¿Es nuestro ambiente tóxico? Si Santana López existiera, seríamos los mejores amigos

Hace poco,un seguidor de Instagram (@renguerrero_) me dejó unos mensajes que me plantearon algunas preguntas.
Todo vino porque subí una foto en el gimnasio con un mensaje con algo así como: Ojalá tener cuerpazo.
O algo similar, subo historias de ese tipo a diario como para acordarme.
El caso, su último mensaje es el que me dejó en el aire algunas dudas.

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“El mundo sería mejor. Sobre todo el ambiente”

No tengo ni idea de las experiencias que habrá vivido este chico. A mi parecer es un tío simpático, divertido y siempre tiene una palabra amable. Es educado y atento… Espera…
Es ese tipo de chicos que escasean un viernes por la noche cuando salimos. Quizá por eso me dejó pensando.
¿Qué hace que un chico como él, que es realmente una buena persona de cara a los demás, tenga la necesidad de decir: “Si no nos animamos unos a otros, ¿qué nos queda”?
La verdad, es que desde mi experiencia, el ambiente desde mis diecinueve años que lo conozco tiene dos caminos: o comes o te comen. Por mucho que intentemos permanecer al margen, ser buenos o sencillamente pasar desapercibidos existen las hipocresías, las puñaladas, la crítica fácil y el rumor regalado. Es así y cualquiera que me esté leyendo tendrá en su mente al grupo de personas (en mi caso el típico clan de veinteañeros que van en grupitos de tres o cuatro, vestidos a la última, con andares a lo Sharpay Evans y miradas a lo Maléfica entrando al bautizo de Aurora. Respirando como si el mundo fuera suyo y pudieran hacer y deshacer a sus anchas) que tan mal les caen y que desearían no haber conocido en su vida.
A la pregunta del título, yo contestaría que sí. Que los que nos movemos con asiduidad por el ambiente adquirimos un comportamiento tóxico de alguna o de otra manera. Acabamos por absorber el veneno que nos rodea y de vez en cuando sacamos las peores partes de nosotros, dejando paso a un individualismo y una guerra de egos que a veces trae consecuencias malísimas. Dejamos de tratar a las personas como lo que son y las convertimos en herramientas de un estatus que no existe. Desaprendemos a socializar y dejamos de apoyarnos entre nosotros.
Los mensajes de mi seguidor, me llevaron a pensar cómo personas con tantas cosas en común, (ya sabéis, pertenecemos a la misma comunidad, estamos oprimidos, hemos sido insultados y maltratados en muchos aspectos de nuestra vida por ser cómo somos y manejamos traumas posiblemente muy parecidos, sencillamente por haber nacido “contrarios a una sociedad heteropatriarcal”), hacemos a la vez de jueces y verdugos entre nosotros. Nos sentimos con el poder de criticar y etiquetar el comportamientos de este o aquella, como si realmente estuviéramos en sus zapatos. Estamos de alguna forma sometidos a una competición constante par ganar un premio que realmente no existe y lo peor… que no nos damos cuenta.
Al menos desde mi punto de vista. Yo veía todo esto como una gran competición de animadoras malas de instituto que debían marcar su jerarquía en el instituto convirtiéndose en abusonas de sus otros compañeros. Y siempre me dije que nunca me uniría a ese equipo. Casi cuatro años después, esas palabras se esfumaron y al día de hoy sé que si Santana López existiera, seríamos muy amigos. Los mejores quizá. Y por gracioso que suene, asusta.
Intento ser tan simpático y amable como la gente me lo permita, pero no he dejado de encontrarme un golpe tras otro cada vez que salgo (literal y metafóricamente hablando). Cada noche nace un complejo diferente y cada día un esfuerzo nuevo por hacer de mi imagen las más impoluta dentro de lo aceptado en nuestra propia comunidad. ¿Se diferencia eso de ocultar nuestra pluma o huir del maquillaje para hacer felices a unos padres heterosexuales de pensamiento estricto? ¿Se diferencia eso de no llevar la falda por encima de las rodillas y taparse el escote por miedo a lo que piensen los demás? Creo que no.

“Ojalá todos nos apoyásemos y ayudásemos mutuamente”

Ojalá… Por mi parte, podría prometer misa. Podría difundir este mensaje en camisetas. Hacerlo un lema. Abanderarlo como un himno al ritmo de ¿A quién le importa?. Subir hastags hasta el hartazgo, etc. Pero todos seguiríamos siendo las mismas reinas del baile una vez entrásemos en las discotecas, porque de eso se trata todo esto, de estar por encima.
Y quizá se deba porque no dejan de hacernos sentir por debajo.

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