Ladrona de Corazones

La Ladrona de Corazones es como la bauticé un día cuando le dediqué el siguiente poema:

Ella. Peripecia prohibida, mar de rimas.
Locura de líricos, enemiga de Afrodita.
Ella, la vida en chistes.
No hace falta hablar de su talento para reír.
Ni de su arte para vivir.
Te hace inmortal. Te roba la vida, las miradas y los besos.
Te engancha.
Y te encanta.
Ella, ladrona innata, de las de guante blanco.
Adictiva como el chocolate, como el invierno, como las tormentas.
Como todas las cosas que en esta vida tienen encanto.
No hay tiempos ni lugares suficientes para quererla.
Para admirarla.
Ni ocasión de poseerla.
Ella, desde que se levanta huele a osadía,
a amor,
a amistad,
a conquista.
Ella, análoga del recuerdo. Oda a aquel ardor,
de aquel hormigueo de un estómago incrédulo.
Flor de un día, si los días duraren años. Siglos. Milenios.
Ella es dar gracias. Es quererla sin saber cómo.
Es sumergirte en lo más puro del aire y sentirte vivo.
(Quizá loco)
Es mirar al cielo y sonreír.
Es mojarte bajo un diluvio y sentir que no hay maldad en el mundo.
Es dejarte la ropa fea en el armario, y salir guapo, desnudo.
Ella es una nación de libertades. La emoción de un afanoso devenir.
Hija nocturna, con sueños de marfil.
Ella, hazaña heroica. Remolino de emociones.
Apuesta a la inocencia; al verso arrítmico.
Qué bonito es decir tu nombre y qué difícil olvidarlo.
(Y menos mal)

Es una poesía sencilla. De esas que escribes cuando eres un niño, pero de las que te sientes súper orgulloso porque le ha gustado a tu profe y en la que además habías puesto mucho empeño: Ese pequeño gozo de saber que has hecho un buen trabajo a pesar de ser algo humilde.
Pues esa sensación es la que yo sentía por ella… antes de que todo se rompiera.
Conocí a la Ladrona con quince años. En cuarto de la ESO. El día de presentación de ese último curso en el que la Selectividad y “lo importante de elegir el bachillerato de ciencias porque mimimi” empieza a hacer pequeñas apariciones estelares. Ella y yo elegimos las Matemáticas fáciles y Biología (porque dentro de las optativas era la que más literatura tenía). Tanto ella como yo éramos de letras. Y durante los siguientes tres cursos lo demostramos de todas las maneras posibles en clase.
El primer gesto que marcó para siempre nuestra relación fue un roce de manos. Ella se me presentó delante, como nacida del suelo. Como un girasol o una margarita. Unos ojos de color avellana. De esos que cambian de color según la luz que haya o según quien los mire. Me pareció una chica de lo más guapa. No es que fuera más guapa que el resto de mis amigas, soy un gran admirador de la belleza femenina. Pero vi en ella una belleza distinta. Una pulcritud cincelada en aquella carita redonda. La libertad con la que se movía su pelo. Aquellos labios carnosos. Su forma de sonreír en aquel instante, tímida y pícara a la vez. Como de inocencia fingida o de provocación por matices. Todo lo que se puede sentir por una persona en solo dos segundos ¿eh?
El caso es que en aquel batiburrillo de estudiantes perezosos por empezar las clases, me encontró a mí que me conocía de vista por otra amiga suya y demás relaciones intercaladas que no vienen a cuento. Me preguntó si sabía donde estaba la clase de 4º A que acababa de llegar de otro instituto. Y ahí, como si nos conociéramos de toda la vida, le agarré la mano y la llevé por los pasillos hasta la clase donde resultó y aconteció que asistiríamos juntos el resto del curso.
Así empezó una amistad diaria. Nos veíamos todos los días en clase. Hablábamos por nuestras Blackberrys (ya sabéis aquel fenómeno de 2011/12 que se convirtió en un icono de masas). Era un espíritu tan libre. Sin apenas prejuicios ni timideces propias de las chicas de su edad. De alguna manera nuestras mentes vivieron una coordinación inexplicable que nos llevó a una sana competición por las notas. Durante los siguientes años obtuvimos la misma media en casi todo. Ella era buena en sintaxis (de las pocas cosas de Lengua que odio) y yo en Historia. Por lo tanto como es natural, los trabajos y los apuntes los complementábamos juntos.
Llevamos una vida académica muy cercana y unos ataques de risa en momentos inoportunos, muy asiduos.
Recuerdo que era picajosa; pero le encantaba meterse con los demás, siempre desde la amistad. Era mutuo. Recuerdo la mañana en clase de Alternativa a la Religión en la que me confesó que era virgen. Bueno más que confesión, fue una afirmación de lo evidente. Cuando yo le contaba que con catorce años ya había practicado el sexo, tenía cosillas que la asombraban. Relatos dentro de mi intimidad por las que sentía una curiosidad científica más que sexual. No se avergonzaba de serlo ( es una tontería sentir vergüenza por la virginidad, le dije un día) pero entendía que llevando el tiempo que llevaba en aquella relación con un facistoide, la gente se preguntara a qué esperaba. No estaba preparada y punto. El sexo no era su prioridad. Eso lo tenía condenadamente claro.
Recuerdo la relación que llevaba con su madre. Una mujer alegre, cercana, sin tabúes. entendí entonces el carácter arrebatador de la Ladrona.
También tenía algo que la caracterizaba mucho y era su descaro. Cuando quería pedirte algo, te ganaba con esos encantos suyos de sirena: jugueteaba con su pelo y clavaba el brillo de sus pupilas en las tuyas. Era imposible no sonreír ante sus obvias intenciones y mucho menos negarse.
Así fue como una de sus amigas olvidó que le debíamos dinero. Nos dio una botella de Ponche Caballero (porque en su bar no había nada más y por aquel entonces yo carecía de criterio). Nos bebimos aquella cosa con sabor a flash Cola, sin mezcla ni nada. A palo seco. Ya por aquel entonces estar borracho me suponía una costumbre lúdica inclinada al hedonismo que más tarde me atribuiría. Yo siempre fui bastante precoz. Fue esa noche, entre piques, risas, bailoteos con música de un botellón cercano, en unos aparcamientos donde las reuniones etílicas clandestinas eran el pasatiempo favorito de toda esa generación; sometidos a las leyes absurdas de un juego estúpido de “beso o atrevimiento”, cuando nos dimos el primer beso.

Con quince años yo ya conocía el sabor de un beso. Mi primer beso fue con una de mis mejores amigas, un año antes (sí, mis catorce años fueron muy vertiginosos). Fue el primer beso más raro del mundo y en el que supe,a pesar de lo bien que bailaban aquellos labios y el sabroso movimiento de la lengua de mi maravillosa amiga, que era gay. Porque no me incitó a nada, salvo a una profunda satisfacción a mi hambrienta curiosidad. Desde entonces, cada vez que un chico de mi agrado me besaba, comprobaba con completa nitidez, que lo mío eran las bocas con barba y las voces graves. Y los rabos, para qué engañarnos.
Sin embargo, aquella noche, en aquellos aparcamientos, con el sabor del Ponche impregnando aún nuestras salivas, la Ladrona me suscitó otro tipo de curiosidad.
Desde entonces, solo deseaba asistir a clase y encontrarme con toda esa energía que desbordaba por cada poro de su piel.

Recuerdo que fue por aquella época en la que yo acababa de renunciar a dos de los chicos que más me habían gustado durante mi adolescencia. Ya por entonces yo estaba abocado al drama como si de una condena infernal se tratase. Ambos me habían rasgado la poca inocencia que poseía y me habían expuesto a un triángulo amoroso nada cómodo. Para tres maricones que había en Talavera y voy y me lío con los dos. A la vez. Y luego ellos también. A la vez. Casquivano se nace, no se hace.
Con lo cual, estaba como cansado de los hombres. O más bien de mis tempranas decepciones amorosas. En el instituto yo era el gay más reconocido y mis círculos prácticamente eran femeninos y creo que fue por entonces cuando comprendí la importancia de la amistad por encima de cualquier otra compañía. No sé qué sería de mí sin mis amigos y amigas. Todos los que conservo han supuesto mi tabla se salvación, el refugio a mi perdida existencial y el fuego que calienta los rincones más frío de mi corazón. Con lo cual, mi constante apertura de mente y rasgada autoestima (que ya traía desde que me vi por primera vez en un espejo) me llevaron a ver en el cariño de la Ladrona algo más. ¿Tendría por entonces una especie de bisexualidad latente queriendo escapar? ¿O eran las hormonas avisándome de mi futura adicción a romper las tensiones sexuales no resueltas? El caso, es que empecé a admirar sus piernas cuando llevaba vestidos por encima de las rodillas. Empecé a observar que en su cuello tenía algunos lunares que nunca me atreví a contar. Me acostumbré a sentir su nariz fría en mi mejilla cuando nos saludábamos cada mañana. Me aprendí el olor de su perfume. Empecé a sentirme raro por no tenerla en clase si un día se quedaba no dormida, sino durmiendo porque no le apeteciera venir. No me gustaba cuando nos separaban en alguna asignatura y mucho menos me gustó cuando se lió con el guapo de la clase una vez dejó al inútil de su novio…
(Jo, es contar esto y revivir mis días en el instituto. No todos fueron buenos, hubo de todo, pero fue de mis mejores etapas en aquel agujero llamado Talavera)
Aprendí a querer la bachata, porque ella estaba enamorada de Romeo Santos. Pero además aprendí a bailarla para hacerlo con ella cada vez que salíamos. Y cada vez que salíamos algún que otro beso volvía a colarse. Y alguna que otra vez, yo me empalmaba. Por supuesto jamás le hice ningún tipo de insinuación con respecto al tema del sexo. Ella tenía muy claro que esperaría hasta que quisiera y yo en el fondo siempre supe que lo mío con ella sería pasajero.
Así fue. A los dieciséis años, conocí a Ícaro Olvidé todo lo que pudiera sentir por aquella chica y la convertí, simplemente en una de mis más íntimas amigas. En una cómplice fiel para las chuletas en Biología y en Inglés. En una amiga incondicional para conseguir cosas gratis, porque quizá los números no se le dieran bien, pero robar, como nadie. Ay si la Casa de Papel hubiera contado con ella, el atraco hubiera durado un capítulo…
Una vez, fuimos una clase de treinta personas a Toledo. Todos, salvo yo y otras cinco personas (los heteros a los que odiábamos), se marcharon de aquella ciudad con más de un souvenir, sin pagar un duro. A pesar de lo incorrecto de esto, he de decir que era una experta. Robar era un don: lo hacía con la misma naturalidad con la que sonreía. Conquistaba a todo el mundo y era imposible sospechar que alguien como ella, pudiese llevar los bolsillos atestados de bolígrafos o pintalabios. No es que admirase que robara, pero sí la profesionalidad con la que lo hacía y la mente fría que mantenía después.

Con la Ladrona, descubrí que el Licor 43 está demasiado bueno con batido de chocolate y que te dejan un pedo de los buenos. Junto a ella, conocí la magia de la Filosofía, el Latín y el Griego. Lo buen amigo que podría ser un profesor o una profesora. Lo maravilloso que era pensar y escribir sobre ello. Con ella mi vena de escritor fracasado se reforzó, porque compartíamos el gusto por las palabras. Era genial saber que todos los problemas que en mi casa pudiera haber, desaparecían cuando yo entraba en aquella aula y me decía:
-Gordi, buenos días. ¿Cómo lo haces para estar tan guapo siempre?
La quería mucho la verdad.
Al terminar la Selectividad, como todos bien sabemos, marché a Valencia. A volver, de las primeras personas a las que vi, fue a ella y a nuestro grupo del instituto: El Aquelarre. El mejor grupo de estudio para superar segundo de bachillerato y no morir en el intento. Creedme, ojalá tuvierais algo así para el infierno que es la universidad. Pero ella ya no era la misma. Ahora era más feliz, más madura y… tenía novia.
Su novia es de las chicas más atractivas que me he encontrado nunca. Desprendía un aire aristocrático, algo así como Blake Lively, pero morena. De verdad, dije: no puede haber una pareja lésbica más bonita. Cuando me la presentó, yo ya lo sabía. Yo ya sabía que a mi amiga, a la Ladrona, los hombres no le terminaban de convencer. Pero nunca dije nada, juzgar no es mi pasatiempo favorito. Aquella tarde disfruté muchísimo de su felicidad. y más tarde no sabía lo que me deparaba cuando me propuso ser su compañero de piso.

-Gordi, vámonos a Madrid. ¿Te imaginas vivir los dos juntitos?
-No, no me lo imagino. Pero me parece genial, Ícaro y yo no sabíamos qué hacer para buscar compis. !Ay qué guay, los tres viviendo juntos!
ERROR. Todo el mundo me avisaba de que vivir con amigos, no era una idea muy buena. Y siempre creí que era una exageración. Si tu amigo es como tu hermano, al que has elegido como tu compañero de vida, con el que compartes ya una convivencia y una serie de experiencias, ¿qué puede salir mal?
Inocente Cam.
El alquiler en aquel maravilloso piso de Almendrales (de no ser en Almendrales y de tener un ascensor en condiciones y sin humedades, y con terraza y sin gotelé, hubiera sido un piso perfecto) lo pagábamos Ícaro, la Ladrona y yo. Pero en realidad vivíamos Ícaro, la Ladrona, su novia y yo. No tengo nada en contra de que haya un novio o novia que quiera pasar tiempo con su pareja, por Zeus, es lo lógico. Ahora, sí que tengo cosas en contra de que esa persona en cuestión, use mi agua, mi luz, invada mi salón y me juzgue en un silencio tácito el tipo de relación que llevo con mi pareja, que sí paga el alquiler. Pero, oye, sorprendentemente, yo mantuve la paciencia como un campeón. Porque en realidad hacían buena pareja. Eran muy felices y ¿quién era yo para estropearles eso? ¿Debía meterme en medio de dos personas que se habían encontrado la una a la otra, porque sencillamente no podía disfrutar de mi casa? No, claro que no. Sería una persona horrible e intolerante que no merecería ningún tipo de piedad.
Así que me callé. Yo por aquella época estaba tan enamorado de mi clase en el primer año de carrera y tan enamorado de Madrid, que simplemente pensaba: esto no durará para siempre, Cam. Tú encontrarás un trabajo y podrás marcharte con Ícaro a vivir los dos solos. Terminarás la universidad y triunfarás en la vida, tal y como te han explicado durante toda tu vida que ocurrirá. Porque los finales felices existen y la mierda flota.

Con el tiempo, el estar tan cerca, nos separó a la Ladrona a mí. Se terminaron las confidencias, las risas mientras se cocinaba. Se empezaron a sacar los trapos sucios sobre el desorden en casa que no era por mi culpa. Comenzaba a caldearse el ambiente cada vez que ponían una película con todo el volumen cuando yo tenía que estudiar. Empezó a crearse la incomodidad más absoluta cuando no podía salir de mi cuarto por si a las dos enamoradas les daba por hacer el amor en el sofá. La competencia para ver qué relación era más bonita nació en lo más profundo de sus senos. Y los tuits con indirectas hicieron sus pinitos…
Cuando quise darme cuenta, estalló una guerra mediática vía redes sociales de lo más contundente. Su hermana (entonces veintiséis o veintisiete años, creo) y su madre (cuarenta largos) también participaron del conflicto de manera pública, haciéndome a mí el malvado de todo aquello. Y todo porque no tenía pelos en la lengua cuando de discutir con la Ladrona se trataba.
Lo que dinamitó este conflicto entre el Estado Lésbico contra el Estado Gay, fue que el Estado Gay quería independizarse de la invasión que el Estado Lésbico había ejercido. El ninguneo en las políticas domésticas y por supuesto la opresión porque el Estado Gay tuviera otras ideologías y usara otro lenguaje con respecto a lo que suponía tener una relación. Al Estado Lésbico le encantaba sonreír a cámara y hacer de cada acto, algo público. Participaban de una democracia basada en la compra de likes y el exceso de propaganda y expresión de su teoría radical sore cómo debía funcionar el mundo. Mientras que el Estado Gay, maduraba. Se buscaba la vida, sobrevivía a la Universidad Pública, a la precariedad laboral, a la crisis económica y a todo aquel que intentaba bombardear su estilo de vida.
Teniendo en cuenta cómo era yo, había demasiada presión y demasiadas inseguridades que nos obligaban a Ícaro y a mí a salvar nuestra relación de todo cuanto pudiera ocurrir. Porque todas las minas que nos ponía Cupido en el camino, iban con la peor de las intenciones, hasta que una de ellas explotó. Pero eso, ocurrió tres años más tarde.

La Guerra que vivimos pasó a la calma cuando nos marchamos de Almendrales y casi en línea recta, nos pasamos a vivir a Francos Rodríguez, dejando una brecha entre ambos Estados que jamás volverá a arreglarse.
La ladrona me había arrancado un trocito de corazón con su habilidad para meterse donde no era buscada y con sus besos de ponche robado. Había conseguido que por un tiempo me olvidara de lo que era yo, para fijarme en lo que era ella. Había conseguido sacar buenas partes de mí y de no ser, por la crudeza de ciertas circunstancias, ella y yo seríamos hoy en día, amigos.
Un año después,cuando Ícaro volvía de su primer viaje a Escocia, nos enteramos que a la Ladrona le habían arrebatado el corazón en un inesperado giro de los acontecimientos. Había cortado con el gran amor de su vida, porque creedme, aquella relación, sin duda, fue muy grande y muy importante. Todos cuantos supieron de mi ruptura con ella, pensaron que me alegraría. Pues ella, en un precioso e-mail que le mandó a Ícaro por temas de facturas, nos deseó una perennidad a lo nuestro. Es decir, en un tono irónico (conociéndola como la conocía y sabiendo cómo escribía) que ojalá nuestro estilo de vida, no terminara por destruirnos. Deseaba a pesar de que tuviéramos una descocada relación abierta contra natura , siguiéramos juntos, aunque en su opinión, esto, no fuera probable… Después de aquel mail deseé no saber nunca nada más de ella. Pero no me alegré un año después al saber de su ruptura. Ni una pizca. Es más, no quise saber nada con respecto a ese tema. Yo quería a aquella chica. Y nunca le deseé el mal.

Ella se convirtió en una Imposible supongo que porque nos volvimos insostenibles, insoportables, egocénticos y orgullosos.
Las relaciones tienen fecha de caducidad ya sea porque en vida se rompen, se quiebran, se destruyen o se envenenan, o porque nos separa la muerte. Nada dura para siempre y cuando dos personas que se han querido tanto sufren una ruptura inspirada en la pereza, el egoísmo, la envidia, la acumulación de problemas sin resolver o la guerra de egos, no hay nada que impida su inminente final. Y a veces eso es bueno, porque aquellas relaciones que se inclinan a la distancia y al descuido, son las que te hacen madurar y hacerlo mejor la próxima vez. En mi caso, romper con la gente parece una costumbre de año en año.
Recuerdo que en aquella ocasión me pregunté: ¿Seré yo el problema?
Y quizá sí lo sea. El exagerado número de personas que se van de mi lado, son aquellas a las que me veo obligado a dejar atrás, como si el contexto sobre el que levanto nuestro vinculo, no fuera lo sufcientemente estable. No tuviera un valor siginificativo o se desgastase por su mal uso. Y sino,mirad a los Imposibles y esperad al 2018, que aún nos falta.

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