Viaje al centro de tu cuerpo

Nací en tu mirada el día que nos encontramos.
Ágil, veraz, inquieta.
Una maleta de mano:
Tu nombre, ningún reclamo.

Resolví mis miedos cuando bajé a tu nariz. Respiraba.
De mí se llenaba, repleta.
Mochila preparada.
No hay vuelta.

El tren al resto de tu cuerpo aceleraba;
mis manos bajaban.
Tu piel ardía.
Mi destino tu boca sería.

Hice escala en tu cuello.
En tu perfume me vi envuelto.
Me quedé ahí, sin prisas.
Viaje regional por las vías de la risa.

Las palabras atardecían.
Los silencios aparecían.
Éramos poesía.
Tú me apetecías.

Mitad de trayecto.
Susurré tu nombre cuando no me oías.
Enterrado entre mis brazos, no respondías.
Nos fundimos con el viento: una alegoría.

El primer beso, fue lento.
Un pico inocente.
Mis labios se humedecían.
Me miraste sonriente.

Anochecía.
Éramos vida.
Ojalá no te bajes de esta travesía.
Me dijiste al empezar el día.

Tu corazón era mi equipaje.
Tú guardabas lo importante:
La razón de mi locura,
mis miedos y mis dudas.

Renuncié a Madrid para verte dormir.
Ahí aprendí a sonreír.
Y en una canción de medianoche,
nos fugamos sin reproches.

Por tu pecho caminé,
desnudo y sin prejuicios.
Y en tus manos aterricé,
preciso, sin juicio.

El recorrido de tu cuerpo,
sendero esbelto.
Turismo espacial por todos tus lunares.
Piloto perfecto, grato el viaje.

Final del trayecto.
Parados, tú y yo, estábamos enteros.
Cinco minutos más fueron nuestros:
el último beso.

Última parada.
Estación en curva.
Al salir, no introduzcas el pie
entre el coche y el andén.

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