Cam el Destrozahogares

El título hace referencia a una pequeña y simple pulla, broma, chiste, comentario cómico, ameno y amistoso por parte de mis amigos. A lo que yo les contesté: Oh genial, añadamos esa etiqueta preciosa a la larga lista de hastags que me definen y me clasifican en esta, nuestra sociedad (arriba ese Juan Cuesta).

Bien, dicho esto, he de decir que surgió como respuesta a una situación en la que he participado hace poco. Sí, amigos, hablo de la terrible situación de hacer de amante. O de error. Los amantes son más a largo plazo y esto ha sido lo que los infieles llaman “un desliz de una noche”. Hablo, queridos lectores, de que me he liado con una persona con pareja. Una pareja por lo que tengo entendido, monógama. Es decir, con normas muy claras y explícitas de lo que es el respeto, la confianza y la exclusividad. Vamos, lo que practicáis habitualmente las personas comunes y silvestres de mi alrededor. Ese mantra que os repetís una y otra vez bien aprendidito y que está bastante desgastado (desde mi punto de vista).

Me cuesta tomarme en serio (en esta situación en particular) este tema, porque, como leéis, demostrado queda que son poquísimas las relaciones que realmente duran con estas normas. Normas que no vería mal si hubiera como mínimo un cincuenta por ciento de la población en la que me muevo, que las cumpliera con total sinceridad y compromiso. Pero de todas mis situaciones vividas (que no son pocas) y la interminable lista de personas que conozco, mi conclusión es: algo falla si la mitad de las relaciones monógamas se rompen por la infidelidad.

No defiendo ni tolero en absoluto el adulterio (Sí, adulterio que suena más serio y dramático). El haber contribuido de forma esporádica, aislada y fuera de mi ética, a una infidelidad, no hace que mi discurso se caiga. Todo lo contrario, lo refuerza. El daño, la mentira, el dolor y la infinidad de rupturas emocionales que supone cometer una infracción como esta, dentro de una relación, no es justificable. Tampoco seamos duros y radicales: los cuernos tampoco son imperdonables (no es la Maldición Cruciatus)

Como yo lo veo, existen ciertos matices dentro de una infidelidad y como siempre he dicho, todo depende de las normas que los implicados en dicha relación, acepten. Lo que llevaría a la infidelidad a ser cuestionada desde varios prismas.

Yendo al meollo: el tío de aquella noche me gustaba. Me atraía desde la primera vez que le vi y físicamente cumplía con ciertos tópicos de mi interés sexual. ¿Cómo iba imaginar yo que sería correspondido? Para mí fue un asombro descubrir que él también estaba interesado en mí. Pero ¡sorpresa!: tiene novio. ¿Lo sabía cuando le metí la lengua hasta el páncreas? Sí. ¿Conocía yo al novio? No. ¿En algún momento dado me paró los pies o me insinuó que tenía pareja? Tampoco. ¿Estaba yo como Las Grecas y todo me daba igual en aquel momento? También. ¿Asumí que el problema no era mío y que si el chico no me frenaba, me daba pie, y me consentía tirarle fichas, era él el que se buscaba su perdición? Por supuesto.

¿Fui un cínico y un hipócrita al romper mi ética por echar un polvo? Puede ser. ¿Me arrepiento? Pues oye, no. Fue un polvo. Un desliz premeditado por su parte, y un ligue de una noche por la mía. No estoy dispuesto a repetir. No de inmediato. No es mi intención. Ocurrió y ya.

¿Me estoy justificando? En absoluto. Fui el rollo de una noche de alguien que tiene novio. Fin de mi infracción moral.

En suma, soy conocedor de que no es problema mío. Sé que mis cargos de conciencia no son tan altos como los que él debería tener. Y realmente desconozco el tipo de relación que llevan. Es decir, sé que es cerrada y que posiblemente yo acabe CAMuflado en una mentirijilla, pero lo que pasa entre ambos, no, y no me interesa. En este caso, la infidelidad como participante y no como autor, tiene la importancia que yo quiera darle.

De ahí lo de “#Destrozahogares”. Al día siguiente mis amigos entraron en la discoteca con la siguiente frase a modo de eslogan: Señores, vigilen a sus novios que entra Cam.

¿Me hace gracia? Pues sí. No deja de ser una broma con la que no me identifico y cuyo origen es verosímil. Para que algo haga gracia debe tener una parte de verdad y una parte de mentira (dijo alguien que vi recientemente en una película o serie, no me acuerdo ya). Me hace gracia porque realmente una semana después de lo ocurrido, esas dos personitas siguen juntas y su relación completamente inalterable. Yo no sé nada si me preguntan y mis amigos, cómplices, frívolos y sin alma, tampoco. El mundo sigue girando en su orden natural y si te he visto, no me acuerdo.

Ahora, como consejo: no lo hagáis, no engañéis a vuestra pareja. Y tampoco caigáis en seducir, tontear o acosar a alguien a sabiendas de que tiene una relación cerrada. Tanto uno por incumplir con su compromiso como el otro (conocedor de su situación) por entrometerse, quedan en mal lugar. Puede que no al mismo nivel de un adultero, pero ser un #Destrozahogares o un #Rompeparejas no es divertido, ni emocionante, ni excitante y dice mucho de tu persona. Puedo entender un beso tonto una noche de fiesta con alguien que siempre te ha gustado y el gusanillo hay que matarlo. Puedo entender que la tensión sexual no resuelta sea a veces más poderosa que la propia conciencia. Puedo entender los impulsos por enfado o los cuernos por venganza. Puedo incluso aceptar el desliz estando alcoholizado (aunque el alcohol hoy en día no es excusa para justificar los cuernos). Lo entiendo porque somos humanos, cometemos errores, somos emociones y sentimientos y a veces la razón queda nublada entre el quiero y el puedo. Entre el éxtasis y el secreto.

Los secretos mueven nuestras vidas y sin ellos un escritor como el que intento ser yo, no tendría recursos con los que trabajar. Los deslices provocan dramas sin los cuales no tendría nada que contar. Pero esto ya lo digo desde la sátira y el más puro interés de un cotilla acérrimo.

No obstante, no lo hagáis. Lo repito porque no se os queda fijo en el imaginario de vuestra mente. No-lo-hagáis. Si vuestra intención en la vida es tener el añorado final feliz con alguien, no le hieras. No te conviertas en el villano de su cuento. No le rompas el corazón. No te entrometas tampoco en algo que no te pertenece. No ofrezcas el fruto prohibido con premeditación y falta de respeto.

Intentad no poner los cuernos, no engañar.

Truman Capote escribió en Desayuno con Diamantes: “Cuando alguien te da su confianza siempre quedas en deuda con él”.

Si algo en vuestra relación falla, habladlo con esa persona. Si una noche la cagáis con un beso en mitad de la euforia multicolor de una discoteca, cogéis y se lo contáis. Se supone que conoces a la otra persona con la que decides compartir tu vida, se supone que os queréis y se supone que la sinceridad y la comunicación lo arreglan todo. Se supone que estáis enamorados el uno del otro y por lo tanto, ambos sabréis arreglar vuestras diferencias para salvar vuestro anhelado romance. Si por el contrario, os conocéis al cien por cien y sabéis perfectamente que la monogamia no es lo vuestro o que no sabréis respetar a la otra persona, o que no vais a estar a la altura de un compromiso serio y formal, no tengáis una relación. Madurad. Quereos a vosotros primero. Manejad vuestros impulsos. Pensad muy bien lo que queréis y lo que deseáis de verdad. Centraos emocionalmente en la vida. Aprended de los errores. Vivid y cuidad primero de vosotros mismos antes de cuidar de nadie más. Las parejas, los novios, los te quiero y las relaciones, los enamoramientos, los tórridos romances y los finales felices, no son productos de consumo de usar y tirar. La infidelidad no es justificable porque conlleva un acto de deslealtad y egoísmo tan altos, que asustan. Más bien deberíamos sentarnos y pensar: estoy con X persona, bien ¿qué quiero con ella? ¿Cuán importante son para mí nuestras diferencias? ¿Voy a ofrecerle a nivel emocional lo que X me ofrece? ¿Nuestro respeto y nuestros límites dónde residen? ¿Es tan grande lo que siento por X como para involucrarme seriamente en lo que supone una relación adulta y responsable?

Por supuesto, toda persona es impredecible. Todas las situaciones son diferentes. Todos actuamos según la conveniencia, el contexto, según el control o descontrol de los celos, la formación o la deformación que tengamos con respecto a nuestra toxicidad, a nuestra apertura de mente, a nuestro entendimiento sobre el bien y el mal, la construcción de nuestra ética, etc. Por supuesto, todo esto es un ideal. Seguiréis cometiendo adulterio y seguiréis engañando (o siendo engañados) porque aquí es más importante no dormir solo y pensar en el banquete de la boda, que en construir una relación sana y fértil.

Seguiremos tirándole la caña aunque sepamos que ese pez nada en una pecera privada. Y seguiremos siendo el romance secreto, la calada al aire, la escapatoria y la excusa de algún monógamo insatisfecho.

Seguiremos siendo personas invadidas de emociones, sentimientos y con tendencias suicidas.

Por eso yo sigo soltero, porque primero debo aprender a cuidar de mi Licos y mi Cámtropo.

Damas y caballeros, háganme el favor de no creer que yo soy un #Destrozahogares aunque haya aceptado tal etiqueta como divertida. Mi libertad acaba donde empieza la del otro, y resulta que la libertad de este otro se vio compartida con la mía. En ese momento, a los dos nos apetecía cometer un error y faltar a lo correcto. Para mí quedó ahí, en una anécdota divertida para una publicación de Egobología; desencadenó en un mote frívolo y en una reflexión de auténtico interés general.

Poner los cuernos = Caca.

Ser el amante a sabiendas = Cuestionable.

Estar soltero = mi mejor opción.

5 comentarios sobre “Cam el Destrozahogares

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