El Ícaro que escapó de mi sol

Puedo decir orgullosamente que me he enamorado como mínimo dos veces  en mi vida. Y pillado hasta las trancas, encaprichado de toda posibilidad, y herido de placer, tres.

Dos han coincidido. La segunda vez que me colgué de alguien no fue suficiente para dejarlo todo por él, la tercera y sin dudar, la segunda vez que me enamoré, sí.

Pero este capítulo habla de la mejor relación que he tenido nunca. Mi primer cuelgue y mi primer enamoramiento de verdad. Se podría decir que fue durante seis años, el amor de mi vida, la prueba constatable de que el amor existe a veces más allá de las novelas de Nicholas Sparks y las normas. Me gusta ver nuestra relación como una leyenda, un mito. Al fin y al cabo tuvimos el valor de enfrentarnos a todo por defenderlo y por hacer historia. Además, como escritor que pretendo ser, elevar al máximo exponente todo tipo de sentimiento o emoción, es mi pasatiempo favorito.

A través de esta parte de Licamtropía volveré eterno a la persona que más amé en mi vida: Ícaro.

¿Por qué Ícaro? Bueno, con él supe lo que era tocar el sol sin derretirnos. Porque él me hizo elevarme a la mejor versión de mí mismo y porque con él volé hasta los sueños más inalcanzables.

Recuerdo que cuando yo le conocí lo primero que me hizo verle con ojos diferentes fue su nuca. Sí. Estaba de espaldas cuando yo entré en aquella habitación llena de gente, ni siquiera le había visto la cara y durante esos primeros cinco segundos, supe que me gustaba. Por supuesto luego se giró y vi esos enormes ojos verdes, laberintos del propio Dédalo donde perderse era fácil. Era una mirada indescifrable, limpia, repleta de una bondad inaudita, pero también atestada de cosas que nunca se dirían. Su piel ocultaba el secreto de la juventud eterna y el invierno más bonito que viviría nunca. Iba vestido de negro. Por varios días creía que se trataba de un Cullen, y al día de hoy, después de seis años, sigo esperando que brille cuando le dé el sol.

Me enamoré de todo lo que dejaba ver: era taciturno, introvertido. Desprendía cierta nostalgia, cierta belleza gótica. Parecía un personaje de Óscar Wilde, o si voy más allá, uno mío.

Recuerdo que la primera vez que decidimos  vernos los dos a solas, no paró de hablar. Pero creo que fue la única vez que era él el que no callaba. Porque si algo puede decir cualquiera que le conozca, es que Ícaro sabe escuchar.

La segunda vez, se comportó como un muchacho bueno y atento y me pidió permiso para poder besarme. Creo que ahí me tembló todo cuanto pudiera temblarme. ¿Quién iba a pensar que me correspondería? Creédme, yo no era nada su tipo. ¿Alguien como yo? ¿Un chico tan histriónico, tan llamativo, con un carácter y un dramatismo propio de su naturaleza latinoamericana? no. Si de algo estoy seguro es que yo supuse un desafío para él y dudo que vuelva a vivir uno igual.

Cuando quisimos darnos cuenta llevábamos tres meses. Un te quiero se escapó por el apenas conocido WhatsApp. Yo le contesté con un corazón amarillo. ¿Tres meses y ya me quería? Yo me asusté. Vale que me gustara. Vale que le tuviera cariño. Vale que me latiera el corazón cada vez que estaba con él, pero decir “te quiero”, no entraba en mis impulsos (y eso que vivo en la cumbre de actuar sin pensar).

No le hicimos mucho caso y durante tres meses más, seguimos paseando a mi perra Ivanna cada noche por el paseo del Tajo en Talavera de la Reina.  El Puente Romano, el más antiguo de los cuatro puentes que hay y el más peatonal, era también el más oscuro. La luna se veía reflejada en la posición perfecta sobre el río y la soledad nos permitía darnos los besos que la timidez no nos dejaba darnos en público.

Bueno la timidez y Talavera. Ahí las expresiones de afecto homosexual en público son escasas y peligrosas.

Fue con él con quien empecé a cogerle el gusto a las series. A sufrir con ellas.  Superé mi absurdo miedo a las películas de terror y empecé a apreciar el gore. Fue él una de mis mayores motivaciones para escribir novelas y una fuente de inspiración constante para el resto de mis textos. Aprendí a adorar a los gatos porque me recordaban a él. Y abrí mi mente a muchos aspectos de la vida. Maduré con él.

Fue con él con quien cumplí la mayoría de edad y me enamoré de Madrid incluso antes de vivir aquí. Me trajo por mi dieciocho cumpleaños un fin de semana y me enseñó ciertas zonas que me hicieron sentir que mi destino estaba aquí. Y que estaba aquí con él.

De primeras, todo suena precioso. Pero las relaciones no son perfectas y a pesar de nuestra falta de discusiones, había otros aspectos en los que tropezábamos: el sexo.

Ícaro me sacaba siete años. Había viajado, vivido, tenido otra relación. Y yo a pesar de ser precoz en muchos aspectos, mi vida sexual se había reducido por aquel entonces a un par de chicos y a él. Yo tenía dieciséis años y aun tenía muchas experiencias que vivir.

La penetración se presentaba como el primer problema y más adelante el resto de mis fantasías producto de mi lujuria adolescente. ¿Cómo arreglarlo sin perder a la persona que amaba? Exacto, abrimos nuestra relación.

Fue una situación dura. Llena de acuerdos, normas, cláusulas… no dejaba de ser un contrato mutuo. Un compromiso que llevamos en secreto porque el mundo no estaba (ni está) preparado para asumir algo así. Nuestros amigos nos mirarían con esa superioridad moral con la que nos miró el resto de personas que no eran nada nuestro.  Y a medida que lo íbamos destapando, se nos convertía en un lastre.

Asumí entonces nuestro papel como antagonistas de la Historia. No solo éramos gais sino que además no éramos monógamos. No aceptábamos ninguna norma impuesta. Nuestra relación se convirtió en algo sí como un crimen a la moral y la ética de cuantos monógamos nos rodeaban. Éramos Bonnie & Clyde huyendo de los que se creían jueces de la vida, en nuestro coche hacia nuevos horizontes. Éramos Drácula y Vannessa Yves en Penny Dreadful. Un beso y toda la oscuridad se sumiría sobre nosotros, convirtiéndonos en el mal. Recibiendo la espalda de todos los que nos criticaban por no ser iguales a ellos. Aprendí que todo me daba igual. Que nuestros sentimientos irían separados de nuestras necesidades como individuos y que nuestra felicidad y estilo de vida no dependía de nadie más que de nosotros mismos.

Pero fue duro. Al menos al principio. Con el tiempo aprendimos a gestionar los celos y yo aprendí a disfrutar de los tríos más como espectador que como participante. Aprendimos a jugar en pareja, ya fuera con otras parejas o con terceros. Nos divertíamos y huíamos de la monotonía. Vivíamos entonces en Valencia. Fuimos un año, el uno cogido de la mano del otro, sin saber qué nos encontraríamos, esperando asentar las bases de nuestro futuro. Lo que hallamos en aquella ciudad fue un sinfín de experiencias que fortalecieron nuestra relación y que nos hizo superar pruebas que ninguna pareja que conozca ha tenido que superar.

Aquí me planteé por primera vez (que no la última) la posibilidad del poliamor. Una relación completamente factible si el que la dirigía era yo. Una relación de tres que salía bien, si yo era el centro de ambos. Es decir, algo completamente nocivo para todos.

En su momento tomé la decisión correcta: mi vida no estaba en Valencia. Mi vida estaba aquí, en la capital, con él. Los dos solos.

Llegamos a Madrid  más fuertes que nunca con la firme esperanza de forjarnos el mejor futuro y cuando quisimos darnos cuenta, vivíamos los dos solos en un estudio (o caja de zapatos como prefiráis verlo) cerca de mi facultad y del centro. Un lugar nuestro donde, a pesar de la falta de espacio, nuestras cosas formaban la armonía de dos personas que vivían su final feliz.

Entonces, llegó Escocia. Una nueva prueba: vivir a distancia. Era lo único que nos quedaba. Separarnos un tiempo prolongado, teniendo una relación abierta en dos países diferentes. Fueron cinco meses en los que viví de todo con diferentes personas y lo único que deseaba era llegar a casa y contárselo. Pero él no estaba y solo tenía Anatomía de Gray para hacerme compañía cada noche de aquel verano de 2016.

Cuando volvió, toda mi energía se centró en cerrar nuestra relación y ser “normales” porque ya no me apetecía (en ese momento) seguir siendo un anarquista emocional. Pero los dos ya no éramos los mismos. Yo cumpliría 22 y él 28. Ambos sabíamos nuestras carencias y necesidades y si cerrábamos la relación, esas carencias y necesidades se exacerbarían a niveles tóxicos. Mantuvimos nuestra vida tal y como estaba. Durante el resto del año todo fue viento en popa.

Viajamos a Roma, donde nuestro amor habría sido eterno de habernos quedado ahí para siempre. Durante unos minutos fantaseé con esa posibilidad, pero en la vida real esas cosas no pasan. Fuimos a musicales y espectáculos que se quedarían en nuestra retina de forma perenne como recuerdos únicos. Nos cambiamos a un apartamento lleno de espejos, con espacio de verdad. Un piso que amueblamos nosotros, a nuestro gusto. Un lugar lleno de luz , con sus defectos, pero nuestro. Ideal para ver nuestras series, para hacer de nuestra vida la cotidianidad perfecta.

Si yo no le hubiera necesitado tanto como en aquellos meses le necesitaba. Si él no hubiera tenido que volver a Escocia. Si ninguno de los dos se hubiera acostumbrado a estar el uno sin el otro. A sobrevivir el uno sin el otro. Quizá hoy no estaría hablando de él como una Relación Imposible.

Al volver, había una nueva inquilina en nuestra vida: Abril. La gata que obtuve por mediación de una amiga y una de mis mejores decisiones. Es ahora la única compañía que necesito.

Pero de nuevo, habíamos cambiado. El tiempo deja cicatrices que no podemos eliminar. Cicatrices que cambian nuestros cuerpos, nuestro tiempo, nuestros pensamientos y deseos. Yo había cortado con los que hasta ese momento habían sido mis amigos. Había superado el hundimiento personal más grande de toda mi vida. Había resurgido por mi cuenta, sin ayuda de nadie y había salido adelante. Él acababa de llegar a su casa y ni siquiera se sentía a gusto sentándose en un sofá que habíamos comprado los dos.

En octubre volvería a irse. Pero en septiembre ya me había atravesado un nuevo conflicto sentimental en una absurda fiesta en las calles de Madrid (el holy Madrid) ese día mi destino con Ícaro estaba sufriendo una ruptura y por primera vez el sol de mis emociones, estaba derritiendo sus alas.

Lo dejamos el 17 de noviembre de 2017. Ese fue el peor año, sin duda, de mi vida.

 

20 comentarios sobre “El Ícaro que escapó de mi sol

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