manhattan (del cual os hablaré más adelante) y yo. Un equipo inigualable, estábamos aquel viernes sumidos en lo más profundo de la diversión nocturna. Sí, amigos, hablo de Cuenca Club.
Por aquel entonces, yo había cometido el profundo error de raparme la cabeza en un proceso de transición. Llevaba apenas cuatro meses de soltería y acababa de mudarme a otro piso. Delante del espejo, decidí que era buena idea ponerme como un huevo y afearme. Tener una estética poco atractiva en el que mi índice de polvos, mermó (por lo obvio).
El caso, es que mi colega, mi compañero, mi cómplice, estaba ocupado con un ligue. Su ligue tenía un mejor amigo que, al igual que yo, actuaba como un sujetavelas.
Su amigo, llamémosle Jilguero ( juego de palabras con la fonética de su apellido y su migración constante a un norte que ni él mismo conoce) es, a mi parecer, guapísimo. Tiene unos ojos oscurísimos y un brillo en constantes maravillas, arropadas por unas pestañas que podrían barrer los sueños de quien los mira. Al sonreír se le formaba una mueca de inocencia traviesa, que hace juego con unas orejas que le colman de una adorabilidad inestimable. Sí, me vi completamente atraído por un muchacho de diecinueve años que sin yo saberlo, sería el muro de hormigón (expresión acuñada a mi otro gran amigo Black Winter) contra el que me estrellaría cuantas veces soportara mi caprichoso corazón.
Aquella noche, fue el propio Manhattan el que me indicó que la atracción era recíproca y como un efebo de quince años, me vi intimidado. Sí, amigos, yo. El carismático y descarado acólito de Holy Goligthly se vio sometido a la más absurda de las vergüenzas. Tanto así que tardamos dos horas en darnos el primer beso. Algo que desesperó a Manhattan porque no me reconocía. Y después de todo, ahora tampoco me reconoce mucho. Y luego, en el metro, más de quince minutos de silencio en el que todas las dudas se me antojaron como inoportunas, para decidir si me lo llevaba a casa o no. Claro que el joven Jilguero tampoco es que fuera muy comunicativo. (Elemento importante en toda esta historia).

La siguiente semana también en el mismo escenario (Cuenca Club), después de pasar la noche juntos un viernes antes, me vi rechazado por este muchacho, el cual estaba bajo los efectos del alcohol, y la cobra fue tan dolorosa y dañina, que llevó a una serie de acontecimientos en los que audios nefastos y la pérdida del ridículo, fueron los protagonistas. Desde aquí pido perdón a los que recibieron aquellos mensajes cargados de absoluto patetismo.

-Vergüenza.

Tengo vergüenza de mi boca triste,
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.
-Gabriela Mistral.

Marzo:

Nuestras conversaciones eran prácticamente nulas. Algún comentario en las instastories y poco más. ¿Por qué me seguía empeñando en hablar con él? ¿Tanto me había calado aquel comportamiento inmaduro de pasar de mí? ¿Os acordáis lo de que Jilguero no es nada comunicativo? Pues lo repito por si acaso.
Por supuesto, no es que estuviera ciego, tuve mis otros flirteos (entre ellos el de Tango, ya os contaré). De hecho, por esas mismas fechas Tango y yo estuvimos saliendo de forma asidua, pero esto viene más adelante (en otro post).
En este mes viajé a Benidorm y ante un comentario suyo, con respecto a mi postureo en la playa, quise entablar conversación. Le hice la pelotilla y me mostré entusiasmado con el hecho de que me hablara. Dije, jo, sí que se acuerda mí. -Hola Camilo de quince años, podrías morirte, gracias-.
Fue en este mes donde nos volvimos a encontrar en Cuenca Club. Nos saludábamos en la distancia y a veces, me daba una patada para mostrarme que ahí estaba él, aunque yo tuviera mi boca ocupada en otro.

“Es del hortelano el perro: ni come ni comer deja…”
-Lope de vega

En una de estas noches, yo, pletórico, ahogado en el sumun de una borrachera sinigual y embriagado de la felicidad que proporciona el exceso de ginebra, me lié otra vez con él. Pero esta vez de forma más violenta y anecdótica. Me saludó con un colleja y yo se la devolví. Nos dábamos empujones. Y cuando al fin nos comimos la boca, lo hicimos entre bofetadas. ¿Qué me pasaba en la puta cabeza? ¿Acaso lo mío era recrearme en una odiosa relación masoquista con un polluelo que apenas sabía volar?
Lo peor: que me encantaba.
Supongo que aquellos besos entre agresiones físicas, nada justificables, y a decir verdad un poco tóxicos, eran una metáfora, una recreación, casi un ejemplo gráfico de lo que sería para mí seguir buscándole en un sinfín de rechazos, negativas y pasotismos.

“…ni está fuera ni está dentro”.
-Lope de Vega

Abril:

Estando yo ya metido en un rollo sentimental de estos duraderos pero que no llevan a ninguna parte con Tango, me lo encontré una noche en Delirio. Estábamos Manhattan, su novio, Tango y yo, en una noche entre semana, de fiesta. Vamos lo habitual en nosotros. Lo recuerdo perfectamente porque yo no estaba pedo (raro en mí) y porque supuso un esclarecimiento de lo que yo quería en mis relaciones.
Siendo claro, Jilguero apareció bañado en lágrimas entre aquella multitud solicitando mi ayuda. Me cogió de la mano reconociendo quién era yo en mitad de su embriaguez, y me pidió que lo acompañara fuera. ¿Estaba yo con mi rollo de hacía dos meses en ese momento? Sí. ¿Estaba Tango presenciando aquella escena en primer fila a una distancia claramente audible? También. Pero mi primera mirada de instancia no fue para él. Yo no tenía por qué pedirle permiso para nada.No me sentía en ninguna obligación. Mi primera mirada de no sé qué hacer fue dirigida a Manhattan. Este asintió y se hizo cargo de Tango.
Salí con Jilguero a la esquina de Delirio y me abrazó. Me abrazó como una persona humana que sentía y padecía y no como un adolescente que se cree inmortal y exento a la dolencia del mundo. Me miró con aquellos ojos oscuros y fulgurantes y me balbuceó algo que no llegué a entender. Cuando pudo respirar supe de qué iba todo:
Le habían robado un teléfono que acaba de comprar. Estaba perdido, borracho y sin sus amigos.
Visto así, podía haber recurrido a cualquier otra persona, pero solo me reconoció a mí. Aunque también conocía a Manhattan. Quizá fui la primera opción plausible para su consuelo, o quizá realmente quería que fuera yo el que estuviera ahí ayudándolo. En cualquier caso, pude contactar con su mejor amigo gracias a las tantas redes sociales por las que controlo a un gran número de personas de la comunidad gay de Madrid (que no sois tantos como creéis). Esperé con él, abrazándole y dándole consuelo hasta que su amigo llegó. Admito que durante ese lapso de tiempo le saqué en cara sus desaires. No debí hacerlo, pero tenía que aprovechar que estuviera abierto al diálogo. Ya que después de casi tres meses, no había tenido por su parte un solo mensaje amable.Ni un solo mensaje de ningún otro tipo (ya sabéis con eso de que el pico lo tenía solo para comer).
Ni siquiera le besé, por mucho que me apetecía. Ni siquiera me quedé más tiempo de lo debido, ni le insinué nada fuera de lo cortés. En ese momento era alguien que necesitaba ayuda y cierta compañía. Eso no quiere decir que no me hubiera gustado comerle la boca y hacerle ver que podía contar conmigo. Sencillamente fui un caballero o algo de esas mierdas.

Ahí comprendí que Jilguero me gustaba lo suficiente para olvidarme de mi otro rollo, y que con mi otro rollo (Tango) no tenía mucho que hacer. Y menos, después de la discusión que vino a posteriori. Por temas varios de los que hablaré más adelante (en ese otro post).

La siguiente semana, incomunicado como estaba me lo encontré en Pirandello en una fiesta distinta de Cuenca. Estaba con una patata de móvil que ni whatsapp se podía descargar y nada más verme se dirigió mí y volvió a abrazarme. Yo es que recuerdo cada uno de sus gestos amables y cada uno de sus desaires y sinceramente, no entiendo por qué. Están unidos a mi memoria como una autolesión que no se cura.
Nunca había hecho nada lo suficientemente válido para mis exigencias como para tenerle tan presente como le tenía. No es que me hubiera respetado nunca o hubiera mostrado el más mínimo interés, y sin embargo, ahí estaba yo. Apretándole contra mí, diciéndole que no tenía que agradecerme nada. Que había hecho lo que tenía que hacer. Cogí su cara traviesa y adorable entre mis manos y le regalé una de esas sonrisas que solo regalo a quienes saben apreciarlas. Pero no pasó nada más. Me sigo preguntando la razón por la que no se muestra más receptivo conmigo…

Esa noche, Cam, como es de extrañar ligó. Y Cam desapareció con aquel desconocido (no malpenséis, salimos fuera a fumar). Al volver, ya no había nadie. Manhattan, a su manera me explicó que Jilguero no había parado de preguntar por mí. Yo no le creí mucho, la verdad. Jilguero puede tener a quien quiera. Puede volar de nido en nido acunando cuantas sensaciones quiera en cada individuo que le corresponda. Puede ser tan libre de tratar a la gente como él quiera, porque Jilguero otra cosa no, pero perderse en el viento de su egoísmo es su mayor don.

Andan diciendo por la calle
que solo le eres fiel al viento.
Morat.

Después de aquello, sus desaires fueron a más. Sí, era como si tuviera la excusa perfecta para tratarme con más frialdad.

Muestro tres conversaciones que me dejaron francamente humillado:

Cómo veis mi interés por él no cesaba.Y mis ganas de pegarle la verdad que tampoco. ¿Ahora era yo el que había volado al nido equivocado?

Mayo:

Al fin, después de semanas evitándole y pasando de su existencia, le volví a ver. Sí, me acerqué y le saludé con la frase de Manhattan aún ardiendo en mis tímpanos:

-Cam no te arrastres más, tú vales más que él. Solo te busca cuando no encuentra a nadie y encima el malo eres tú por no esperarle. No te arrastres más.
-Vale. Dije mientras caminaba a paso ligero a verle.
Ese soy yo, un masoquista que deambula en los bordes del infierno jugando con fuego.

Estaba de espaldas, en la barra esperando para pedir. Le vi aquel perfil aguileño y me acerqué con la mejor de mis sonrisas a saludarle. Para mi sorpresa, fue simpático. Recogió su copa y durante media hora le solté uno de mis discursos de chico culto, de los pocos que vendrían después. Todo el mundo debe tener en cuenta que a veces discutir conmigo o enfrentarse a mí supone escucharme aunque no tenga la razón. Los dioses no me han dado la capacidad de declamar y de persuasión para limitarlas solo a la letra escrita.
Lo que le dije era algo parecido a esto:

“Llevo meses detrás de ti. Esperando una puñetera respuesta, algo. No busco que me digas que soy correspondido, busco que me digas qué quieres, porque mantenerme en la inopia es horrible. Dejé al chico con el que estaba en ese momento, por consolarte. He ignorado todas y cada una de tus malas caras, de tus faltas de respeto. Me he liado con otros porque tampoco me voy a quedar esperándote; y para una vez que eres tú el que me busca, resulta que yo soy el malo por andar con otro. Si quieres pasar de mí, hazlo. Pero no me des pan para hoy y hambre para mañana. ¿Me quieres decir, Jilguero, me quieres decir, por favor, qué quieres? .”

Cuando se dispuso a contestar, cuando al fin me daría una respuesta más allá de su silencio habitual, otro muchacho apareció como un fugaz buitre, arrebatándome a Jilguero de nuestra conversación. Me quedé observando cómo se alejaban los dos a la pista de baile con mi copa en la mano, en mitad de aquellas luces multicolor, sopesando, en mi triste inocencia, que tarde o temprano me contestaría.

Lo que ocurrió después de unas horas, no me enorgullece en absoluto:

Una vez más, por cosas de la vida, el alcohol no me subió. Salí a fumar con Manhattan, pasando por alto el hecho de que Jilguero me estaba ignorando estando solo a unos metros de nosotros. Pensé que se acercaría en cualquier momento para retomar nuestro tema pendiente. Tuve que luchar conmigo y mi curiosidad para no buscarlo y que me contestase. ¿Y mi orgullo? ¿Qué coño tiene aquel niño para que alguien como yo, con el historial de relaciones fallidas que llevo, me someta tanto? ¿Es acaso una apuesta contra mí mismo? ¿Un desafío absurdo llevado también por mi afán de conquista? ¿O quizá simplemente es una consecuencia a mi tendencia patológica de buscar el alma de quienes la ocultan tras un coraza?

Al ver que no se acercaba, volví al interior de la discoteca. Tardamos poco menos de cinco minutos en llegar a la pista donde estábamos antes y ahí, en menos de un segundo, se desató un caos irresoluble en mí. Jilguero y el buitre que se lo había llevado antes, estaban en mitad de toda aquella multitud, liándose como si se les fuera la vida en ello. Ya sabéis, de esa forma en la que algunos tíos no podemos evitar meternos mano en público sin importar quien mira. Manhattan se llevó las manos a la cabeza y me miró. Dibujé una sonrisao de resignación y me aparté de aquella grotesca y dolorosa escena con la cabeza bien alta y un botón de menos en la camisa.
No me dolió que estuviera con otro, me dolió que hiciera delante de mí lo mismo que me recriminaba (exactamente lo mismo por lo que supuestamente pasaba de mí); en aquel contexto en el que yo esperaba una respuesta; en aquel momento en el que aún guardaba esperanzas de que por fin mostrara un poco de interés en mí. ¿Tan díficil les resulta a algunos tíos dejar las cosas claras? ¿Tienen que herir, humillar y dejar mal al otro de una forma tan innecesaria y nociva? Lo peor: que yo tengo veintitrés años, dos trabajos y un sinfín de experiencias. Joder, que he aprendido a saltar las piedras para no tropezar. ¿Cómo estando yo rozando una madurez estable, me había dejado arrastrar hasta ese torbellino de frustración infantil?
Al fin me prometí dejarlo pasar. Esa escena no debería afectarme. Debía pasar de él. ¡Será por tíos! Bien, pues se acercó a darme explicaciones. Durante aquellas milésimas de segundos en los que le veía caminar hacia mí, se tuvo que poner su puñetero ángel de la guarda en medio o algo, porque creedme que esa es la única explicación que le veo a que no le partiera la cara. Tenía toda una tenaz desazón quemándome el pecho, una ira contenida queriendo explotar y Pandora estaba justo frente a mí dispuesta a abrir la caja. Dos veces aquel individuo había sacado lo peor de mí. Dos. En una, descargué toda mi ira por audios de whatsapp a quienes no debía. Y en esta, tenía los puños temblando. Creedme que no soy una persona violenta pero en aquel momento, no respondía de mí. Y todo esto sin alcohol, imaginaos qué hubiera podido pasar si hubiera estado borracho.

Al llegar a casa, me despedí de él creyendo que sería para siempre:

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Junio.

Tras una larga temporada en la que le evité por todos los medios, bloqueado de todas mis redes sociales, quemado puentes y habiendo pasado una cuarentena por una parotiditis, creí que ya estaba bien de evitarle. Bueno, en realidad creí que ya me había lamido suficiente las heridas y que podía volver a salir a riesgo de encontrármelo. Hubo varias personas que me subieron el ánimo y me decían que no merecía la pena lanzarme al ostracismo emocional por un tío que no veía lo mucho que yo valía. Pero son mis amigos, ¿qué me van a decir sino? No lo pensé. Lo vi como un Imposible más de los míos. O como una experiencia añadida a la vorágine emocional que es mi existencia. Asumí que quizá mi destino, en este momento, era centrarme en mi novela, en mis textos, en mis trabajos, aprender a serme fiel a mí y luego, con el tiempo a otro (u otros). Amar Madrid que es una relación completamente recíproca y enamorarme de mis amigos.

Todas estas semanas han significado mucho. Con la entrada de junio he superado sentimientos que creía que no podía. Creía que ya era fuerte y que un espíritu como el mío, saldría adelante. Me convencí de que por mucho que yo crea en el amor, puesto que intento ser escritor, mi deber es creer en él en todas su facetas, formas y colores; no estaba hecho para mí. No de momento. Con veintitrés años, no se puede buscar el amor verdadero cuando ni siquiera te has encontrado a tí mismo. Menos aún cuando los tíos no paran de decepcionarte; ya te han roto el corazón y has dejado una relación que parecía completamente duradera con alguien que es inmejorable. Me di cuenta de que no busco enamorarme e introducirme en una relación insustancial destinada al fracaso más absoluto por el simple hecho de dormir acompañado. Yo también tengo mucho amor que dar e imagino que algún día podré repartirlo, pero ya llegará ese momento. Más bien busco saber estar conmigo mismo. Como decía Annie Wilkies en la película doblada de Misery: “Si no sabes vivir contigo mismo, no esperes vivir con nadie más”. Con lo cual, mi vuelta al mercado y a la nocturnidad fue inminente: cuatro días seguidos de fiesta en los que se incluyó dos inauguraciones de dos discotecas.

Fue el viernes en la primera inauguración en el Palacio de la Prensa. Manhattan, Black Winter y yo, deambulando dirección a Callao, con un plan sencillo: pasárnoslo bien. Las Supernenas just wanna have fun. Así hubiera sido si aquellas dos cabezas en desnivel, uno por ser más alto y otro más bajo, no hubieran pasado cortando las luces, entre el batiburrillo de personas, como entes inseparables. Dos siameses paseando frente a mí con esa frescura y ese desparpajo digno de cualquier homosexual veinteañero: Jilguero y su mejor amigo. Quise ignorarlo. Os prometo que quise hacer como que no los había visto. Que tenía dos opciones si me encontraba de frente: Saludarlos y quedar como un señor. O ignorarlos y quedar como un señor borde. Pues ni una ni la otra.
Llevado por una sensación de absoluto despecho e inconando todo el rencor por sentirme como un completo imbécil todo este tiempo, planeé algo tan rebuscado que ni en Gossip Girl. Estas cosas no deberían pasar en la vida real. Solo una persona con la manía de vivir en un drama constante y con la fría intención de hacer daño, lo haría. Es decir, yo. Sí amigos, por ósmosis, cuando vives en un entorno de completa toxicidad, como son los viernes y sábados noche, absorbes la maldad y dejas que fluya en tu interior. Acabas convirtiéndote en eso que criticas y te encierras en esa imperecedera pubertad donde todo es competencia y salirte con la tuya.

Bien, Jilguero no estaba. Me acerqué a su mejor amigo. No había rastro del pajarito por ninguna parte. Supuse que volvería en breves. Que estaría buscando la rama sobre la que posarse esa noche o simplemente cambiando el agua de su bebedero. No lo pensé. La mayor parte del tiempo me rijo por el instinto, por las emociones y por las apetencias. Y aquella ocasión era más que perfecta para saborear el gélido caramelo de la venganza. Sí, le comí la boca a su mejor amigo (he de decir que todo fue recíproco, sorprendentemente). Esperaba que lo vieran los ojos suficientes para que le llegara el rumor o incluso que me encontrara ahí, en ese momento, en el cénit de mi malévolo plan.
Para mi desgracia no fue así, así que me empeñé en llevar lo que empezó con un beso tonto hasta las últimas consecuencias: el sexo.
Era la ocasión perfecta para ponerme a su nivel y comportarme como un insensible adolescente hormonado de pretensiones caprichosas y egoístas. Cogí de la mano a su mejor amigo y me desaparecí buscando el portal que acogiera mis avergonzantes intenciones. Por suerte, no lo encontré. No hubo polvo de venganza, y mejor que no ocurriera. ¿Cómo habría quedado yo con todo aquello? ¿Tan bajo iba a caer por alguien que seguramente ni lo valorara?
Volví a la discoteca cuando la estaban cerrando y al salir tenía dos llamadas perdidas de aquel al que tenía bloqueado. De Jilguero, vamos.
Mi borrachera era aceptable, lo suficiente como para enviarle a la mierda en todas y cada una de las llamadas que nos realizamos.

Somos tontos.

Al día siguiente le envié esto:

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Así que finalmente quedamos. Me fui hasta su casa con una frase culmen como escudo:

¿He tenido que casi tirarme a tu mejor amigo para que me prestes atención?

Estuvimos media hora hablando. Solté mis habituales discursos y llegamos al acuerdo de seguir viéndonos siempre que podamos.
Al fin una respuesta respetable.

La semana pasada dormimos por segunda vez juntos. Os puedo jurar que nunca me había sentido tan cohibido. En toda relación sexual casi siempre he sido yo el que se ha lanzado, el que ha invadido el espacio personal del otro sin preguntar, el que suelta las pullas, el que causa interés. El que pregunta, el que cuestiona, el que provoca. He sido capaz de soltar monólogos porque me encanta oírme, tomar mis propias decisiones y ser muy acertado en todo cuanto soy. Menos con él. Si alguno de los que me conoce en este ámbito, me hubiera visto aquella noche, jamás pensaría que ese Camilo y el Cam que conoce, son la misma persona. Esa noche hasta él me cambió el nombre porque Cam no le gusta nada. Fui, durante aquella noche, Camilo, el arrastrado.

¿Y sabéis qué? fue genial. A pesar del muro de tensión y miedo al rechazo que nos separaba en aquel sofá donde aprendí a guardar silencio y a disfrutar de sus pestañas, fue genial. Nos desnudamos. Primero él de su armadura con la que aleja a todo el mundo, y luego de nuestra ropa. Hablamos hasta que ya no se podía extraer más conversación y con la versión acústica de Duro y Suave, sentimos nuestros cuerpos desnudos por segunda (y creo que última) vez.

Me marché al día siguiente de aquella casa en vísperas de mudanza (porque él se marchaba a vivir a otro sitio) sintiendo que la puerta que se cerraba detrás de mí, era otra metáfora tangible de nuestro final.

Cuatro mensajes sin responder, otra casualidad en Cuenca, una completa inadvertencia de mi existencia en Rey durante el Pride Madrid (en el que también me acerqué yo para, una vez más, sentir que le estorbaba) y una canción de Malú después (que habla de él), aquí sigo, pensando en aquel Jilguero que vuela en mi cabeza, picotea y a veces canta, pero no anida.

“Soy un nudo en la garganta; una canción. Soy tormenta de esperanza y destrucción. Soy pura confusión”.
-Malú

9 comentarios sobre “Crónica de un arrastrado.

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