Valencia à trois

Valencia à trois.

Un juego de palabras quizá no muy ingenioso pero que describe muy bien mi primer intento de episodio poliamoroso.

Llegué con Ícaro a Valencia el 15 de junio 2014 con una mano delante y otra detrás. Fue todo un conjunto de anécdotas de principio a fin aquella gran aventura. Toda esta historia vino plagada de un sinfín de circunstancias que nos obligó a dejar Talavera de la Muerte atrás para construir las bases de lo que iba a ser nuestro futuro. Cumpliríamos tres años de estar enamorados y nuestros problemas en la cama comenzaban a hacerse más notorios. Y claro, un adolescente de diecinueve años como yo, suelto en una ciudad donde, a cada esquina, se encontraba con un chico abiertamente gay, pues era toda una tentación. La novedad del pueblerino que visita una capital de provincia respetable por primera vez.

Es decir, solo había tenido una relación seria y estable en toda mi vida y mis experiencias sexuales se resumían a lo que Ícaro y yo habíamos experimentado. A esto añadimos que el rol en la cama hasta el momento siempre había sido el mismo. Y yo, ávido de curiosidad y atestado de hormonas con diecinueve años, necesitaba más. Hay que tener en cuenta que con Ícaro la diferencia de edad era de siete años y sus necesidades y el misticismo en el sexo, ya habían sido resueltos antes de conocerme a mí.

La relación tomó el desarrollo que decidimos y acordamos abrirla. Todo un desafío. Ya sabéis: enfrentarnos a una opinión generalizada (y casi impositiva) de que las relaciones abiertas no son relaciones de verdad y que carecen de amor porque para que sea amor de verdad solo hay que tener ojos, genitales y boca para una única persona. La monogamia parece ser el fin último y la consecuencia final a cualquier tipo de romance. (Creo que en Egobología algún día hablaré de esto y de mis tantas discusiones respecto a este tema). Ideas que comparto más bien a medias.

Con diecinueve años, columpiarme en esta filosofía me llevaba a una carga emocional que me hizo plantearme hasta qué punto estaba el mundo en lo cierto. Pero cuando mi corazón se envenenaba de tanta duda y se cuestionaba una y otra vez qué debía sentir y qué sentía por aquellos gigantes ojos verdes que me miraban cada mañana enredados en las sábanas blancas de nuestra enorme cama, solo tenía que pronunciar su nombre como respuesta para todo. Y adiós inquietudes.

Él me quería. Yo le quería. Ya podía arder una rebelión a nuestras espaldas que mientras los dos tuviéramos la mano entrelazada en los dedos del otro, todo daba igual.

A principios de agosto de aquel año escapamos de la prisión de la casa de mis primos y pasamos a vivir en unos de los mejores pisos en los que he podido vivir desde que me independicé. Habitación amplia, cocina inmejorable, dos terrazas y dos baños, iluminado… A un precio que en Madrid no veréis en vuestra vida y en una zona universitaria plagada de juventud y, lo más importante, con dos Mercadonas a un tiro de piedra.

Los dos al poco tiempo comenzamos a trabajar y comenzamos a ver ingresos en nuestras cuentas. Al fin, los ahorros para poder vivir en Madrid y empezar la universidad comenzaban a aumentar. Del mismo modo, Ícaro y yo empezamos a compartir una rutina, y un estilo de vida que ninguno de los dos imaginó tener tan pronto. Cocinábamos, hacíamos la colada, hacíamos la compra, etc. Nos hicimos pronto a la ciudad y jamás pisamos la playa. Salvo una vez que fuimos desde nuestra casa hasta Malvarrosa, hicimos el recorrido en patines. Episodio en el que no dejamos de reírnos cuando grité al pisar una paloma muerta en mitad del camino (qué romántico, ¿eh?) En fin, una vida de pareja adulta y estable.

Poco a poco comenzamos a llevar a chicos a casa y a hacer tríos. Poco a poco nuestros horarios nos permitían quedar con otros por separado y al llegar la noche, mientras hacíamos la cena nos contábamos lo acaecido durante el día. En Valencia era complicado no coincidir con algún que otro amante, y a veces nos sorprendíamos al descubrir que nos habíamos tirado al mismo tío. Una de las ocasiones más divertidas fue la vez que Ícaro contactó con otra pareja. Resultaron ser dos actores que yo conocía de internet y que desde los quince años habían sido mis crushes. En aquella ocasión he de decir que no di abasto. Era demasiado hombre que gestionar y demasiada excitación para un cuerpecito como el que yo tenía entonces. También, participamos en una orgía de seis personas con las que luego cenamos y hablamos de John Waters. Ahí conocí a Divine y mi gusto por el vino tinto.

Sin querer, habíamos entrado sin darnos cuenta en una cotidianidad en la que yo cada vez quería más y llegaba a frustrarme si un día no practicaba el sexo. Creí que sufría de adicción o satiriasis. Os prometo que me asustaba la exacerbada necesidad de sexo que llegué a padecer. Casi podría decirse que vivía en un continuo priapismo mental. Así que yo cada vez quedaba más con otros. De alguna manera Ícaro cada vez quería menos y se frustraba cada vez que se veía obligado a desnudarse. Por lo que algo se estaba quebrando en nuestra dinámica. Pero además yo también rompí una barrera: comencé a tener citas y dejé de tratar a ciertas personas como un simple trozo de carne o como un desahogo momentáneo. No me sentía del todo cómodo en esa situación de absoluta frialdad en la que el tío pasaba a ser un objeto. Así que iba a sus casas, bebíamos vino y gintonics, veíamos películas o charlábamos durante horas y finalmente follábamos. A veces me quitaba tiempo de estar con Ícaro, y quizá ahí cometí varios errores. Los tropiezos de un inmaduro egoísta. Cómo pesan los diecinueve años cuando no piensas con la cabeza de arriba.

Conocí a un montón de personas con las que salir de fiesta, con personalidades distintas a la mía. Personas que me deseaban constantemente y con fetiches sexuales tan variopintos que llegué a sentirme enriquecido por la pluralidad de gustos y de caracteres que podrían rodear un misma vida. Mi vida. Me sentía como un lienzo de Pollock (el que quiera leer entre líneas, perfecto jeje): salpicado por toda la experiencia que ofrecían cuantos amantes yo tenía.

Ícaro y yo no pasábamos de los roles clásicos y de hacerlo una o dos veces por semana. Yo ya me había convertido en un beodo ansioso de experiencias que él (que no bebía ni bebe alcohol) ya había tenido. El tiempo que pasábamos juntos lo dedicábamos a ver series o a estar en casa. Nuestras conversaciones comenzaron a escasear, ya fuera por su carácter introvertido, o porque a mí no me apetecía contarle que en esa semana me había tirado a tres tíos distintos. Porque en realidad eran las únicos acontecimientos especiales fuera de casa. Se creó una pequeña brecha debido a la diferencia de nuestras necesidades y gustos. Además de entrar en una rutina en la que solo trabajábamos y a duras penas veíamos a los pocos amigos que ahí teníamos. Pero nada que no se pudiese solucionar con chocolate y risas de medianoche.

Nos quedaban menos de dos meses para venirnos a Madrid definitivamente. Estábamos bien, estables. Todo lo bien que podía estar una pareja que apenas compartían su desnudez y que ya no tenían mucho que contarse. Todo lo bien que pudieran estar dos personas tan terriblemente opuestas pero que no sabrían vivir el uno sin el otro. Porque a pesar de todo, mi novela (empezada un años antes de llegar a Valencia) seguía tratando de él y de mí y de lo heroico y trágico que era amarnos. La cual aún sigo escribiendo.

Fue en una de aquellas noches en las que yo no encontraba el sueño y en las que él no se dormía si yo no me dormía; en la que decidí que era buena idea llamar a alguien. Un chico con el que llevaba hablando algunos días por una de las tantas aplicaciones de ligoteo. Pero Ícaro, no estaba muy por la labor y se dirigió al cuarto de al lado. Sí, él estaba al otro lado de la puerta enterándose de todo lo que yo hacía con este muchacho al que llamaremos Satélite.

He de decir que desde el minuto uno que vi a Satélite no me causó más que una profunda curiosidad. Tenía las piernas tatuadas, llevaba calcetines largos y pantalones cortos. Los brazos también estaban tatuados con dibujos de Disney. Tenía las orejas con dilataciones y llevaba gafas de pasta. Era tan opuesto a mi gusto habitual. Tan risueño. Tan descarado. Aquella primera noche hablamos hasta por los codos y nos fumamos una cachimba entre risas. Lo que debía ser un polvo rápido se convirtió en un rato largo de conversación y juego. Por supuesto, nos entendimos de maravilla en el ejercicio de la sodomía y finalmente nos dimos los teléfonos y el resto de redes sociales.

Los días siguientes nos los pasamos enviándonos fotos en la ducha, comentarios chorras y… conociéndonos. Era tan espontáneo, tan libre. Siempre tenía algo que contarme. Y se encargaba a cada momento de recordarme que debíamos tener sexo de nuevo. Yo no le daba importancia a estos actos. Tampoco hacía nada fuera de lo acordado con Ícaro que él no hiciera. No obstante, desde el principio entre Satélite y yo hubo una conexión difícil de explicar.

Un lunes decidimos emborracharnos. Un lunes en el que Ícaro durmió fuera de casa. Un lunes. Solos Satélite y yo. Con otra cachimba y su suspensorio. Beber por beber, sin salir de fiesta. Solo por el simple placer de tener resaca al día siguiente. ¿Cuándo y con quién iba yo a hacer eso? Pues ese lunes con Satélite. Fue una noche muy corta. Bebimos hasta decir basta y follamos hasta que tuvimos agujetas. Incumplí otra norma: Lo acordado era no dormir con nadie en nuestra cama, con lo que él dormiría en otra habitación y yo en mi cama. Pero no fue así. Gran parte de la noche estuvimos metidos en la misma cama que yo compartía con mi pareja. ¿Qué me había pasado? ¿Por qué me saltaba a la torera lo establecido por aquel muchacho? Satélite no me permitía pensar. Todo era actuar, todo era correr, todo era carpe diem. Tanto era así que antes del amanecer, cogimos su coche, tal y como íbamos (niños no lo hagáis nunca) y como si la carretera fuera nuestra, acudimos a un McDonald´s.

Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver.

– Willard Motley (no James Dean)

-Una hamburguesa de un euro, por favor.

Nos zampamos la hamburguesa de vuelta a casa, sin medir la velocidad, sin pensar que estaba saliendo el sol. Estábamos solos él y yo, y aquella noche, todo lo que deseaba estaba siendo mío. Fue la primera vez que su aspecto, su físico, pasó a ser magnético y su personalidad arrolladora.

Al día siguiente, Ícaro nos encontró durmiendo en camas separadas. Yo en la mía y él en otra habitación. Al día siguiente Ícaro y yo lo hicimos con las puertas abiertas a sabiendas de que Satélite podría vernos, pero no nos importó (a mí al menos). Con uno me había pasado la noche entera haciendo de activo y cuando entró Ícaro a nuestra cama, solo me apetecía que se introdujera en mí siendo yo todo suyo. La magia de la versatilidad.

Al despertar, Ícaro, Satélite y yo desayunamos juntos. La cordialidad, la educación y la diplomacia con la que Ícaro trataba a Satélite, eran propias de un caballero. Ícaro y su paciencia de oro. Al despedirse de Satélite, me confesó que le había caído bien. Y yo me alegré.

Al día siguiente, pisamos la playa por segunda vez en todo ese año y porque Satélite se empeñó. Nos recogió en el coche y comimos ahí. Ellos se metieron un par de veces al mar y jugaron entre ellos mientras yo los observaba. Odio el mar. Pero al cabo de un rato me metí con ellos porque era divertido tenerlos a los dos tan felices.

Cuando estuvimos los tres tumbados en las toallas, las conversaciones fluían y había más risas. A mi derecha, Ícaro con esa bondad y esa tranquilidad supurando por cada poro de aquella piel inmortal. A mi izquierda, la agitación y la picardía de Satélite materializándose en sus innumerables tatuajes.

Ninguno dijo nada acerca de lo extraño que era todo aquello por la simple razón de que nadie se paró a pensarlo. Ni siquiera la siguiente vez que fuimos a la playa. Ni la vez que cenamos juntos. Pero todo empezó a torcerse cuando nos fumamos una cachimba de hierbabuena. Teníamos el piso para nosotros y estábamos en el salón. Como siempre nos acompañaba mi curiosidad y mi frustrado espíritu de ménade. Comenzamos a jugar como adolescentes y lo que comenzó con inocentes pruebas, acabó en besos apasionados por parejas. Hasta que le llegó el turno a ellos quedándome yo fuera, tal y como lo dictaba el juego. No lo soporté. Recuerdo que los celos más asfixiantes acabaron conmigo. Yo debía estar entre ambos constantemente. No podía dejar que las dos personas que en ese momento me gustaban tuvieran algo entre ellas sin mí (episodio recurrente en mi vida, lo iréis leyendo por aquí). Se salió de mi control. Estaban ahí besándose frente a mí con la misma intensidad con la que me besaban a mí. Pero sin mí. No podía soportarlo. Yo los había unido. Era mi culpa que yo no estuviera en ese momento besándolos también. Era mi culpa que esas dos bocas que tanto deseaba, estuvieran comiéndose la una a la otra y yo mirando.

No.

Discutí con ambos de una manera absurda. En el fondo me lo estaba pasando bien y ese nimio momento lo estaba estropeando todo…. Cuando quise darme cuenta, estábamos los tres en la misma cama. Mis celos no tenían sentido, pues cuando los tres estábamos desnudos, nada me importaba más allá de lo que ellos me transmitían. Todas nuestras manos, nuestras piernas, nuestras bocas, conviviendo en un mismo ecosistema de sudor y gemidos. Turnándonos en la penetración con una coordinación inaudita en la vida real. Los suspiros conviviendo a coro. Cada espacio de mi cuello empapado de ellos. Y todas nuestras eyaculaciones viajando en una misma trayectoria. (Recordemos a Pollock una vez más).

De los tríos más inolvidables y supongo que la evidencia primera de que estaba complicando mi vida y la de ellos.

La cuenta atrás para venir a Madrid se nos echaba encima, yo lo tenía muy claro: mi vida estaba aquí, en Madrid, en la universidad, con Ícaro…

Durante aquellas últimas semanas los tres salíamos día sí y día también. Ícaro nos observaba borrachera tras borrachera pero participaba en nuestras locuras. Los tres nos volvimos cómplices bajo la luna de Valencia.

Una de aquellas noches, a Satélite le invadió toda la ira que pudiera habitar en un ser humano. ¿Por qué? Porque empecé a flirtear delante de él y de Ícaro con un cuarto. Recuerdo que me entró él. Que era guapo y que yo estaba tan borracho que no lo pensé. Fue divertido hasta que vi que a mi pareja y a mi amante, les molestaba. Para sorpresa de todos nosotros, fue Ícaro quien calmó a Satélite:

-Cam es así. Yo ya me he hecho a la idea.

La unión entre ambos nunca fue una unión romántica. Eran dos personas enganchadas a un mismo chico que no tenía remedio y a las que no les quedaba otra opción que compartir. Nunca llegaron a conectar lo suficiente como para colgarse el uno del otro. Se hicieron amigos o compañeros de un juego que no les terminaba de gustar o simplemente me querían lo suficiente como para no salir de él.

Viajamos a Benidorm, a ver mi mejor amiga. La cual nada más vernos llegar a los tres, en el coche de Satélite, adivinó lo que ocurría. Las amistades fraternales como esta son mágicas y poseen un poder inexplicable. No hacen falta las palabras, a veces un vistazo es capaz de contar toda una experiencia.

-¿Satélite y tú estáis liados?-me dijo ella en un momento dado cuando estuvimos a solas.

-Sí… bueno. Es un amigo.

-He visto como le miras. Como los miras a los dos. ¿Qué vas a hacer?

-Irme a Madrid. A quien quiero es a Ícaro.

-Y a Satélite.-confirmó ella tan segura como lo estaba yo de que alguien acabaría sufriendo con todo esto.

Último martes en Valencia. Ultimas copas con Satélite. Últimos bailes. Últimos besos. El eclipse de todo esto, entre mis sentimientos, el despegue de Ícaro y las dudas de Satélite, comenzaba a cegar corazones.

¿Me veía con Satélite? Era un chico increíble. Sincero. Diferente a mí. Cada vez que estaba con él se encendía una juventud rebelde que no había conocido hasta su aparición en escena. Alguien que era gasolina para todo el fuego que yo desprendía. ¿Me veía sin Ícaro? Él era futuro mi estable y mi primer gran amor. La única persona a la que amaba y por la que renunciaría al mundo y a sus normas. Él, que era capaz de salvarme de mis locuras y mis complejos. La voz de la razón… Tuve mis dudas. No podíamos estar los tres porque a largo plazo no funcionaría. Porque yo amaba a uno y en menor medida, quería a otro. Porque uno era todo mi futuro y el otro solo mi presente.

Satélite no se movería de Valencia e Ícaro no renunciaría a Madrid. ¿De verdad me lo estaba planteando? ¿Me estaba planteando mi gran sueño de ir a la universidad en una ciudad que ya me había conquistado? Entre Ícaro y Satélite se había formado un acuerdo tácito de que ninguno de los dos competía. De que los dos me querían en su vida. Que el culpable de todo aquello era yo y que yo debía elegir. Debía decidir cuál de los dos sufriría. Con cual rompería. Qué decisión era más madura o más inteligente.

A mi cabeza vinieron tantos ¿Qué pasaría si…? , tantas suposiciones, tantas situaciones imaginarias. Tantos conflictos. ¿Estaba lo suficientemente enamorado de Satélite como para renunciar a mi vida soñada?

¿Por qué no podíamos estar los tres? Porque entre ellos no había más que una simple casualidad y una cortesía. No se querían. No estaban enamorados. Y la única razón por la que convivían juntos era yo. Y como me jodía no poder tenerlo todo. Porque me gustaba tenerlos atados a mis costillas mientras dormíamos. Uno a cada lado. Uno dándome de fumar y el otro midiendo las copas que me bebía para no llevarme a casa a rastras. Uno asegurándome una vida de llena aventuras. Otro aceptando que la aventura y el desafío era yo. Ambos me aceptaban por encima de mis virtudes y a pesar de mis defectos…

Así que ahí estaba yo aquella madrugada, con la maleta hecha, la habitación vacía y un coche viniendo desde Talavera para recogernos. Mis dos precipicios y yo en medio, reflexionando en un puente que debía quemar.

Me despedí de Satélite el 5 de julio de 2015. No nos dio tiempo ni a un abrazo. Ícaro y yo nos subimos en el coche sabiendo que una parte de nosotros se había roto y nos alejamos de aquella ciudad, con un puente ardiendo bajo una luna de Valencia que olvidaría sonreír por un tiempo.

Satélite se volvió un Imposible porque llegó en un momento equivocado, en la ciudad equivocada, en una relación equivocada, en un presente que no era suyo.

No llamaría a esta situación enamoramiento. Porque comprendí que estar enamorado a veces conlleva a tomar la decisión acertada y otras veces, lleva a renunciar a todo. Y en esta situación a lo que no pensaba renunciar por nada ni por nadie, era a mi futuro con Ícaro. ¿Me lo planteé? sí. Pero de alguna manera todos conocíamos la fecha de caducidad de aquello aunque yo no quisiera verlo. Pero sí fue la segunda vez en mi vida que me colgaba tanto de alguien. La primera me había dejado tan marcado que me fue imposible renunciar a ella. La segunda, estaba destinado a ser un amor de verano. Creí que no habría más situaciones de este tipo. Pero el 2017 me aguardaba cosas peores…

Al llegar a Talavera aquel día y pensar en aquellas intensas semanas, me di cuenta de que mi corazón quizá fuera más grande de lo que yo quisiera admitir. Lo suficiente para que cupieran más personas a la vez. Era una casa donde podían habitar todo tipo de vínculos y de personas siempre y cuando la más importante (Ícaro) tuviera siempre su habitación ordenada. Ahí se abrió mi mente a niveles que ni yo mismo comprendía y que con el tiempo, me han forjado en esta mentalidad tan amplia y tolerante de las relaciones.

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