ΣΥΝΔΡΟΜΉ

Vives en Estocolmo, con su síndrome.

Enganchado a una droga irracional,

de lo divertido, de lo que está mal.

Vives en ese vicio del amor perpetuo.

 Adicto a mí.

Y disfrutas del error, y de su dosis diaria

 (o estacional o temporal)

Arbitraria.

Vives en Estocolmo, con su síndrome.

Queriéndome.

 Deleitándote del juego de tu secuestrador.

Cargando el percutor.

El de mi arma, el de mi forma de amar.

 Aceptas la carga.

La culpa.

Tragar.

Estocolmo: dejar de ser tú para volverte mío.

No como objeto, sino como equipo.

Simbiosis uno del otro.

El que perjudica y el perjudicado; 

en ese orden, alterados

Inherentes, precisos.

El Jeckyll de mi Hyde.

Muerte y amor, encontrados juntos.

En el fondo de nuestras pupilas, ahí los hay.

En el eco de nuestras palpitaciones.

En un corazón rudo.

 Como tontos nos queremos.

Tú por no olvidarme.

Yo por no soltarte.

Y nos repetimos cometiendo los mismos fallos 

Tú por ser bueno y yo por ser malo.

Pero no huimos (o sí). 

Vives en Estocolmo, con su síndrome.

 Como el frío en la ciudad y la hermosura de su invierno,

casi eterno,

así me ves.

 Terrible.

Imposible.

Como una excusa para protegerte antes de salir a la calle

(a la vida)

Así me ves, aunque te lo calles.

Y aún así sales.

Te lanzas al vacío (a mi boca)

A mi frío.

Vives en Estocolmo con su síndrome.

La insania por quererme: tu aliada

La locura de acecarte: una mala jugada.

Me río porque ni tú mismo sabes la razón.

La desconoces, como yo.  

Vives en Estocolmo, con su síndrome.

Leal al reto.

Caminando hacia el Averno.

Qué bonito eres.

Qué valiente te mantienes.

Yo bailo en la noche y escribo sobre mis sombras.

Esas que alimentas como tuyas, aunque tu no comas. 

Vives en Estocolmo, con su síndrome.

Aferrado a mí y a todo aquello a lo que no soy.

A lo que renuncié como criatura nocturna.

A mis bestias, a mis lunas.

A lo que anhelas como propio, hoy.

Amándome por mis defectos.

Y en tu pecho estoy,

causando efecto. 

Yo soy el atentado emocional

y tú la paz racional.

Yo soy la frustración, el impulso, el desgarro insustancial.

Tú la salvación, la esperanza a un amor que existe.

Que insiste.

Aunque nos rompa con maldad.

Vives en Estocolmo, con su síndrome.

Construyendo un hogar con techos de cielos grises.

Releyendo mis poemas que forman sus paredes.

Acurrucándote en mi sonrisa triste.

Viviendo del anochecer de mi mirada.

Siendo el amante de tu secuestrador,

 metiéndote en su cama;

y entregándole ciegamente tu corazón. 

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